Crisis del transporte, desafío del nuevo gobierno
Miles de personas sobresaturan la estación de Yangjae, en el sureste de Seúl. Es la hora pico, las siete de la tarde. La marejada de personas desciende de largos autobuses articulados marca “Hyundai, hacia el metro. Las taquillas se llenan de personas para recargar su pasaje electrónico, con el fin de usar el tren subterráneo.
En medio de la multitud, me encontraba con un pequeño grupo de panameños observando el movimiento. Un letrero, con una caricatura vestida de conductor de bus, dice: “Yeoboseyo, jihasheor-eul ta-sipsiyo ppalli. Gammsannida!” (Saludos, por favor utilice el subway de forma práctica y rápida. Muchas gracias).
La lógica confucionista asiática es perceptible. Reverencia al usuario del transporte público, mezclando un mensaje de advertencia y despedida.
Mientras en Asia los autobuses no entran al casco urbano y dejan al metro hacer el trabajo de llevar pasajeros al centro de las ciudades, acá en Panamá pensamos que el bus debe recorrer todas las vías de la ciudad y dejar al pasajero al frente de sus residencias. Aquí los transportistas ni te saludan, menos dan las gracias por utilizar sus malogrados vehículos asesinos, bien llamados “Diablos Rojos”. ¡Qué abismal diferencia hay entre Panamá y Corea del Sur!
Si los panameños vislumbráramos el mundo como lo hacen los asiáticos, serían las cosas muy diferentes. Por supuesto, jamás hubiera ocurrido el desastre administrativo de la implementación del proyecto Transmóvil, que murió en su cuna por la improvisación política-electorera.
En medio del debate de la campaña presidencial actual, han surgido diversos proyectos de modernización del transporte público en la Ciudad de Panamá. Algo urgente para implementar, pues en esta urbe, entre unas 800,000 a 1.2 millones de personas, están obligadas a utilizar 900 autobuses destartalados, para viajar hacia su destino.
Unos proponen el metro de ruta mixta, estilo europeo, y otros quieren el monorriel japonés. Pero poco se habla de los paliativos temporales para lidiar con el transporte público, entre los tres a cinco años mientras se construya la alternativa de traslado masivo de pasajeros.
El primero de julio de 2009, el nuevo gobernante de Panamá tendrá que tomar una decisión crucial e inmediata para salir de la miasma en el cual está inmerso el transporte capitalino.
El futuro mandatario deberá acabar, de tajo, con el negociado de los certificados de operación (cupos), imponer una nueva Gerencia Metropolitana del Transporte Capitalino que administre las rutas de la Ciudad de Panamá; y más importante: ordenar una licitación para adquirir de entre 1,500 a 2,000 autobuses aptos para pasajeros.
Hay que crear una entidad educativa que entrene y prepare adecuadamente a los transportistas que operarán los nuevos autobuses, que además manejarán los trenes del futuro sistema ferroviario.
Por supuesto, habrá que depurar el gremio transportista y separar a los buenos conductores de los malos “palancas”. Es decir, “mano dura contra los buseros y la mafia del transporte”.
Siempre recuerdo aquella frase de Martín Luther King: “Tengo un sueño…” Igual que el resto de los usuarios del transporte público en Panamá, también soñamos con un futuro mejor. Que en la mañana los pasajeros tomen un bus con aire acondicionado, que nos lleve a la estación de conexión del tren urbano y nos deje en el centro de la ciudad. Que todo el trayecto no dure más de 30 minutos.
Soñamos con un Panamá parecido a Seúl, en donde se pague por tarjetas electrónicas al abordar al transporte público. De que el transportista sea un ciudadano ejemplar, con seguro social y un salario justo. Que también sea buen conductor. Es verdad, no somos Corea del Sur, pero soñar no cuesta nada.
Espero que el nuevo gobierno del periodo 2009-2014, cumpla con su promesa de resolver la crisis del transporte. En caso de lograrlo, aquel dirigente político que deje ese legado de bienestar en Panamá, será recordado como estadista.