Crisis... por exceso
Hay palabras que encerrando conceptos, a veces importantes, se convierten en lugar común a fuerza de repetirse sin cesar, y luego de esa repetición generalizada y reiterada, pierden importancia y conviven con la sociedad, como algo consuetudinario, menor, sin que nos alarme e inquiete el concepto que representan y las implicaciones de él derivadas. Es frecuente escuchar en estos tiempos que hay "crisis de valores"; crisis en la educación; crisis en los diferentes poderes del Estado; crisis mundial, etc. Acerca de la palabra crisis, la Nueva Enciclopedia Espasa, nos proporciona la siguiente definición: "cambio importante en el desarrollo de procesos, que ocasiona inestabilidad o incertidumbre". En materia económica, a la que vamos a referirnos en esta oportunidad, nos indica la misma fuente: "Ruptura del equilibrio entre la oferta y la demanda de bienes y servicios, que genera una fase depresiva de la coyuntura económica".
En su libro "La crítica de nuestro tiempo", el economista Samir Amin señala que en el ámbito social, ningún fenómeno se desarrolla de manera regular, continua e indefinida. Vemos que en la evolución de cualquier sociedad nos encontramos con fases de expansión, estancamiento y hasta de regresión; calificándose de crisis los movimientos de inflexión. El fenómeno de las fluctuaciones económicas, en particular, ha sido estudiado por un gran número de economistas y a dado lugar al estudio del "ciclo económico", en el que encuentran cuatro fases, a saber: recuperación, prosperidad, recesión y depresión, y dos puntos trascendentes de cambio, el auge y la crisis. Estos ciclos económicos se dan en tres niveles: de ciclo corto, de "olas largas" y crisis generales. Considerado en su perspectiva integral e histórica, la realidad económica es sólo una parte de la unidad social a la que pertenece, por lo que su tratamiento singular, se justifica para fines analíticos. Como bien apuntaba el Prof. Gunnar Myrdal: el proceso de "ganarse la vida" se encuentra indisolublemente unido e integrado con otras manifestaciones de la existencia y la conciencia social, por tanto no existen hechos o factores "económicos" y "extraeconómicos", ya que todos son fenómenos significativos para el análisis de cualquier sistema social dado. El examen de esta especificidad de lo económico, nos manifiesta que a partir de la consolidación de la revolución industrial en las postrimerías del siglo XVIII, el modo de producción capitalista, "provoca una tendencia permanente del sistema a producir más de lo que se consume", por lo que la amenaza de estancamiento relativo es su enfermedad crónica.
En el siglo XX fue de especial relevancia la denominada "crisis de 1929", de la cual se refiere así el diccionario consultado: "Depresión económica mundial iniciada en Estados Unidos, que se produjo entre 1929 y 1934. Tuvo su origen en una superproducción industrial y agrícola que la débil capacidad adquisitiva de la sociedad no pudo absorber y que no se correspondía con el movimiento bursátil al alza". El hecho relevante es que las crisis en el sistema son de sobreproducción; es decir, por sobra y no por falta, de ahí la gran paradoja: un océano de miseria en el marco de una capacidad productiva ociosa como nunca antes en la historia.
La revolución tecnológica contemporánea no ha ofrecido una solución al excedente de lo producido sobre la capacidad de consumo y al carecerse de las suficientes posibilidades de inversión productiva, se hace presente la fuga de capitales a la especulación financiera; se ha hecho más agresiva la disputa por los mercados internacionales, que entre otras cosas ha requerido de la sucesión de macrofusiones en numerosos países y provocado, a su vez, el incremento del desempleo a nivel universal. Por tanto, la crisis económica la podemos expresar por un excedente de capitales que no encuentran suficientes mercados rentables en la expansión del sistema productivo. El expediente utilizado en la gestión económica global, a fin de sustituir la deficiencia, es la búsqueda de mercados financieros rentables; en dicho accionar han dejado una secuela, sobre todo en los países denominados ahora "emergentes"de: elevadas tasas de interés, privatizaciones, elevado "servicio" de la deuda, prurito en el equilibrio presupuestal y fiscal, desindustrialización, quiebras numerosas, empobrecimiento y abandono en el campo y acumulación de reservas internacionales ociosas; por ejemplo, en el caso de México éstas llegan a 45 mil millones de dólares, que se guardan y se congelan como un tributo al sistema financiero mundial, en detrimento de la mayoría de la población, (ese país ya tiene en su "haber" más de 70 millones de pobres, de una población total de 100 millones, aproximadamente). Los resultados no se han hecho esperar, crisis sucesivas en varios países emergentes importantes, hasta desembocar en la actual situación en Argentina, en Uruguay, etc.
