Cristo y la dignidad del hombre
Desde la crucifixión de nuestro señor Jesucristo hasta nuestros días, cabe decirlo, el mundo cristiano viene recordando los hechos de ese monumental acontecimiento y para ello celebra la Semana Mayor. La palabra "celebrar" no parece ser la apropiada para destacar lo que realmente sucede con el mundo de los creyentes: hay tristeza cuando rememoramos la pasión, muerte y crucifixión de Cristo; hay alegría cuando festejamos su resurrección - el mejor testimonio de una fe viva-; y hay desconsuelo y golpes de mea culpa si advertimos que fuimos nosotros mismos quienes lo crucificamos. De tal manera que los días que se iniciaron desde el pasado domingo y al que hemos llamado "Domingo de Ramos" y que llegarán al Domingo de Resurrección, nos compelen a reflexionar, profundamente, sobre nuestra fe, nuestra conducta y el fundamento de toda cristiandad.
Empiezo por defenestrar aquella perniciosa idea de que los humanos nos hemos creado un dios pretextando encontrar un cobijo superior a nuestras fuerzas y en el que depositamos nuestros yerros, debilidades y pecados. La idea propalada por algunos anticlericales, mal llamados ateos, de que el hombre creó a Dios, ha sido superada por una filosofía cada vez más convincente de que Dios es nuestro Creador y se presenta ante nuestra inteligencia, desde el punto de vista filosófico, como "ser de máxima extensión y de mínima comprensión".
El hombre, nosotros, por otra parte, somos "seres de mínima extensión y de máxima comprensión". La ciencia, por ejemplo, cada día penetra más y más en el conocimiento del cuerpo humano; la psicología y la psiquiatría ingresan a las parcelas oscuras de la mente del hombre; la microbiología le presenta al hombre un universo hasta hace décadas desconocido y que constituye un verdadero reino de seres vivos; los médicos se han especializado en el conocimiento y dominio de cómo funcionan órganos y tejidos del cuerpo del hombre; la medicina va venciendo las epidemias y enfermedades que nos sorprenden como novedosas. y al paso que sale otra siempre termina encontrándose el medicamento de su combate o cura.
222 La idea propalada por algunos anticlericales, mal llamados ateos, de que el hombre creó a Dios, ha sido superada por una filosofía cada vez más convincente de que Dios es nuestro Creador...
En fin, no hay duda alguna que como seres humanos, real y verdaderamente, somos seres de mínima extensión y de máxima comprensión. ¡Qué limitados y corpóreos somos en el infinito mundo que Dios ha creado!. El conocimiento del que disponemos ha sido de nosotros mismos, pero a Dios lo hemos dejado a un lado: seguimos conociendo tan poco de él; sin embargo, nos la pasamos pidiéndole, reitera y permanentemente, rendición de cuentas por cuanto pasa o acontece en este mundo terreno, pero olvidamos que ya hasta de las escuelas lo hemos echado impidiendo a nuestros niños y jóvenes poder siquiera llegar a conocerlo mediante la enseñanza de las Sagradas Escrituras; lo hemos desterrado de las iglesias en donde predicamos de ciencia y de filosofía, de arte y de música; de guerra y de paz, pero hemos olvidado al Señor del Universo y al autor de la paz, del amor y de la misericordia. Lo hemos declarado non grato en las universidades y el conocimiento científico y filosófico se ha ontologizado por encima de Dios, quien para mí no es ni esencia, ni sustancia, mucho menos energía: es Dios persona, es el Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Cómo es que queremos exigirle cuentas a Dios, si a El no lo tomamos en cuenta cuando hacemos o deshacemos?
La pregunta que viene a mi mente es ésta: ¿acaso no seguimos crucificando a Cristo con nuestras acciones, conductas, formas o maneras de expresarnos, del modo como tratamos a nuestro prójimo o semejante? Si Cristo enseñó que no hay crimen, delito o pecado chico ni grande ante Dios, que pecado es pecado, entonces ¿por qué miramos mal al prójimo y hablamos lo impropio de él? Si le regla de oro consiste en amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, entonces ¿por qué no comenzar a amarnos todos sin distinción de raza, de credos religiosos, políticos, de distinciones sociales, etc.?
