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¿Criminalizar la pobreza o victimizar la delincuencia?


De todos los argumentos vertidos contra el endurecimiento de las penas y la represión del crimen, el de la "criminalización de la pobreza" es el peor. Hasta algunos voceros de la Iglesia se han hecho eco del liviano sofisma. Como si pobreza fuera sinónimo de delincuencia; y más que eso, imputando al resto de la sociedad, (la no pobre), la culpa por la ola de criminalidad e invirtiendo, con cierto grado de ingenio - para los ingenuos - la condición de las víctimas, colocándola no sobre quien es objeto del agravio de la acción punitiva sino -caigamos de espanto- victimizando al sujeto activo o delincuente. Aquí, sencillamente, se han invertido los valores, al victimizar al criminal y criminalizar a la víctima.
¿Qué ganan con eso? Subvertir el sistema, hacer piñata de la riqueza ajena y acusar al resto de la sociedad, asediada por la acción delictiva, de ser culpable por "las causas" del crimen.
"Primero tienen que buscar las causas", insisten repetidamente, para luego responder ellos mismos: Ella radica en la pobreza, - para luego concluir en diabólica lógica - " y la pobreza es culpa de ustedes, apuntando el índice hacia nosotros la sociedad.
Tras semejante razonamiento, los más desprevenidos terminan auto-incriminándose, sintiendo lástima por los criminales y hasta poniendo la otra mejilla, "muy cristianamente", dirían los defensores de los delincuentes. Lo que ignoran es que, ni siquiera en las Sagradas Escrituras, pobreza es sinónimo de delincuencia; y mucho menos podría sostenerse que Jesús hubiere terminado poniendo nuevamente la mejilla, después de recibir una segunda bofetada. Seguramente, como cualquier ser humano que era, sin menoscabo de su condición divina, habría devuelto el golpe con un enérgico puñetazo al rostro de su agresor. Bíblicamente, jamás la pobreza es sinónimo de criminalidad. Jesús mismo fue pobre y predicó el desapego a los bienes materiales.
La pobreza es mental, culpa de las limitaciones propias de la voluntad de quienes la padecen, más que responsabilidad de los ricos, de la globalización o de las relaciones de producción de la riqueza. Es producto de las taras sociales y personales de quienes prefieren vegetar antes que luchar y superarse, de quienes optan por pedir y vivir de la misericordia o a costa ajena antes que procurarse el bienestar por su propio esfuerzo. Es, en la mayoría de los casos, pura sinverguensura.
Admitimos, no obstante, que hay que procurarles oportunidad para regenerarse y superar aquel círculo de pobreza, sobre todo por medio de educación y trabajo; pero en el proceso, no tenemos por qué tolerarles agredir ni delinquir contra el resto de la sociedad, porque pobreza no es sinónimo de delincuencia, sino un alicate de superación personal y colectiva.

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