Cosechando lo sembrado
Y así cualquier productor sabe que no va a cosechar arroz si sembró maíz, del mismo modo no podría esperarse que el gobierno que comenzó sembrando una gran desconfianza sobre la situación del país en 1999 no podía recoger muestras de confianza meses después. Menos aún si en ese lapso que va desde la siembra a la cosecha en vez de regar uniformemente y con la misma receta, un gobierno permite diagnósticos diversos según quienes opinan y hasta desconcierta a inversionistas de cualquier origen con declaraciones contradictorias surgidas de un mismo gabinete y de una misma coalición oficialista. ¿Un ejemplo?: Hace apenas 72 horas, el propio ministro de Asuntos del Canal, Ricardo Martinelli, dijo, ni más ni menos, que la directiva de la AMP no se reúne desde octubre debido a falta de quórum, lo que contradice la versión de la Ministra de la Presidencia.
La economía nacional no está hoy en una situación de parálisis psicológica, sino en una etapa de estancamiento absolutamente racional, motivada por la decisión de los agentes económicos que actuaron durante todos estos meses exactamente de acuerdo a las señales que les fue enviando el Gobierno. Desde el primer día del actual gobierno instalado el 1 de septiembre de 1999, desde la presidenta Mireya Moscoso para abajo se optó por la errónea opción de ahuyentar a cualquier inversionista, planteando la idea de que había que cambiar las reglas del juego establecidas durante la administración Pérez Balladares. Para muestra un botón; la subida de los aranceles causó durante el primer semestre del 2000, una contracción en la actividad agropecuaria del 11 por ciento.
Fue un desacierto que no sirvió a nadie y mucho menos a la gestión económica. En términos históricos, aún si el nuevo gobierno heredó una tasa de crecimiento más baja del que declaraba el gobierno saliente, lo cierto es que la situación era globalmente muy superior a las de todos los cambios de gobierno anteriores en muchos años. Sin inflación, con un sistema financiero sólido, sin listas negras y con cambios estructurales que habían atraído una fuerte inversión directa por varios años, el panorama global era más que razonable para comenzar con moderado optimismo una nueva gestión.
En lugar de valorar y subrayar esos aspectos para generar confianza, el nuevo gobierno comenzó con un pesimismo exagerado. Se habló únicamente de la Sala Quinta, de destituir a los comisionados de CLICAC, los directores del Ente Regulador, Nicky Barletta de la ARI, Mario Romero de la Superintendencia y Rubén Reina de la AMP. Cuando a esa forma de presentar el futuro se agregó el error de frenar el arranque con un aumento de los impuestos de importación dirigido a proteger a los productores ineficientes, el resultado no podía ser otro que un brutal aumento de la desconfianza. Eso es lo que en economía se llama la expectativa racional de cualquier agente económico, desde la de una gran inversionista hasta la de un simple ciudadano que posterga la renovación de su auto hasta que se aclare el futuro.
Marcos Fernández, un economista a quien nadie calificaría de imprudente, admite que "la broma de mal gusto" de subir los aranceles en 1999 es la señal que envió el gobierno sobre su verdadera capacidad de controlar sus impulsos para estar bien con todos los sectores. Son esas señales las que se toman en cuenta. Y se analizan con la razón, no con la psicología.
La economía nacional no está hoy en una situación de parálisis psicológica, sino en una etapa de estancamiento absolutamente racional, motivada por la decisión de los agentes económicos que actuaron durante todos estos meses exactamente de acuerdo a las señales que les fue enviando el Gobierno. Desde el primer día del actual gobierno instalado el 1 de septiembre de 1999, desde la presidenta Mireya Moscoso para abajo se optó por la errónea opción de ahuyentar a cualquier inversionista, planteando la idea de que había que cambiar las reglas del juego establecidas durante la administración Pérez Balladares. Para muestra un botón; la subida de los aranceles causó durante el primer semestre del 2000, una contracción en la actividad agropecuaria del 11 por ciento.
Fue un desacierto que no sirvió a nadie y mucho menos a la gestión económica. En términos históricos, aún si el nuevo gobierno heredó una tasa de crecimiento más baja del que declaraba el gobierno saliente, lo cierto es que la situación era globalmente muy superior a las de todos los cambios de gobierno anteriores en muchos años. Sin inflación, con un sistema financiero sólido, sin listas negras y con cambios estructurales que habían atraído una fuerte inversión directa por varios años, el panorama global era más que razonable para comenzar con moderado optimismo una nueva gestión.
En lugar de valorar y subrayar esos aspectos para generar confianza, el nuevo gobierno comenzó con un pesimismo exagerado. Se habló únicamente de la Sala Quinta, de destituir a los comisionados de CLICAC, los directores del Ente Regulador, Nicky Barletta de la ARI, Mario Romero de la Superintendencia y Rubén Reina de la AMP. Cuando a esa forma de presentar el futuro se agregó el error de frenar el arranque con un aumento de los impuestos de importación dirigido a proteger a los productores ineficientes, el resultado no podía ser otro que un brutal aumento de la desconfianza. Eso es lo que en economía se llama la expectativa racional de cualquier agente económico, desde la de una gran inversionista hasta la de un simple ciudadano que posterga la renovación de su auto hasta que se aclare el futuro.
Marcos Fernández, un economista a quien nadie calificaría de imprudente, admite que "la broma de mal gusto" de subir los aranceles en 1999 es la señal que envió el gobierno sobre su verdadera capacidad de controlar sus impulsos para estar bien con todos los sectores. Son esas señales las que se toman en cuenta. Y se analizan con la razón, no con la psicología.