Créditos de producción (II)
Los créditos de producción son otorgados de diferentes formas y cada una tiene su peculiaridad. Como hemos visto en recientes estadísticas, más del 70% del crédito agropecuario en nuestro país se otorga de la compra privada, mayormente a través de casas comerciales que suplen abonos y pesticidas, equipos, etc. para ser pagadas, a veces, con el producto de la cosecha, pero más a la venta de ésta. La primera opción (pagar con la cosecha) podría tener la ventaja de que el productor sabe el precio que va a recibir. En Panamá el ejemplo más común es en la actividad avícola con el sistema de granjas satélites.
En este orden de participación tenemos los bancos privados que trabajan casi como entidades bancarias comerciales; ellos prestan dinero, generalmente, a productores con mayores conocimientos, tecnología y garantías y, regularmente, financian las actividades menos riesgosas. Eso es así porque un buen gerente no debe poner en riesgo los aportes de sus accionistas y depositantes.
Una forma de ayudar al sector sería que se estableciera un sistema de redescuento, en donde ciertos bancos privados, cooperativas y bancas oficiales con poca liquidez pudiesen colocar parte de su cartera (recurso) debidamente seleccionada y escogida por su seguridad, para lograr fondos frescos y seguir prestando.
Otra forma de obtener créditos de producción es a través de cooperativas de créditos, sin embargo su manejo es complejo y complica a los agricultores en su manejo, eso a veces hace que el gobierno tenga que intervenir, lo que desvirtúa la esencia del cooperativismo y se termina en el paternalismo (recordar caso de COAGRO). Las cooperativas funcionan bien cuando los que la conforman son agricultores con experiencia en el uso del crédito logrado en variadas empresas.
Los bancos agrícolas estatales son en nuestros países, generalmente, los que otorgan créditos de producción y tratan de minimizar los riesgos utilizando el sistema de crédito supervisado, otras veces orientado. Aunque este tipo de crédito puede ser muy efectivo, va a depender de la capacidad profesional de los agentes que en realidad conocen los problemas de una gran región y puedan con certeza recomendar mejoras prácticas y nuevos sistemas. La supervisión debe ser continua y competente, si es que se quiere justificar los costos extras que representa el sistema.
En Panamá, el Banco de Desarrollo Agropecuario ha tratado de seguir este esquema, pero razones de toda índole: conceptual, político, administrativo han entorpecido esta labor. Sin embargo, el mayor tropiezo que consideramos ya es tiempo que se supere, es el hecho de que la institución no es en realidad un banco, sino un intermediario, cuya capital proviene de aportes gubernamentales, no de los agricultores y/o accionistas; por lo tanto, no tiene efecto multiplicador creador de riqueza y no realiza operaciones típicas de banca.
Lo ideal es la creación de una entidad mixta (como hay, por ejemplo, en Colombia), de forma que la institución se capitalice y pueda competir no sólo en actividades de crédito, sino también de servicios.
Por último, hay prestamistas privados que normalmente financian ciertas etapas de los procesos agropecuarios.
Todos estos sistemas tienen sus peculiaridades, tales como tasa de interés, plazos, garantías, forma de repago, modo de desembolsos y todos contribuyen en menor o mayormente al desarrollo del sector.
Normalmente, un verdadero agricultor es una persona ocupada y no está acostumbrado a los pequeños detalles burocráticos de las oficinas; por lo tanto, es necesario que las agencias de crédito sean accesibles al productor, que los procedimientos sean lo más simple posibles y que los funcionarios sean corteses y que ayuden al productor y no a la inversa.
Muchas veces los agricultores prefieren pagar más altos intereses a prestamistas, precisamente para evitarse los engorrosos procesos que dificultan acceder al crédito.
No menos importante es el hecho de que el crédito debe darse cuando se necesita y no como sucede muchas veces que llega tardíamente, si es que llega.
Nota de la editora: La primera entrega de este artículo fue publicada el pasado lunes 19 de mayo.
En este orden de participación tenemos los bancos privados que trabajan casi como entidades bancarias comerciales; ellos prestan dinero, generalmente, a productores con mayores conocimientos, tecnología y garantías y, regularmente, financian las actividades menos riesgosas. Eso es así porque un buen gerente no debe poner en riesgo los aportes de sus accionistas y depositantes.
Una forma de ayudar al sector sería que se estableciera un sistema de redescuento, en donde ciertos bancos privados, cooperativas y bancas oficiales con poca liquidez pudiesen colocar parte de su cartera (recurso) debidamente seleccionada y escogida por su seguridad, para lograr fondos frescos y seguir prestando.
Otra forma de obtener créditos de producción es a través de cooperativas de créditos, sin embargo su manejo es complejo y complica a los agricultores en su manejo, eso a veces hace que el gobierno tenga que intervenir, lo que desvirtúa la esencia del cooperativismo y se termina en el paternalismo (recordar caso de COAGRO). Las cooperativas funcionan bien cuando los que la conforman son agricultores con experiencia en el uso del crédito logrado en variadas empresas.
Los bancos agrícolas estatales son en nuestros países, generalmente, los que otorgan créditos de producción y tratan de minimizar los riesgos utilizando el sistema de crédito supervisado, otras veces orientado. Aunque este tipo de crédito puede ser muy efectivo, va a depender de la capacidad profesional de los agentes que en realidad conocen los problemas de una gran región y puedan con certeza recomendar mejoras prácticas y nuevos sistemas. La supervisión debe ser continua y competente, si es que se quiere justificar los costos extras que representa el sistema.
En Panamá, el Banco de Desarrollo Agropecuario ha tratado de seguir este esquema, pero razones de toda índole: conceptual, político, administrativo han entorpecido esta labor. Sin embargo, el mayor tropiezo que consideramos ya es tiempo que se supere, es el hecho de que la institución no es en realidad un banco, sino un intermediario, cuya capital proviene de aportes gubernamentales, no de los agricultores y/o accionistas; por lo tanto, no tiene efecto multiplicador creador de riqueza y no realiza operaciones típicas de banca.
Lo ideal es la creación de una entidad mixta (como hay, por ejemplo, en Colombia), de forma que la institución se capitalice y pueda competir no sólo en actividades de crédito, sino también de servicios.
Por último, hay prestamistas privados que normalmente financian ciertas etapas de los procesos agropecuarios.
Todos estos sistemas tienen sus peculiaridades, tales como tasa de interés, plazos, garantías, forma de repago, modo de desembolsos y todos contribuyen en menor o mayormente al desarrollo del sector.
Normalmente, un verdadero agricultor es una persona ocupada y no está acostumbrado a los pequeños detalles burocráticos de las oficinas; por lo tanto, es necesario que las agencias de crédito sean accesibles al productor, que los procedimientos sean lo más simple posibles y que los funcionarios sean corteses y que ayuden al productor y no a la inversa.
Muchas veces los agricultores prefieren pagar más altos intereses a prestamistas, precisamente para evitarse los engorrosos procesos que dificultan acceder al crédito.
No menos importante es el hecho de que el crédito debe darse cuando se necesita y no como sucede muchas veces que llega tardíamente, si es que llega.
Nota de la editora: La primera entrega de este artículo fue publicada el pasado lunes 19 de mayo.