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Corea del Norte: Otro llamado a la muerte



Es como ponerle otro clavo al ataúd del Apocalipsis. La comunidad internacional ha conocido este 8 de octubre, que Corea del Norte hizo estallar bajo tierra una bomba atómica que, según los registros norteamericanos y japoneses, tuvo el efecto de un sismo de 4,2 grados en la escala de Richter. Nunca antes una medida, para un país como Corea, hizo tan frágil la seguridad internacional.
Este domingo, cuando se supo del desafío norcoreano, Kim Son Il, dictador de ese país, celebraba su noveno aniversario desde que tomó el control del país, después de la muerte de su padre, Kim Il Sun en 1997. Ellos han sido los dos únicos líderes que ha conocido ese país desde los años 50 del siglo XX.
Pero una asimetría lamentable caracteriza la nueva realidad de Corea del Norte, porque en tanto lanzan una provocación al mundo al convertirse en "una potencia nuclear", su población registra los más dramáticos índices de pobreza, al lograr un desarrollo industrial solo en el área armamentista, en tanto que mantienen una economía predominantemente agrícola, y un número importante de su población subsiste bajo los índices de pobreza y extrema pobreza.
La detonación de la bomba norcoreana, en el lejano distrito de Hwadae, quiebra el frágil equilibrio de la seguridad en el extremo oriente, y transforma en rehén a la humanidad, al poseer un poder de destrucción equivalente a unas 550 toneladas de TNT, considerando las vibraciones telúricas que produjo. Pero ¿qué busca Pyongyang con este desafío? Independientemente de sus declaraciones, esta provocación resta espacio a la posibilidad de la paz internacional basada en el diálogo y la concertación, y retrotrae esos esfuerzos a la equivocada estrategia de la seguridad basada en el poder destructivo de las armas nucleares. Una posición desde la que es imposible llegar a acuerdos de consenso, y nos convierte a todos en rehenes de dementes que pueden hacer volar el planeta en cualquier momento.

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