Crisis educativa
La crisis se ha profundizado con el inicio del período escolar 2008 de hace a penas seis semanas, en condiciones precarias, sumamente anormal. ¡Las causas y los motivos huelgan! Ahora estamos otra vez ante inquietudes reformistas que se expresan desde los más distintos ángulos. Reformas educacionales se han intentado en innumerables ocasiones, pero ellas casi siempre bajo prismas teóricos que se tradujeron en cambios de programas o de métodos de trabajo docente, pero sin representar una nueva inspiración del magisterio.
Es oportuno que insistamos en un aspecto esencial de cualquiera reforma de la enseñanza, cual es el magisterio. Esta carrera carece de alicientes desde hace muchos años. Tuvo antiguamente cierto prestigio en los niveles universitarios y académicos, pero lo que es en la formación del magisterio primario, secundario y especial no suscitó de los gobiernos de los últimos años la preocupación que merecía.
Ya lo hemos dicho más de una vez, nuestra realidad educacional no puede resolverse a base de discursos o de declaraciones inspiradas, sino que requiere un estudio atento y cuidadoso de datos demográficos, geográficos, históricos, económicos y educacionales, relativos no sólo al país en su conjunto, sino también a sus provincias y localidades, así como una estimación seria de los costos, es decir, de los sacrificios financieros que el cumplimiento de las metas exige.
La discusión, por ejemplo, de la estructura administrativa de la educación en los planos nacional y local, sería rica en enseñanza. Quedarían de manifiesto las gravísimas deficiencia de la actual estructura: falta de continuidad, de integración, de coordinación y de correlación entre las múltiples unidades que dirigen los diversos sectores, niveles y aspectos del sistema; duplicación y repetición de esfuerzos como resultantes naturales de la tendencia de cada servicio a la autarquía y a una mal entendida independencia; lamentable indefinición y confusión de las funciones consultiva, técnica y ejecutiva; debilidad y escaso desarrollo de las dos primeras, agravados, si cabe, por el mal aprovechamiento de los limitados recursos técnicos disponibles, debilidad de la última por la interferencia sistemática de las presiones partidistas; falta de comunicación efectiva entre los diversos elementos y niveles del sistema; excesivo centralismo que, por un lado, retarda innecesariamente el cumplimiento de las tareas administrativas y rutinarias y, por otro, abruma a los funcionarios superiores, empezando por el Ministro, con la atención de problemas de detalle que deberían ser resueltos con mayor prontitud y economía a otros niveles.