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Corea: el mundial de la reconciliación


Puede un balón de fútbol romper las barreras ideológicas y las viejas rencillas históricas? Sí, por supuesto. El pasado viernes 31 de mayo, el mundo fue testigo de la majestuosa inauguración de la Copa del Mundo Corea-Japón 2002, en la ciudad de Seúl. Pocos notaron un hecho significativo que evidenció el fin de la "guerra fría" entre los líderes surcoreanos y los japoneses: El presidente de Corea, Kim Dae-jung, estrechó la mano a Junichiro Koizumi, el primer ministro del Japón.
Por años, tanto Corea como Japón resintieron sus relaciones diplomáticas por la estela de eventos oscuros que han sacudido a ambas naciones desde el pasado Siglo XX. En 1910, Corea fue anexada por el Imperio Nipón. Durante la Segunda Guerra Mundial, los soldados japoneses abusaron a las mujeres coreanas por meras cuestiones del Código Bushido. Científicos nipones experimentaron con armas químicas y biológicas durante esa conflagración, causando la muerte a miles de coreanos. Aunque llegamos al Tercer Milenio, muchas heridas todavía se mantienen abiertas entre Corea y Japón.
De allí que el simple apretón de manos entre los mandatarios de Corea y Japón evidenció una nueva realidad: la cooperación entre las grandes potencias asiáticas es posible, sobre todo con el propósito de lograr la convivencia humana por medio de la organización de un evento deportivo tan importante como un mundial de fútbol.
La República de Corea, co-organizadora de la Copa del Mundo del 2002, es una de las naciones con mayor proyección política y económica en el Continente Asiático. Luego de la dura prueba que representó la división de la Península Coreana en 1947, la Guerra de 1950 y el período militar que suprimió la democracia en ese país asiático, los coreanos han logrado en poco menos de cinco décadas, convertirse en una potencia emblemática del Lejano Oriente.
Por otro lado, el fervor de Corea del Sur por celebrar la primera Copa del Mundo en Asia se hará sentir más allá de los alambrados que separan en dos a la península. Según cuentan, hasta la organización del Mundial 2002 hasta puede ser un motor para la tan anhelada reunificación de la Península Coreana.
Pese a no verse concretados los deseos de disputar al menos un partido del mundial en la capital norcoreana, Pyongyang, los efectos de este evento se harán sentir en el norte.
En coincidencia con las celebraciones por el mundial, un contingente de surcoreanos viajó hace poco al monte norcoreano de Kumkang para reunirse con familiares que han logrado ser ubicados en Corea del Norte. Fue el cuarto encuentro de este tipo que se realiza desde el fin de la guerra. El clamor será también para que las dos culturas, las dos formas de vida, los dos sistemas que reinan en la península coreana alcancen una síntesis en un solo pueblo.
Desde el 27 de julio de 1953, con la firma del alto el fuego que puso punto final a la Guerra de Corea, la prolongación de la división ha ocasionado diferencias ideológicas y culturales y ha mantenido distantes a millones de personas que vieron separadas sus familias.
El 15 de junio de 2000, los líderes de ambos lados, Kim Dae Jung, por el Sur, y Kim Jong Il, por el Norte, mantuvieron un histórico encuentro cumbre en la capital norcoreana donde firmaron una declaración conjunta.
Una de las espinas clavadas en el corazón del pueblo coreano es el paralelo 38, donde una nación quedó partida al medio hace casi cincuenta años, dejando a 10 millones de personas lejos de sus seres queridos.
El tiempo hace acabar las barreras. Los deportes en general y en especial el fútbol logran objetivos que necesitarían años de discusiones entre líderes políticos. Los surcoreanos harán partícipes a sus hermanos del norte en la cita futbolística.
El puntapié inicial lo dará la gente y ahora el balón está en el terreno de los dirigentes, para que el gol, el logro, sea la unidad, tal como ocurrió con la efímera distensión coreano-nipona.

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