El mensaje de la Semana Santa o Semana Mayor sigue estando diáfano y claro: que necesitamos de Dios, de Cristo, para que cambie el mundo, para que se inicie el cambio y la conversión de cada uno de nosotros, y para que la humanidad entera se libere de la guerra fratricida en donde impera el odio, el rencor y la maldad.
De modo tal que el sacrificio de Cristo sigue allí vigente y vivificante: necesitamos mirar permanentemente hacia la Cruz del Gólgota, y entender que el hijo de Dios se hizo hombre por causa nuestra y que a través de su cuerpo sacrificado, ofrenda santa ante Dios Padre, el hombre puede recibir redención de sus pecados y salvación eterna.
De nada vale contemplar la cruz y a Cristo crucificado en ella, pagando nuestros delitos y pecados, a él en quien no fue encontrada falta ni delito alguno, que llevó sobre su cuerpo la paga de nuestros crímenes y no asumimos una actitud de verdadero arrepentimiento.
Bueno es que recordemos que al momento de dictarse la sentencia de condena por nuestra culpa, El, Jesús, dijo: yo pago la falta y el delito, me sustituyo en todo lo malo que haya hecho el hombre. ¡Qué hecho tan relevante, sin precedentes en nuestra historia! No hay émulo respecto a él: toda la ley del amor y de la misericordia infinita se consumó en el sacrificio del Hijo de Dios.
A este santo acto de Dios, poetas y trovadores, pintores y escultores, literatos y fervientes hombres de oración, han dedicado la mejor poesía, el verso más elaborado y rítmico; la canción más armoniosa y sutil que cautiva el alma y el espíritu de todo aquel que la escucha; el cuadro más patético que al ser contemplado desmorona aún al más perverso y vil en llanto compungido hacia el arrepentimiento; la estatua que supera la realidad de la vida en egregio y elocuente idioma que no pronuncia palabra alguna; la narración o la leyenda que al ser contada o recordada nos desbarata por dentro y nos llama a la convivencia pacífica y amorosa entre todos los hombres; en fin, todavía resuena el tierno y sencillo mensaje del Sermón del Monte a través del cual Cristo da al hombre de todos los tiempos y de todas las épocas una reivindicación que César o Faraón alguno no supo dar: la dignidad humana: E hizo Dos al hombre a su imagen y semejanza. Qué más alcurnia social que ésta: el ser llamados Hijos de Dios.
En cuanto a mí y a mi familia corresponde, con sentido gusto y complacencia, puedo decir: Gracias Cristo por hacernos Príncipes de tu Gracia. ¡Gracias por tu sacrificio santo!
(stekrakri@hoitmail.com)
Empiezo por defenestrar aquella perniciosa idea de que los humanos nos hemos creado un dios pretextando encontrar un cobijo superior a nuestras fuerzas y en el que depositamos nuestros yerros, debilidades y pecados. La idea propalada por algunos anticlericales, mal llamados ateos, de que el hombre creó a Dios, ha sido superada por una filosofía cada vez más convincente de que Dios es nuestro Creador y se presenta ante nuestra inteligencia, desde el punto de vista filosófico, como "ser de máxima extensión y de mínima comprensión".
El hombre, nosotros, por otra parte, somos "seres de mínima extensión y de máxima comprensión". La ciencia, por ejemplo, cada día penetra más y más en el conocimiento del cuerpo humano; la psicología y la psiquiatría ingresan a las parcelas oscuras de la mente del hombre; la microbiología le presenta al hombre un universo hasta hace décadas desconocido y que constituye un verdadero reino de seres vivos; los médicos se han especializado en el conocimiento y dominio de cómo funcionan órganos y tejidos del cuerpo del hombre; la medicina va venciendo las epidemias y enfermedades que nos sorprenden como novedosas. y al paso que sale otra siempre termina encontrándose el medicamento de su combate o cura.
222 La idea propalada por algunos anticlericales, mal llamados ateos, de que el hombre creó a Dios, ha sido superada por una filosofía cada vez más convincente de que Dios es nuestro Creador...
