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¿Cuál es la sorpresa?


Para cualquier observador objetivo del acontecer nacional, no resulta una novedad el reconocer que en la última mitad del siglo que fenece, se desarrollaron dos corrientes populistas que realmente concitaron el cariño de las grandes mayorías desposeídas de este país. Sin embargo debemos admitir que una de estas corrientes, luego de un primer intento fallido, ha logrado reencausarse por el sendero de la búsqueda de respuestas concretas a la azarosa realidad cotidiana del 60% de nuestros coterráneos. No faltarán las críticas y señalamientos de los obstinados de siempre, que jamás entendieron durante los últimos cinco años, que la riqueza nacional es para distribuirla y no para concentrarla y que la modernización es un proceso para desarrollar por etapas, en forma concertada y sin producir crisis.
Mientras que el otro movimiento que una vez expresó en la voz del desaparecido en el cerro Marta, que se había constituido para abanderar las causas de los que menos tienen, fue paulatina y progresivamente alejándose de los intereses de los descamisados, para convertirse en la punta de lanza de la más radical transformación neoliberal que recuerda nuestra historia republicana. Tengo que reconocer que hace falta un gran valor personal y un coro cohesionado de seguidores en las diferentes instancias de la sociedad civil y política, para atreverse a distanciarse del calor popular y hacer perder el poder de convocatoria electoral al partido más grande de nuestro país, con semejantes medidas de reestructuración económicas que hasta este momento, en nada han mejorado o abaratado los servicios públicos, la salud, la educación, el transporte y la canasta de alimentos, aunque, debo aclarar que no solo de pan vive el hombre y que la gente común también quisiera antes de morir, poder en alguna ocasión, comerse una centolla, regalarse un Rolex o transitar los corredores en una motorcicleta, por cierto más cara que una casa de la nueva ciudad más allá del nuevo puente sobre el Canal. Quién en su sano juicio puede ahora sentirse sorprendido por el hecho de que miles de perredistas estén abandonando su militancia o su membresía hacia un colectivo, que los nombró por contrato cada tres meses, que durante cuatro años desconoció la carrera administrativa y que asignó en los puestos con mando y jurisdicción a quienes tan solo un minúsculo círculo decidía, basado en no sé cuáles argumentos.
Creo que en este país se ha llegado a tal grado de madurez o pragmatismo político que se ha hecho rutinario, el que la clase dirigente de los diferentes partidos, persiga el poder gubernamental sólo para beneficio de sus propios intereses, sin mostrar el menor sonrojo ante las decisiones paradójicas cíclicas, haciendo uso permanente del trueque de apoyo por canongías.
Por otro lado, jamás se había visto en alguno de los 200 países que conforman el Planeta Tierra, semejante nivel de incapacidad para concertar e incompetencia para conducir por parte de un CEN y un Consejo Directivo Nacional de una agrupación política, quienes al parecer ni siquiera están cohesionados a lo interno de su instancia orgánica. Yo no sé si el Tribunal Electoral acogerá las demandas de impugnación en relación al último Congreso del PRD. Todo el mundo sabe que a pesar de los esfuerzos por democratizarlo, la ley del más vivo es la que impera en este colectivo desde hace 20 años, antes digitado desde los cuarteles y ahora maniatado desde las frondosas capacidades logísticas de los candidatos. Pero qué oportuno y conveniente sería que el verbo renunciar volviera a resucitar en las conciencias de estos dirigentes, que ahora le exigen capacidad de resistencia a sus copartidarios, cuando hace seis meses no les aceptaban ni una llamada telefónica y tan sólo distribuían migajas de su suculenta torta estatal.
A Doña Mireya le expreso con todo respeto que siga caminando como hasta ahora lo está haciendo, confundiéndose con el ciudadano común y retroalimentándose de sus angustias. Aquellos que no se atrevieron a objetar las decisiones inconsultas del Ejecutivo de hace dos meses, no tienen en mi humilde concepto, ningún valor moral para criticar y oponerse a las medidas que ella ahora toma en el ejercicio del poder que por cinco años el pueblo le confirió, al atreverse a retomar sin vacilaciones las banderas de Arnulfo y Omar.

101 años de Panamá América

 
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