Corrupción en paralelo
Desde comienzos del presente gobierno he cantaleteado acerca de la necesidad de hacer todo lo posible por minorar la corrupción rampante que se hizo evidente en el gobierno anterior. No tuve mucha suerte. Los ejemplos de corrupción, o por lo menos de percepción de corrupción, se han sucedido en lo que parece un rosario interminable. Critiqué, por primera vez al amigo Bobby Eisemann, de quien tengo muy buena opinión, por sus declaraciones acerca del affaire Punta Mala, cuando manifestó que eso era algo de "poca monta". En vista de los frecuentes actos de aparente corrupción, hemos llegado al punto de que todo grado de ésta, por ínfimo que sea, es de mucha monta. De otra manera, ¿cuándo diablos vamos a siquiera reducirla un poco?
Por lo dicho, me pareció que la edición del 7 de marzo de este diario fue excelente. En su primera plana se dio prominente despliegue al negociado de licencias panameñas para marinos en Filipinas y la reacción de la presidenta Moscoso relativa a la decisión de la Autoridad Marítima de Panamá de contratar, sin licitación pública, máquinas de rayos X para revisar contenedores en nuestros puertos. Tiene razón la Presidenta. Pero muchos sostienen que esto se debió haber previsto y piensan que hay intereses ocultos.
En la página de opinión de edición del caso, gocé mucho la fina y humorista ironía de mi buena amiga Berna Calvit que critica la "alegría" conque se hacen comparaciones entre la magnitud de las corruptelas del régimen anterior y el grado de las corruptelas de la presente administración para justificar estas últimas. La verdad es que un grado o cien grados de corrupción son, en efecto, corrupción.
Hasta ahora es evidente que cometí el error de pensar que el presente gobierno sería el contraste por excelencia del anterior. Esto no ha sido así. Insisto en que el grado de corrupción ha sido menor, pero sigue siendo corrupción. Estoy convencido, y así lo he tratado de decir en mis escritos, que mientras el gobierno mireyista no haga lo indecible por impedir, prevenir, que tantas instancias de corrupción ocurran, podrá hacer inclusive toda clase de filigranas en el campo económico, en ejecutorias, pero las mismas no le serán reconocidas por la sombra que proyectan las corruptelas. Y sigo abrigando la esperanza de que Mireya hará lo correcto tanto en los temas del pan de todos los días, como al de la corrupción que, dicho sea de paso, enriquece a muchos. Pero lo que hizo todavía más atractiva la edición citada es el escrito de un ex ministro de la narcodictadura, que entró y se quedó en la Zona del Canal. En el mismo dice muchas cosas que muchos civilistas hemos estado puntualizando. Sin embargo, él apoyó antes, durante la narcodictadura, con acciones y palabras, lo que hoy flagela por escrito. Y esto ejemplifica la conclusión a la que he llegado, y creo que muchos también: La corrupción está arraigada en nuestra sociedad. Y los políticos continúan como lechuga. Se supone que deben liderar, orientar con acciones, que no con sólo palabras, para que, no digo eliminemos, sino tan sólo reduzcamos progresivamente el grado de corrupción imperante. Panamá necesita a gritos que todos actuemos de manera consistente con la higiene moral de la Nación.
Por lo dicho, me pareció que la edición del 7 de marzo de este diario fue excelente. En su primera plana se dio prominente despliegue al negociado de licencias panameñas para marinos en Filipinas y la reacción de la presidenta Moscoso relativa a la decisión de la Autoridad Marítima de Panamá de contratar, sin licitación pública, máquinas de rayos X para revisar contenedores en nuestros puertos. Tiene razón la Presidenta. Pero muchos sostienen que esto se debió haber previsto y piensan que hay intereses ocultos.
En la página de opinión de edición del caso, gocé mucho la fina y humorista ironía de mi buena amiga Berna Calvit que critica la "alegría" conque se hacen comparaciones entre la magnitud de las corruptelas del régimen anterior y el grado de las corruptelas de la presente administración para justificar estas últimas. La verdad es que un grado o cien grados de corrupción son, en efecto, corrupción.
Hasta ahora es evidente que cometí el error de pensar que el presente gobierno sería el contraste por excelencia del anterior. Esto no ha sido así. Insisto en que el grado de corrupción ha sido menor, pero sigue siendo corrupción. Estoy convencido, y así lo he tratado de decir en mis escritos, que mientras el gobierno mireyista no haga lo indecible por impedir, prevenir, que tantas instancias de corrupción ocurran, podrá hacer inclusive toda clase de filigranas en el campo económico, en ejecutorias, pero las mismas no le serán reconocidas por la sombra que proyectan las corruptelas. Y sigo abrigando la esperanza de que Mireya hará lo correcto tanto en los temas del pan de todos los días, como al de la corrupción que, dicho sea de paso, enriquece a muchos. Pero lo que hizo todavía más atractiva la edición citada es el escrito de un ex ministro de la narcodictadura, que entró y se quedó en la Zona del Canal. En el mismo dice muchas cosas que muchos civilistas hemos estado puntualizando. Sin embargo, él apoyó antes, durante la narcodictadura, con acciones y palabras, lo que hoy flagela por escrito. Y esto ejemplifica la conclusión a la que he llegado, y creo que muchos también: La corrupción está arraigada en nuestra sociedad. Y los políticos continúan como lechuga. Se supone que deben liderar, orientar con acciones, que no con sólo palabras, para que, no digo eliminemos, sino tan sólo reduzcamos progresivamente el grado de corrupción imperante. Panamá necesita a gritos que todos actuemos de manera consistente con la higiene moral de la Nación.