Corrupción y partidos
Antes de decidir si un partido es corrupto, definamos mejor qué es un partido. Si los partidos están hechos de pueblo, de masas, de gente, tendremos que concluir que a los partidos los animan los ideales, las esperanzas, los proyectos de país que subyacen a las acciones de los individuos.
Así definido, un partido jamás puede ser calificado como corrupto, porque el peso de los comportamientos de sus integrantes es demasiado grande comparado con las pequeñeces aisladas de los individuos que ocupan la estructura del partido. Los partidos, vistos así, jamás mueren, pero se transforman. Pero para algunos el partido es la jerarquía, la gavilla de dirigentes, sus propósitos ocultos, los discursos mendaces que solo sirven para disfrazar las verdaderas acciones, los ánimos de enriquecimiento de los supuestos líderes.
Mirado así, hay que decir que un partido fácilmente se corrompe, sobre todo cuando hay bonanza económica, pues el exceso de oportunidades de negocios está en abierta contradicción con la incapacidad de la gestión pública de mejorar la calidad de las inversiones. Así el sillón gubernamental queda preso de las ambiciones más pequeñas de los miembros de su cúpula. Querer esconder los delitos de la dirigencia arropándose con la manta de los ideales de las masas es un espectáculo grotesco. El interés de todo partido –que esté hecho de masas - es depurar su dirigencia de la delincuencia organizada que se formó cuando ejercieron puestos de gobierno. Solo la justicia penal le devolverá a las masas su partido.