Cuando el destino se manifiesta
La bolita de la ruleta política en los Estados Unidos se detuvo y el crupier de CNN gritó: ¡Negro el 44! En el inmenso casino en el que el libertinaje financiero y militar ha transformado ese país durante los últimos ocho años de prepotencia, engaño y corrupción republicana conservadora, hubo un estallido de alegría.
Hace ocho años opinaba sobre lo que pudiera pasarle a Estados Unidos si la política neofascista de Bush lograba sus cometidos. Desgraciadamente acerté en la mayoría de los temas pero perdí en lo que más anhelaba perder. Que desde el fondo del pueblo estadounidense nacería una nueva nación.
La gente, contrario a lo acostumbrado, salió a votar con paciencia feroz. Era impresionante ver a mujeres embarazadas, ancianos y discapacitados esperar pacientemente y ver a los jóvenes solidarizarse con ellos. La gente estaba allí, de pie, parada en su dignidad, escrutando cada renglón de la extensa y compleja hoja de votación.
Y luego vino el triunfo que ya se vaticinaba en la densidad del aire y en el brillo húmedo de las miradas. Las muchedumbres de Obama rompieron con lágrimas una larga historia de cadenas y prejuicios que llevaron a los Estados Unidos a ser la mayor paradoja democrática de los tiempos modernos, equiparándose quizás a la Grecia y a la Roma antigua.
En el rostro de Jesse Jackson se reflejaba aquella historia. Mientras, en las pantallas resonaban las palabras de Martin Luther King como si hubieran renacido en la garganta nueva de Barack Obama. Desde el escenario del parque de Chicago, con el rostro más sombrío y tenso que nunca, el nuevo presidente alzaba su cálida voz varonil. En un inglés propio de Columbia o de Harvard repetía la frase que en el 2004 lo catapultara hasta la presidencia de los Estados Unidos: "En América no hay estados negros ni estados blancos, no hay estados rojos ni azules...lo ue hay son los Estados Unidos de América". Tan simple como eso y desde Lincoln, nunca tan olvidado.
Los políticos de allá como los de acá se llenan la boca con la palabra pueblo pero la usan sin propiedad, porque pasan por muchas localidades, pero no penetran en la mente ni en el corazón de la gente que las habitan. Allá como acá, los políticos tradicionales, en realidad, menosprecian al pueblo. Lo juzgan tonto, olvidadizo y lo intentan engañar disfrazando candidatos ineptos o con frondosos prontuarios antidemocráticos, como a sus representantes genuinos. ¡Qué farsa más insultante!
Dicen por allá que el primer presidente negro fue Clinton, pero el de verdad, el negro 44 es Barack Obama.
Las expectativas son tan grandes como las dificultades que le esperan, pero si es cierto que cumplirá su palabra de no gobernar de espaldas al pueblo y que su visión política es la del estadista, creo que esta vez el segundo sueño americano, el de la paz y la concordia universal y el del liderazgo moral, se habrá cumplido. Y yo podré decirles a mis nietas que estuve allí para contárselo.