En fin, no hay duda alguna que como seres humanos, real y verdaderamente, somos seres de mínima extensión y de máxima comprensión. ¡Qué limitados y corpóreos somos en el infinito mundo que Dios ha creado!. El conocimiento del que disponemos ha sido de nosotros mismos, pero a Dios lo hemos dejado a un lado: seguimos conociendo tan poco de él; sin embargo, nos la pasamos pidiéndole, reitera y permanentemente, rendición de cuentas por cuanto pasa o acontece en este mundo terreno, pero olvidamos que ya hasta de las escuelas lo hemos echado impidiendo a nuestros niños y jóvenes poder siquiera llegar a conocerlo mediante la enseñanza de las Sagradas Escrituras; lo hemos desterrado de las iglesias en donde predicamos de ciencia y de filosofía, de arte y de música; de guerra y de paz, pero hemos olvidado al Señor del Universo y al autor de la paz, del amor y de la misericordia. Lo hemos declarado non grato en las universidades y el conocimiento científico y filosófico se ha ontologizado por encima de Dios, quien para mí no es ni esencia, ni sustancia, mucho menos energía: es Dios persona, es el Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Cómo es que queremos exigirle cuentas a Dios, si a El no lo tomamos en cuenta cuando hacemos o deshacemos?
La pregunta que viene a mi mente es ésta: ¿acaso no seguimos crucificando a Cristo con nuestras acciones, conductas, formas o maneras de expresarnos, del modo como tratamos a nuestro prójimo o semejante? Si Cristo enseñó que no hay crimen, delito o pecado chico ni grande ante Dios, que pecado es pecado, entonces ¿por qué miramos mal al prójimo y hablamos lo impropio de él? Si le regla de oro consiste en amar a nuestros semejantes como a nosotros mismos, entonces ¿por qué no comenzar a amarnos todos sin distinción de raza, de credos religiosos, políticos, de distinciones sociales, etc.?
El mensaje de la Semana Santa o Semana Mayor sigue estando diáfano y claro: que necesitamos de Dios, de Cristo, para que cambie el mundo, para que se inicie el cambio y la conversión de cada uno de nosotros, y para que la humanidad entera se libere de la guerra fratricida en donde impera el odio, el rencor y la maldad.
De modo tal que el sacrificio de Cristo sigue allí vigente y vivificante: necesitamos mirar permanentemente hacia la Cruz del Gólgota, y entender que el hijo de Dios se hizo hombre por causa nuestra y que a través de su cuerpo sacrificado, ofrenda santa ante Dios Padre, el hombre puede recibir redención de sus pecados y salvación eterna.
De nada vale contemplar la cruz y a Cristo crucificado en ella, pagando nuestros delitos y pecados, a él en quien no fue encontrada falta ni delito alguno, que llevó sobre su cuerpo la paga de nuestros crímenes y no asumimos una actitud de verdadero arrepentimiento.
Bueno es que recordemos que al momento de dictarse la sentencia de condena por nuestra culpa, El, Jesús, dijo: yo pago la falta y el delito, me sustituyo en todo lo malo que haya hecho el hombre. ¡Qué hecho tan relevante, sin precedentes en nuestra historia! No hay émulo respecto a él: toda la ley del amor y de la misericordia infinita se consumó en el sacrificio del Hijo de Dios.
A este santo acto de Dios, poetas y trovadores, pintores y escultores, literatos y fervientes hombres de oración, han dedicado la mejor poesía, el verso más elaborado y rítmico; la canción más armoniosa y sutil que cautiva el alma y el espíritu de todo aquel que la escucha; el cuadro más patético que al ser contemplado desmorona aún al más perverso y vil en llanto compungido hacia el arrepentimiento; la estatua que supera la realidad de la vida en egregio y elocuente idioma que no pronuncia palabra alguna; la narración o la leyenda que al ser contada o recordada nos desbarata por dentro y nos llama a la convivencia pacífica y amorosa entre todos los hombres; en fin, todavía resuena el tierno y sencillo mensaje del Sermón del Monte a través del cual Cristo da al hombre de todos los tiempos y de todas las épocas una reivindicación que César o Faraón alguno no supo dar: la dignidad humana: E hizo Dos al hombre a su imagen y semejanza. Qué más alcurnia social que ésta: el ser llamados Hijos de Dios.
En cuanto a mí y a mi familia corresponde, con sentido gusto y complacencia, puedo decir: Gracias Cristo por hacernos Príncipes de tu Gracia. ¡Gracias por tu sacrificio santo!
(stekrakri@hoitmail.com)