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Credibilidad


Con alguna frecuencia veo y converso con el profesor Rubén Darío Carles, "Chichorro" le llaman sus amigos. Confieso que en ocasiones transcurre meses que no lo veo, dado a que el excelente manejo que da el Banco DISA a mis inversiones, donde él labora, no requiere de mi presencia. Recuerdo que en una oportunidad alguien extrañado me preguntó por qué trabajaba con el Banco DISA y le contesté: ¡Es que allí está Chinchorro!. Insignia de honestidad y credibilidad nacional adquirida gracias a su impoluto proceder a través de toda su vida pública y privada.
La Asociación de Ejecutivos de Empresas lo distinguió como el Ejecutivo del Año, cortos se quedaron. Y es que Chinchorro más que un ejecutivo, lo percibimos como un faro nacional que con integridad y experiencia nos da luz y sirve de guía en el acontecer nacional. Con frecuencia, aunque no la suficiente, los medios recurren a él a fin de conocer su atinada opinión sobre los problemas nacionales, lo que resulta lamentable es que quienes gobiernan no le prestan el debido cuidado a sus opiniones.
Dentro de los múltiples vacíos que puede experimentar una persona o una comunidad, está el de la falta de credibilidad, es uno de los más angustiantes. No creer, descreer, desconfiar y dudar de la palabra de una persona y sobre todo, de un hombre que se agita en la vida pública, son signos de mal vaticinio. Como decía alguien: "La desconfianza es la desesperanza profunda que remeda y recuerda el último suspiro del moribundo."
La incredibilidad en Panamá se ha convertido en visión común y repetida que la fe en nuestros hombres públicos se esfuma. En este vaivén, matizado continuamente por información cuestionable como lo es la recuperación económica desde los ojos del gobierno contra la miseria de las mayorías en la realidad; el bienestar económico defendido por quienes gobiernan frente a un 25% de desocupados; el incurrir en gastos suntuosos y el pago de exorbitantes sueldos para luego tener que recurrir a empréstitos para afrontar los gastos más elementales que exige el desarrollo del país; son todas situaciones que en forma geométrica duplican las heridas de la incredibilidad.
Me comentaba alguien con quien suelo intercambiar opiniones que "no se trata de ser vocero de escepticismos o amarillismos: se intenta retratar la realidad con veracidad y que si los gobernados no creen en sus mandatarios, entonces apostar al presente es perder con antelación y apostar al futuro es ocioso. El problema lo constituye la infinita incredibilidad. Su génesis radica, precisamente, en el círculo vicioso de las llagas que antes de cerrar ven nacer otras: Los investigadores gubernamentales de la opinión pública, si acaso los hay y si les interesa, han sido poco sensibles para sopesar el desasosiego de la población."
El poder inconmensurable omnipresente, resulta nauseabundo. La incredibilidad ha rebasado todos los límites. Se desconfía por doquier y se cuestiona cada vez más la palabra del gobierno.
¿Qué queda? Nos columpiamos entre la idea de un gobierno que no quiere aceptar que el poder personalista es capítulo muerto, y entre el enojo creciente de una comunidad que desespera. Antes de que la impaciencia nos rebase, lo deseable sería que el gobierno empezase a respetarnos. Por si nuestros gobernantes no lo saben, es bueno decirles que la angustia y frustración de la sociedad tienen límite y estamos muy próximos a él.
La credibilidad no se obtiene por catálogo, ni se vende en el mercado. Es algo mucho más laborado, es el resultado de un reiterado comportamiento que no admite contradicciones y por ello debemos iniciar por calificar los propósitos que animan a los que luchan por ejercen el poder. ¿Qué los anima, cuáles son sus reales motivaciones? Es allí donde radica el meollo del asunto. Por ello, ninguna credibilidad puede tener quien en sus actos denota intereses ajenos a los mayoritarios del país. Ninguna credibilidad puede tener quien anda brincando de gobierno en gobierno con el propósito de consolidar sus privilegios, por más razones que esgrima. Ninguna credibilidad puede tener quien con hechos contradice sus peroraciones. Ninguna credibilidad puede tener quien no es transparente en su proceder. No es muy difícil obtener credibilidad, lo que pasa es que todo depende de nuestras finalidades. Suele acontecer que la finalidad de muchos resulta tan repugnante que recurren al rodeo y ambigüedad, creyendo que de esta forma sus verdaderas intenciones pasan desapercibidas. Otros han llegado a tal grado de inconsciencia que no perciben el desprecio que de ellos tiene la ciudadanía, o si lo conocen les importa un comino.

101 años de Panamá América

 
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