Cuando Cuba se abra
Hemos perdido la cuenta de mandatarios norteamericanos a los que el presidente cubano Fidel Castro ha sobrevivido. Tras completar 44 años seguidos en el poder, nada parece perturbarle, salvo su edad, que empieza a denotar visibles estragos en la anatomía y conducta del longevo dirigente. En ese escenario, las bravatas del ocupante de turno de la Casa Blanca, quien quiera que sea, no importan su partido y discurso, no son relevantes. Tras cuatro décadas, uno termina no creyéndole a ninguno. En cierta medida, Castro ha cumplido la fallida advertencia del premier soviético, Nikita Kruschev, cuando en 1959 dijo en Nueva York, dirigiéndose al presidente norteamericano Dwight Eisenhower: "Nosotros los enterraremos". Obviamente, falló. Es al barbudo dirigente cubano al que ha tocado ver desfilar y enterrar a tantos. Y es más, en ese tiempo, pereció la Unión Soviética, China danza hoy al son del capitalismo, y Fidel sigue allí, como si nada cambiara.
Pero la vida tiene sus límites biológicos, incluso para Fidel Castro; y es cuestión de estadísticas de vida, que Cuba está cada vez más cerca de abrirse, aunque de hecho lo está haciendo, pero a paso de tortuga. Habrá algún desprevenido que piense que eso no nos incumbe, pero se equivoca. Con todo y sus muchas carencias y limitaciones, Cuba es hoy una potencia turística en el área. Peor aun - o mejor, según como se mire - siempre lo fue, al menos hasta 1959, cuando Fidel entró a La Habana a la cabeza de un convoy de vehículos y columnas de rebeldes que tomaron el poder luego de la huida del dictador militar Fulgencio Batista, un títere de Estados Unidos.
Ahora Cuba está mejor dotada que antes, duélale a quien le duela, aunque su economía está hecha tiras y carezca de libertades. Eso lo deducimos de opiniones de muchos, incluyendo recientemente a distinguidos panameños como Ricardo Arias Calderón, Samuel Lewis Galindo y Alberto Vallarino, ninguno de ellos con un pelo de comunista.
Todos, sin marginar las críticas al sistema, destacan la existencia en la isla de un alto nivel de educación, cultura, salud y alimentación. Y sobre esa base fértil, será fácil para los gobiernos que sucedan al régimen actual, reconstruir un país democrático y próspero con justicia social, porque no parte desde una base de desigualdad que deba respetarse para preservar la paz.
De esa sucesión en adelante, las diferencias se darán en base al talento y la iniciativa de cada quien para desarrollar y crear riquezas, sin tener que arrebatar nada a nadie.
El recurso humano es pues la principal riqueza de Cuba. A ella se suma su privilegiada situación geográfica, a tiro de honda de la mayor potencia económica del Planeta, con miles de atracciones turísticas y puertos naturales. La vieja Habana y casi todas las ciudades de la isla son un museo arquitectónico viviente. También posee la mayor compilación de viejos autos de colección en buen estado, fácilmente explotables como atracción.
El bloqueo, aunque suene a ironía, ha sido en ese sentido una bendición, porque los valiosos edificios no fueron reemplazados por moles de cristal sin alma.
Todo el país es virgen, ofreciendo una singular oportunidad para hacer bellezas, partiendo de cero. Y eso lo entienden los ansiosos inversionistas extranjeros que esperan ansiosos por el cambio, con un pie en el acelerador. Cuando lleguen, se encontrarán con la sorpresa de que muchos hombres de negocio panameños les sacaron ventaja y les aguardan desde hace rato allí establecidos.
Pero la vida tiene sus límites biológicos, incluso para Fidel Castro; y es cuestión de estadísticas de vida, que Cuba está cada vez más cerca de abrirse, aunque de hecho lo está haciendo, pero a paso de tortuga. Habrá algún desprevenido que piense que eso no nos incumbe, pero se equivoca. Con todo y sus muchas carencias y limitaciones, Cuba es hoy una potencia turística en el área. Peor aun - o mejor, según como se mire - siempre lo fue, al menos hasta 1959, cuando Fidel entró a La Habana a la cabeza de un convoy de vehículos y columnas de rebeldes que tomaron el poder luego de la huida del dictador militar Fulgencio Batista, un títere de Estados Unidos.
Ahora Cuba está mejor dotada que antes, duélale a quien le duela, aunque su economía está hecha tiras y carezca de libertades. Eso lo deducimos de opiniones de muchos, incluyendo recientemente a distinguidos panameños como Ricardo Arias Calderón, Samuel Lewis Galindo y Alberto Vallarino, ninguno de ellos con un pelo de comunista.
Todos, sin marginar las críticas al sistema, destacan la existencia en la isla de un alto nivel de educación, cultura, salud y alimentación. Y sobre esa base fértil, será fácil para los gobiernos que sucedan al régimen actual, reconstruir un país democrático y próspero con justicia social, porque no parte desde una base de desigualdad que deba respetarse para preservar la paz.
De esa sucesión en adelante, las diferencias se darán en base al talento y la iniciativa de cada quien para desarrollar y crear riquezas, sin tener que arrebatar nada a nadie.
El recurso humano es pues la principal riqueza de Cuba. A ella se suma su privilegiada situación geográfica, a tiro de honda de la mayor potencia económica del Planeta, con miles de atracciones turísticas y puertos naturales. La vieja Habana y casi todas las ciudades de la isla son un museo arquitectónico viviente. También posee la mayor compilación de viejos autos de colección en buen estado, fácilmente explotables como atracción.
El bloqueo, aunque suene a ironía, ha sido en ese sentido una bendición, porque los valiosos edificios no fueron reemplazados por moles de cristal sin alma.
Todo el país es virgen, ofreciendo una singular oportunidad para hacer bellezas, partiendo de cero. Y eso lo entienden los ansiosos inversionistas extranjeros que esperan ansiosos por el cambio, con un pie en el acelerador. Cuando lleguen, se encontrarán con la sorpresa de que muchos hombres de negocio panameños les sacaron ventaja y les aguardan desde hace rato allí establecidos.