Corazón abierto
Trato de leer el periódico desde mi terraza, pero la brisa fuerte que se enreda en mis cabellos no me lo permiten, tampoco el movimiento de las hojas del marañón en flor, las begonias que sonreían a mis pies, el trinar de los pajaritos que se acercan a beber agua en la casita colgada de un arbusto, y una hermosa mariposa que se ha pegado en una esquina de la pared para expirar ahí. Pongo a un lado la lectura y abro mi corazón a lo que Dios nos da en abundancia: un amor sin límites para transmitirlo, para vivirlo y para gozarlo.
El cielo de un celeste azul tiene franjitas de nubes que forman figuras. Mis ojos ven la de un hombre que me tira besos. Quisiera apañarlos, pero los helechos que tengo detrás de mí me hacen cosquilla en el cuello y distraen mi mente. En la lomita, los ficus entrelazados entre sí parecen abrazarse y yo quisiera hacer lo mismo a todos los que me rodean, pero Marc y Dany, mis dos biznietos, me entregan en ese instante hojas parcialmente secas que han recogido en el jardín y me señalan que sus colores aún tienen vida. Estas palabras hacen volar mi pensamiento. Ellos, tan pequeños, reconocen la existencia y la bondad de la naturaleza; mayores hay que apenas si existen.
Hay operaciones de corazón abierto, pero el mío jamás sufrió cirugía alguna. Hace muchos pero muchos años aprendí que la alegría de vivir consiste en el amor recibido y entregado, en un constante querer sin exigencias, lleno de reconciliaciones con la persona amada, con la familia y el prójimo.
El 14 de febrero es un día especial para mí porque mi difunto esposo celebraba su cumpleaños. Como coincidencia mundia, es también la fecha para celebrar el amor y la amistad; y yo sostengo que por ese hecho una idílica relación fue la nuestra por más de medio siglo.
Siento que ese goce de sentirme tan profundamente amada es lo que le ha dado fortaleza a mi corazón, porque como decía Jean Boroka, "el problema no está en añadir años a la vida, sino en darle vida a los años". Mi corazón abierto así lo ha experimentado y desea contagiarlo. Tanto amor no me cabe en él.
El cielo de un celeste azul tiene franjitas de nubes que forman figuras. Mis ojos ven la de un hombre que me tira besos. Quisiera apañarlos, pero los helechos que tengo detrás de mí me hacen cosquilla en el cuello y distraen mi mente. En la lomita, los ficus entrelazados entre sí parecen abrazarse y yo quisiera hacer lo mismo a todos los que me rodean, pero Marc y Dany, mis dos biznietos, me entregan en ese instante hojas parcialmente secas que han recogido en el jardín y me señalan que sus colores aún tienen vida. Estas palabras hacen volar mi pensamiento. Ellos, tan pequeños, reconocen la existencia y la bondad de la naturaleza; mayores hay que apenas si existen.
Hay operaciones de corazón abierto, pero el mío jamás sufrió cirugía alguna. Hace muchos pero muchos años aprendí que la alegría de vivir consiste en el amor recibido y entregado, en un constante querer sin exigencias, lleno de reconciliaciones con la persona amada, con la familia y el prójimo.
El 14 de febrero es un día especial para mí porque mi difunto esposo celebraba su cumpleaños. Como coincidencia mundia, es también la fecha para celebrar el amor y la amistad; y yo sostengo que por ese hecho una idílica relación fue la nuestra por más de medio siglo.
Siento que ese goce de sentirme tan profundamente amada es lo que le ha dado fortaleza a mi corazón, porque como decía Jean Boroka, "el problema no está en añadir años a la vida, sino en darle vida a los años". Mi corazón abierto así lo ha experimentado y desea contagiarlo. Tanto amor no me cabe en él.