Cuando el brillo sale del corazón
Recientemente, por motivo de trabajo, acompañé en una gira a muchos hombres de campo, que querían observar cómo funcionaba una granja de producción agrícola sostenible. Entre los observadores, habían niños y adultos, algunos de edad avanzada.
Para mi sorpresa fue allí donde entendí por qué los esfuerzos de la actual administración, están dirigidos a ese hombre y esa mujer que sueñan con el trabajo y aunque duro, para ellos es una bendición. De todas las expresiones de alegría y esperanza que fueron múltiples, a cada uno le pude ver un brillo especial en los ojos que denotaba un entusiasmo contagiante. Ellos no tenían buenas ropas, ni zapatos de lujo, ni eran ejecutivos de saco y corbata, ni neoliberales globalizantes, ni sabían de ciencias y avances tecnológicos. No aspiraban a salarios como legisladores en sus curules de lujos, ni a magistrados de alguna corte, menos a un ombusman, procurador de justicia o rector de universidad.
Su corta ambición sólo es ver un rancho lleno de gallinas con sus nutritivos huevos. Un huerto donde florezcan el guandú, el maíz, el arroz en fangueo, la papaya para la chicha, los cerdos y su chiquero, la yuca y el fríjol con su bejuco. Fue allí donde entendí que ese es el camino para construir un nuevo país, con hombres y mujeres que no estén llenos de ambiciones, pereza, antivalores, que tanto daño hacen a esta sociedad.
Es en el hombre de campo, ese olvidado, sufrido y explotado, donde está la reserva de progreso del país. Donde se sueña con poco y se vive en riqueza incalculable que si le sigo explicando, despertará la envidia de algún mal intencionado que quiera matar a esa riqueza que sólo Dios le da a los desposeídos.
Para mi sorpresa fue allí donde entendí por qué los esfuerzos de la actual administración, están dirigidos a ese hombre y esa mujer que sueñan con el trabajo y aunque duro, para ellos es una bendición. De todas las expresiones de alegría y esperanza que fueron múltiples, a cada uno le pude ver un brillo especial en los ojos que denotaba un entusiasmo contagiante. Ellos no tenían buenas ropas, ni zapatos de lujo, ni eran ejecutivos de saco y corbata, ni neoliberales globalizantes, ni sabían de ciencias y avances tecnológicos. No aspiraban a salarios como legisladores en sus curules de lujos, ni a magistrados de alguna corte, menos a un ombusman, procurador de justicia o rector de universidad.
Su corta ambición sólo es ver un rancho lleno de gallinas con sus nutritivos huevos. Un huerto donde florezcan el guandú, el maíz, el arroz en fangueo, la papaya para la chicha, los cerdos y su chiquero, la yuca y el fríjol con su bejuco. Fue allí donde entendí que ese es el camino para construir un nuevo país, con hombres y mujeres que no estén llenos de ambiciones, pereza, antivalores, que tanto daño hacen a esta sociedad.
Es en el hombre de campo, ese olvidado, sufrido y explotado, donde está la reserva de progreso del país. Donde se sueña con poco y se vive en riqueza incalculable que si le sigo explicando, despertará la envidia de algún mal intencionado que quiera matar a esa riqueza que sólo Dios le da a los desposeídos.