Criminalidad y pobreza
Malas noticias. En recientes estudios de varias universidades e institutos independientes, en Estados Unidos, se concluye que extinguir la pobreza no necesariamente tiene por efecto bajar la criminalidad. La otra mala noticia es que no encuentran una solución para lograrlo. De algún modo, cuando se creía que la incidencia de delitos, que había descendido en las últimas décadas, se mantendría estacionaria, a niveles tolerables, si es que podemos hablar de eso, el malsano fenómeno está resurgiendo con fuerza en áreas que anteriormente eran tranquilas.
Los renacientes barrios, resultantes de la renovación urbana que llevó a derramar miles de millones de dólares para mejorar las condiciones de vida en antiguos barrios bajos, han visto renacer la violencia y los crímenes con una virulencia nunca vista. Y peor, la incidencia está infestando y se está extendiendo a zonas y áreas antes consideradas tranquilas.
La criminalidad, virtualmente, desarrolla una suerte de guerra de guerrillas urbana, en el que golpea y huye, hoy en un lado y mañana en otro, en puntos distantes y ya no, circunscrita a zonas rojas.
De nada valió dotar de viviendas decentes y escuelas de primer orden a los barrios antes misérrimos, si a la vuelta de diez años, retornan las pandillas y los grafitos en las paredes, señalizando territorios y aterrorizando a los vecinos, ya ahora teniendo como protagonistas a jóvenes bien vestidos y alimentados.
Por lo pronto, se sabe que cerrar esos barrios y diseminar sus elementos a la periferia ha sido un error. Por mejores condiciones que se les brinde, a mediano tiempo, se vuelven iguales o peores que antes. Y sus agentes malsanos, al verse perseguidos, huyen y se refugian con parientes, novias o allegados de barrios tranquilos, donde vuelven a formar células delictivas, infestándolos y diseminándose, como un cáncer en metástasis.