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Cristo ayer, hoy y siempre


“En esta noche santa en que Nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Conmemoraremos, pues, juntos, la Pascua del Señor, escuchando su palabra y participando de sus sacramentos, con la esperanza cierta de participar también en su triunfo sobre la muerte y de vivir con El para siempre en Dios”. Con las luces apagadas fuera del templo, frente a una fogata que con su resplandor iluminaba los rostros de tanta gente sencilla y creyente, exhortaba el celebrante a los numerosos participantes en la ceremonia de Lucernario que tanto impacta como inicio de la celebración de las celebraciones que es nuestra Pascua de Jesús Resucitado, fundamento de todas nuestras creencias.
Cristo murió, fue sepultado y Dios lo resucitó. Si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y en tu oración crees que Dios lo despertó de entre los muertos, serás salvo (Rom. 10,9): Podemos, pues, afirmar sin género alguno de dudas que la fórmula Dios resucitó a Jesús de entre los muertos es la parte más sustancial de la fe de la iglesia naciente.
Nuestra fe en Dios no se hace vida en nosotros como resultado de unos argumentos o teorías que nos llevan a decir: “pues si Dios existe, tengo que quererlo”. La vida de los seres humanos no funciona así. Y por esto, exactamente por esto, Dios se quiso hacer presente y comunicarse con nosotros mediante un ser humano, un hombre de carne y hueso al que no sólo se pudo oír, para aprender sus ideas, sino que además, se pudo ver y tocar, para palpar y experimentar, sentir y gustar, lo que es y lo que presenta la bondad de Dios. La cercanía de Dios, la delicadeza y la ternura de Dios. Por esto, sin duda alguna, la primera carta de Juan empieza diciendo: “lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos palpado con nuestras manos acerca de la Palabra de vida”.
Uno de los evangelios donde se dice todo esto con más claridad es el evangelio de Juan cuando cuenta la aparición de Jesús resucitado a sus discípulos a los ocho días de la resurrección (Juan 20, 24-29). Como Tomás, “uno de los Doce no estaba con los demás el domingo de Pascua, cuando todos vieron al Señor, este discípulo se plantó y dijo: si no veo en sus manos la marca de los clavos, y no meto mi dedo en el lugar de los clavos, y no meto mi mano en su costado, no lo creo”. Al decir esto, aquel Tomás estaba expresándo lo que le pasa y lo que siente tanta gente, cuando se le plantea el tema de Dios y de la fe en ese Dios. Son muchos los que dicen “si no lo veo, no lo creo”. Y es que, tal como somos y tal como es la vida, lo que vemos, lo que palpamos, lo que sentimos, eso es lo que se nos mete, no sólo en la cabeza sino en nuestro ser entero y se hace vida en nosotros. Lo demás, lo que no vemos, ni palpamos, ni sentimos, son ideas, son teorías, que van y vienen, pero que a la mayor parte de la gente no le interesan. Bien sea, porque no entienden las ideas. O quizás también porque, aunque las entiendan, cualquiera se da cuenta de que por un lado van las teorías y por otro va la vida, lo que se ve, se palpa y se siente.
El hecho es que, cuando Tomás vio con sus propios ojos y palpó con sus propias manos que Jesús, al que habían asesinado, estaba vivo, entonces dijo: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20,28). Es decir, entonces creyó en el Señor, en Dios. Es verdad, que según el relato del evangelio, Jesús añadió: “Porque me has visto, ¡has creído! Dichosos los que no han visto y han creído” (v.27). Aquí parece que Jesús elogia y prefiere a los que llegan a la fe en Dios sin necesidad de ver, ni tocar, como exigió Tomás. Lo cual vendrá a decir que Jesús, en el fondo, le echa en cara a Tomás sus exigencias de ver y palpar a Dios, para poder creer en él. En definitiva, todo sería como decir que Dios prefiere la fe de los que creen sin necesidad de pasar por los sentidos, fiándose sólo de las razones y los argumentos que nos enseñan los libros y los sermones. Pero no se trata de eso. Para entender por qué el evangelio de Juan puso estas palabras, hay que tener en cuenta que este evangelio se escribió bastante años después de que Jesús se había ido de este mundo. Y también se habían muerto ya casi todos los discípulos que habían oído, que habían visto y que habían palpado con sus manos la presencia de Jesús. Es decir, ya no estaban los que tuvieron la suerte de vivir con El. Entonces pensando en aquellos discípulos, que creían sin haber visto a Jesús en esta vida, el Evangelio dice que ellos son dichosos por tener la fe que tenían, que es la de los que en torno a la luz quieren resucitar con Cristo.
La aprobación de ambos actos por parte de los miembros de la Asamblea Legislativa, cuya aprobación fue requerida y estuvo apoyada por el Ejecutivo, estuvieron viciados desde su inicio, es decir, desde el momento en que ambos proyectos comenzaron a promoverse de manera activa.
Por tal motivo, es imprescindible investigar los movimientos de las personas involucradas en esos proyectos durante ese periodo de tiempo. Este proceso no se trata de una simple maniobra política. Los eventos de los últimos meses son reales y representan algo verdaderamente vergonzoso para la República de Panamá.
Es más sencillo para la clase política abstenerse a solucionar los problemas de corrupción que afrontamos, y evitarse los perjuicios que puedan causarles el resultado de una investigación de esta índole.
Nuestros políticos están desperdiciando una gran oportunidad para reivindicarse ante el pueblo panameño. Una clase política digna del respeto de sus electores no dudaría en hacer lo correcto; no cuestionaría el inicio de las respectivas investigaciones; serían colaboradores activos en las mismas con el fin de obtener un resultado satisfactorio. En este caso, una resolución efectiva de nuestros problemas de corrupción le ofrece a la clase política la posibilidad de eliminar a los políticos que constantemente participan en actos de corrupción, y de limpiar la imagen de la que actualmente gozan los políticos panameños ante la opinión pública y la comunidad internacional.
(juanboyd@abs-law.com)

101 años de Panamá América

 
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