Sumado lo señalado al grave deterioro en toda América Latina, que ya pasó por la década perdida ( 80-90), la frustración de las "sociedades fragmentadas" de finales de la década pasada y principios del presente siglo, y las expectativas poco halagüeñas en el corto plazo; el abismo científico-tecnológico, al parecer infranqueable, de no cambiar la inercia mundial entre las sociedades ricas y las pobres, no llena de augurios positivos el largo plazo. A sólo 9 países de la OCDE les correspondió en 1999, más del 95% de la inversión en investigación y desarrollo, respaldada por entidades públicas en el mundo. Por cada 100 dólares del PIB agrícola, los países industrializados, en 1995, invirtieron 2.68 dólares en investigación y desarrollo agrícola y en los países en desarrollo se invirtieron solamente 0.62 dólares. ¿Podrá la acumulación que observamos en el sistema mundial crear las bases materiales y humanas para una mejor relación con la naturaleza y el devenir social?
En su libro "La crítica de nuestro tiempo", el economista Samir Amin señala que en el ámbito social, ningún fenómeno se desarrolla de manera regular, continua e indefinida. Vemos que en la evolución de cualquier sociedad nos encontramos con fases de expansión, estancamiento y hasta de regresión; calificándose de crisis los movimientos de inflexión. El fenómeno de las fluctuaciones económicas, en particular, ha sido estudiado por un gran número de economistas y a dado lugar al estudio del "ciclo económico", en el que encuentran cuatro fases, a saber: recuperación, prosperidad, recesión y depresión, y dos puntos trascendentes de cambio, el auge y la crisis. Estos ciclos económicos se dan en tres niveles: de ciclo corto, de "olas largas" y crisis generales. Considerado en su perspectiva integral e histórica, la realidad económica es sólo una parte de la unidad social a la que pertenece, por lo que su tratamiento singular, se justifica para fines analíticos. Como bien apuntaba el Prof. Gunnar Myrdal: el proceso de "ganarse la vida" se encuentra indisolublemente unido e integrado con otras manifestaciones de la existencia y la conciencia social, por tanto no existen hechos o factores "económicos" y "extraeconómicos", ya que todos son fenómenos significativos para el análisis de cualquier sistema social dado. El examen de esta especificidad de lo económico, nos manifiesta que a partir de la consolidación de la revolución industrial en las postrimerías del siglo XVIII, el modo de producción capitalista, "provoca una tendencia permanente del sistema a producir más de lo que se consume", por lo que la amenaza de estancamiento relativo es su enfermedad crónica.
En el siglo XX fue de especial relevancia la denominada "crisis de 1929", de la cual se refiere así el diccionario consultado: "Depresión económica mundial iniciada en Estados Unidos, que se produjo entre 1929 y 1934. Tuvo su origen en una superproducción industrial y agrícola que la débil capacidad adquisitiva de la sociedad no pudo absorber y que no se correspondía con el movimiento bursátil al alza". El hecho relevante es que las crisis en el sistema son de sobreproducción; es decir, por sobra y no por falta, de ahí la gran paradoja: un océano de miseria en el marco de una capacidad productiva ociosa como nunca antes en la historia.
La revolución tecnológica contemporánea no ha ofrecido una solución al excedente de lo producido sobre la capacidad de consumo y al carecerse de las suficientes posibilidades de inversión productiva, se hace presente la fuga de capitales a la especulación financiera; se ha hecho más agresiva la disputa por los mercados internacionales, que entre otras cosas ha requerido de la sucesión de macrofusiones en numerosos países y provocado, a su vez, el incremento del desempleo a nivel universal. Por tanto, la crisis económica la podemos expresar por un excedente de capitales que no encuentran suficientes mercados rentables en la expansión del sistema productivo. El expediente utilizado en la gestión económica global, a fin de sustituir la deficiencia, es la búsqueda de mercados financieros rentables; en dicho accionar han dejado una secuela, sobre todo en los países denominados ahora "emergentes"de: elevadas tasas de interés, privatizaciones, elevado "servicio" de la deuda, prurito en el equilibrio presupuestal y fiscal, desindustrialización, quiebras numerosas, empobrecimiento y abandono en el campo y acumulación de reservas internacionales ociosas; por ejemplo, en el caso de México éstas llegan a 45 mil millones de dólares, que se guardan y se congelan como un tributo al sistema financiero mundial, en detrimento de la mayoría de la población, (ese país ya tiene en su "haber" más de 70 millones de pobres, de una población total de 100 millones, aproximadamente). Los resultados no se han hecho esperar, crisis sucesivas en varios países emergentes importantes, hasta desembocar en la actual situación en Argentina, en Uruguay, etc.
Sumado lo señalado al grave deterioro en toda América Latina, que ya pasó por la década perdida ( 80-90), la frustración de las "sociedades fragmentadas" de finales de la década pasada y principios del presente siglo, y las expectativas poco halagüeñas en el corto plazo; el abismo científico-tecnológico, al parecer infranqueable, de no cambiar la inercia mundial entre las sociedades ricas y las pobres, no llena de augurios positivos el largo plazo. A sólo 9 países de la OCDE les correspondió en 1999, más del 95% de la inversión en investigación y desarrollo, respaldada por entidades públicas en el mundo. Por cada 100 dólares del PIB agrícola, los países industrializados, en 1995, invirtieron 2.68 dólares en investigación y desarrollo agrícola y en los países en desarrollo se invirtieron solamente 0.62 dólares. ¿Podrá la acumulación que observamos en el sistema mundial crear las bases materiales y humanas para una mejor relación con la naturaleza y el devenir social?