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Crisis de valores


Desde el hundimiento de la dictadura militar, Panamá vive en una prolongada crisis de valores que nos impide- hasta el día de hoy-, determinar ¿cuál es el o los valores más importantes que debemos instituir?.
El Gobierno presidido por Endara, en su afán de lograr "el funcionamiento normal y rutinario" del Estado, optó por rescatar del vertedero putrefacto del derrocado régimen la Constitución Política de 1972, símbolo del autoritarismo y totalitarismo, que el pueblo había combatido a los gritos de "Democracia-Justicia-Libertad".
Los pitos, las pailas y los pañuelos, así como lo que ellos representaban, tuvieron que cederle el paso a las pretensiones, perversiones y privilegios que los "políticos" de viejo cuño adoptaron como sinónimo del "orden y la seguridad" que supondría para ellos cobijarse- también- con la remendada manta constitucional, que tantas veces sirvió al militarismo para arropar (y ocultar) sus desmanes.
No menos que su predecesor hizo en la materia el gobierno del PRD de Perez Balladares. Sin embargo, cuando quiso estirar la manta para lograr la reelección presidencial, el pueblo se lo impidió, le dijo un rotundo NO! y...lo puso bravo.
En el fondo (y en la superficie también), lo que nos ocurre es que se nos ha impedido- por diferentes mecanismos- institucionalizar la libertad política que nos permita organizar y garantizar institucionalmente también, otros valores fundamentales de toda sociedad política moderna como lo son: la justicia, la igualdad, la democracia participativa, entre otros. Y cuando hablamos de sociedad política moderna, no entendemos por modernización el liberalizar el mercado económico o privatizar los servicios públicos, firmarle al FMI lo que pida, ni tampoco una computadora en cada despacho de magistrado o curul de legislador.
Estamos hablando de la necesidad de instituir una real, efectiva y transparente libertad política que elimine la interminable cantidad de obstáculos existentes en nuestro medio, que impiden el actuar de la voluntad responsable de los ciudadanos. Aclaro, antes de proseguir, que me identifico con Fernando Savater cuando nos enseña que: "Al hablar de libertad no me refiero a nada especialmente místico, sino a la autonomía de los individuos en la colectividad para establecer y revocar leyes, elegir y deponer a los gobernantes, disfrutar de garantías jurídicas y de la posibilidad de explorar por cualquier medio no lesivo para otros la plenitud de su subjetividad".
En los tiempos que transcurren, resulta muy dañino que se pretenda favorecer a quienes no buscan otra cosa que obstaculizar el desarrollo de la voluntad responsable en los ciudadanos, en lugar de consolidar los pasos, mecanismos y procedimientos favorables a las libertades políticas. Estas nos llaman hoy más que nunca, a emanciparnos de la miseria, de la tiranía de la pobreza establecida, de la ignorancia. Para ello no podemos permitir que se continúe reduciendo la función de las instituciones y servicios públicos a la defensa y protección de los privilegiados y sus privilegios.
Los Pactos de la Pintada y del Fondo Fiduciario, al igual que el Pacto con el Fondo Monetario Internacional, le dan olímpicamente la espalda al pueblo y a las libertades políticas, a la transparencia y la participación como muestra de disposición efectiva para erradicar la corrupción, la demagogia y favorecer el debate permanente. Dichos Pactos evidencian lo mucho que nos falta por salir del milenarismo, de la secta. De lo lejos que estamos de "abandonar la complacencia fanática de los absolutos excluyentes".
En los días y meses por venir la crisis de valores, sin duda, se acentuará y aumentará el peligro de nuestras libertades políticas. Algunos politiqueros -de viejo y de nuevo cuño-nos quieren hacer creer que lo logrado con los trucos de los "pactos", les permitirá evadir la responsabilidad que se tiene hoy por hoy con las libertades políticas. Pretenden olvidar que el pueblo, a fuerza de no saber lo que quiere, ha empezado a aprender a saber lo que no quiere.

101 años de Panamá América

 
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