Crónicas chinas
Conclusión La República Popular China se ha integrado al mundo haciendo gala de todo el potencial que tiene tan inmenso país. Cortas se han quedado las reflexiones que elaboré respecto a mi visita al pueblo más vetusto del planeta. Sin embargo, algunos puntos deben destacarse hoy si pretendo concluir esta serie de manera adecuada.
Para comenzar debo decir que la apertura que promoviera Deng Xiapoing, junto al evidente avance socioeconómico que se aprecia por doquier, es asunto irreversible y que alcanzará niveles que aún no pueden delimitarse con claridad. Igual valoración se puede aplicar al sistema gubernativo imperante. Si bien es cierto que el partido comunista chino mantiene una alta cuota dentro del ejercicio del poder, también es indudable que la transformación sociocultural en proceso reformará las estructuras políticas - hasta donde sea necesario - para seguirle el paso a esta evolución sin paralelo que se ha venido dando en China en los últimos años.
Dicho lo anterior, es necesario hacer una breve alusión respecto a las reversiones de Hong Kong y Macao. Estas dos antiguas colonias europeas se han reincorporado a la República Popular China de manera positiva. A pesar de que existen disposiciones especiales para evitar un desplazamiento demográfico pernicioso el sistema actual, sustentado en el esquema de un país con dos sistemas, está operando de manera satisfactoria.
Un tratamiento más amplio - asunto que le permitiría mantener su fórmula de gobierno, los impuestos, la estructura social vigente y el ejército - se le ha ofrecido a Taiwan con el ánimo de reunificar a la nación entera. Este tema - asunto chino que forzosamente tendrá que ser resuelto entre chinos, especialmente si tomamos en cuenta que cuando se consolidó la república popular encabezada por Mao Zedong, el 1 de octubre de 1949, Chiang Kai Shek, entonces su mayor adversario político, se trasladó a la provincia isleña con gran parte del tesoro nacional y un séquito leal para establecer de inmediato un gobierno paralelo - debiera ser revisado exhaustivamente por parte de la cancillería panameña.
No tiene sentido alguno que siendo nuestro país el segundo socio comercial de la República Popular China en Latinoamérica - y quinto del mundo - tengamos sólo una oficina de negocios con un Estado que, aparte de lo antes dicho, tiene un puesto dentro del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, es uno de los grandes usuarios del Canal y la Zona Libre de Colón, mantiene importantísimas infraestructuras portuarias en ambas costas de nuestro istmo y es - sin duda alguna - el mayor y más factible mercado para el intercambio agrocomercial del momento.
No puedo concluir estas crónicas sin trazar una breve reflexión que incumbe a ambos países. La República Popular China se ha integrado al mundo, no sólo haciendo gala de todo el potencial que tiene, sino también aplicando de manera rigurosa un proyecto nacional claramente definido. Afinar el tono y propósitos comunes a un pueblo conformado por más de cincuenta etnias y lenguajes diferentes, al igual que haber dejado atrás dogmas y estructuras programáticas inmensamente más complejas y profundas que la más elaborada política socioeconómica que haya experimentado la República de Panamá, son asuntos dignos de mi total admiración.
Los logros que han obtenido casi 1,300 millones de chinos sobre la base de metas bien establecidas - con situaciones culturales, económicas, geográficas y sociales muy diferentes a ésas que inciden dentro del marco de oportunidades que se presentan a menos de 3 millones de compatriotas que viven hoy en este muy privilegiado sector del mundo - debieran ser motivo suficiente para efectuar una revisión profunda de los propósitos donde se pretende definir el rumbo de ese proyecto inconcluso que es la República de Panamá.
Para comenzar debo decir que la apertura que promoviera Deng Xiapoing, junto al evidente avance socioeconómico que se aprecia por doquier, es asunto irreversible y que alcanzará niveles que aún no pueden delimitarse con claridad. Igual valoración se puede aplicar al sistema gubernativo imperante. Si bien es cierto que el partido comunista chino mantiene una alta cuota dentro del ejercicio del poder, también es indudable que la transformación sociocultural en proceso reformará las estructuras políticas - hasta donde sea necesario - para seguirle el paso a esta evolución sin paralelo que se ha venido dando en China en los últimos años.
Dicho lo anterior, es necesario hacer una breve alusión respecto a las reversiones de Hong Kong y Macao. Estas dos antiguas colonias europeas se han reincorporado a la República Popular China de manera positiva. A pesar de que existen disposiciones especiales para evitar un desplazamiento demográfico pernicioso el sistema actual, sustentado en el esquema de un país con dos sistemas, está operando de manera satisfactoria.
Un tratamiento más amplio - asunto que le permitiría mantener su fórmula de gobierno, los impuestos, la estructura social vigente y el ejército - se le ha ofrecido a Taiwan con el ánimo de reunificar a la nación entera. Este tema - asunto chino que forzosamente tendrá que ser resuelto entre chinos, especialmente si tomamos en cuenta que cuando se consolidó la república popular encabezada por Mao Zedong, el 1 de octubre de 1949, Chiang Kai Shek, entonces su mayor adversario político, se trasladó a la provincia isleña con gran parte del tesoro nacional y un séquito leal para establecer de inmediato un gobierno paralelo - debiera ser revisado exhaustivamente por parte de la cancillería panameña.
No tiene sentido alguno que siendo nuestro país el segundo socio comercial de la República Popular China en Latinoamérica - y quinto del mundo - tengamos sólo una oficina de negocios con un Estado que, aparte de lo antes dicho, tiene un puesto dentro del Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas, es uno de los grandes usuarios del Canal y la Zona Libre de Colón, mantiene importantísimas infraestructuras portuarias en ambas costas de nuestro istmo y es - sin duda alguna - el mayor y más factible mercado para el intercambio agrocomercial del momento.
No puedo concluir estas crónicas sin trazar una breve reflexión que incumbe a ambos países. La República Popular China se ha integrado al mundo, no sólo haciendo gala de todo el potencial que tiene, sino también aplicando de manera rigurosa un proyecto nacional claramente definido. Afinar el tono y propósitos comunes a un pueblo conformado por más de cincuenta etnias y lenguajes diferentes, al igual que haber dejado atrás dogmas y estructuras programáticas inmensamente más complejas y profundas que la más elaborada política socioeconómica que haya experimentado la República de Panamá, son asuntos dignos de mi total admiración.
Los logros que han obtenido casi 1,300 millones de chinos sobre la base de metas bien establecidas - con situaciones culturales, económicas, geográficas y sociales muy diferentes a ésas que inciden dentro del marco de oportunidades que se presentan a menos de 3 millones de compatriotas que viven hoy en este muy privilegiado sector del mundo - debieran ser motivo suficiente para efectuar una revisión profunda de los propósitos donde se pretende definir el rumbo de ese proyecto inconcluso que es la República de Panamá.