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¡Cosa más grande en la vida, chico!


Así decía José Candelario “Trespatines” al oír la sentencia del Sr. Juez, en la Tremenda Corte. ¿Lo recuerda? Su “pregón” se hizo tan famoso y común que pasó a convertirse en parte de nuestra vida diaria. Lo mismo está ocurriendo con la corrupción. Este es el tema predilecto de los medios de comunicación social. Las denuncias contra los arbitrios que comete la clase política panameña ocupan las primeras planas de los rotativos; generan opiniones de “expertos”, en materia política, en cuanto programa radial existe; es la comidilla en los foros de opinión en Internet y sabe Dios en qué otras cosas más. Pero pareciera que en Panamá la corrupción se aplaude, se pasa por alto. ¿A tal grado de inmoralidad hemos llegado los panameños? ¿Nos hemos vuelto tan mediocres, cobardes, pusilánimes y conformistas, que ya no peleamos por lo que es justo? ¿O es que carece de sentido hacerlo?
Era muy pequeño en el tiempo de los “pitos, pailas y pañuelos”. Pero en ese entonces había oposición de “verdad, verdad”; la gente se volcaba a la calle para manifestarse a favor o en contra de algún hecho relevante. Ahora no. Sólo unos cuantos alzan la voz y, para colmo de males, se burlan de ellos por usar escobas, trapeadores, celebrar audiencias judiciales en la plaza pública o realizar cabildos abiertos. De lo que sí estoy seguro es que esos “pocos” tienen su consciencia tranquila, ya que están luchando por un Panamá libre de injusticia, porquería y arnulfismo. ¿Podemos decir lo mismo?
Ningún gobierno es más poderoso que la voluntad de un pueblo. Ni Mireya Moscoso ni la tanda de “maleantes” que la acompaña, como dijo Samuel Lewis Galindo, puede contra el poder popular. ¿Entonces, qué esperamos?
No estoy convocando a ningún “acto golpista” o algo por el estilo. Sólo que cambiemos nuestra mentalidad. Bien ha dicho el cientista político Simeón Emilio González que en Panamá está creciendo una “fuerza social objetiva”, que ve más allá de las promesas y sonrisas de la clase política. Únase a esta élite si no lo ha hecho todavía. Sea un miembro más de ese montón de gente que desea y añora un Panamá “digno, casto y puro”. En este club sí vale la pena tener membresía.
La corrupción empieza en el hogar. Inicia cuando los padres permiten a sus hijos la desobediencia a los mayores, a sus maestros o profesores. Sigue cuando no se aplican los castigos y correctivos necesarios, al cometer un error. Continúa cuando el adolescente y el adulto crecen en un ambiente de “leseferismo” (dejar hacer, dejar pasar) y su conducta se vuelve conformista.
A mí me criaron a la “old fashion way”, porque mis padres son de la “vieja guardia”. Y por suerte fue así. ¡Doy gracias a Dios que fue así! Esos tiempos deberían regresar, sobre todo porque cada enseñanza fue dada con amor y respeto, primero hacia uno mismo y luego hacia los demás. Considero que esos valores son los que han ido perdiendo nuestros máximos dirigentes, a los que incluso hay que llamarlos “honorables” o “excelentísimos”, cuando distan mucho de serlo o parecerlo.
222Sólo unos cuantos alzan la voz y, para colmo de males, se burlan de ellos por usar escobas, trapeadores, celebrar audiencias judiciales en la plaza pública o realizar cabildos abiertos...
La vergüenza ya no existe y poco le vale a “algunos cuantos” que les digan lo que sea, porque la argucia de moda que utilizan es que “si no hay pruebas, no es verdad”. Algo así como que “si no está en las páginas amarillas, no existe”. Y vemos cómo los malos ejemplos que nos brindan algunos educadores, quienes han sustraído dineros de los clubes de padres de familia, son como el pan nuestro de cada día. Todo esto permite que la verdad, la moral y la honestidad sean valores en vías de extinción.
Qué decir de las respuestas incoloras y faltas de madurez de altos dirigentes cuando el pueblo o alguien en particular les cuestiona. Panamá no se merece los “Alibabaes” que tenemos. Sé que hay mucha gente con ganas que este rosario de malandrerías acabe, pero los únicos que podemos hacerlo posible somos los panameños. No lo será ningún mago con sombrero, menos un arlequín con varita mágica. Hay que dar el primer paso: fuerte, decidido y comprometido con el país. No con el bolsillo o la trapisonda. Sí con la verdad y la integridad.
Falta poco para que llegue mayo, mes en el cual debemos escoger a los mejores en las urnas y no a los que han desangrado progresivamente a la nación. Esa es nuestra única oportunidad para hacer justicia y decir, como lo hacía el Sr. Juez, en forma proverbial: “Tome nota secretario, que voy a dictar sentencia”.

101 años de Panamá América

 
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