¿Cuándo pasó ?
Terminé la primaria en la escuela Justo Arosemena, situada en calle 17, frente al campo de juegos Santa Rita; la secundaria en el Instituto Nacional de Panamá y la Universidad en la Universidad de Panamá. Todas eran instituciones públicas. Las maestras vestían sobriamente, se expresaban bien, sin gritos y con respeto hacia las personas con quienes trataban. Los profesores del Instituto Nacional iban a dictar sus clases de saco y corbata, bien afeitados y peinados; y las profesoras, también vestidas como mandaba su profesión. Los docentes se expresaban muy bien, se comportaban de una forma casi que versallesca, y por supuesto, nada de voces estentóreas.
Hace algunos días viendo y escuchando en la televisión las noticias, la dirigente magisterial del momento, rodeada de sus colegas, se expresó en la siguiente forma: "nosotros los/las, maestros/maestras" y a continuación expresó casi que a gritos sus reclamos salariales.
Cuando la escuché me pregunté: bueno, ¿y esta señora es una maestra?, ¿dónde se educó, a qué escuela asistió?, y casi que inmediatamente también: ¿cuándo ocurrió el cambio en la forma de hablar y en la actitud del educador panameño?
Los procesos sociales ocurren lentamente, no se dan de un día para otro; pero entre nosotros, aparte de muchos otros hechos que pueden haber incidido en el deterioro de nuestra educación se dieron dos, que a mi juicio marcaron el quiebre de nuestra escuela pública.
El 9 de enero de 1964 se dio el enfrentamiento entre estudiantes del Instituto Nacional y el pueblo panameño con el ejército de los Estados Unidos. Hubo 23 muertos, y el Gobierno Nacional presidido por don Roberto F. Chiari rompió relaciones con los Estados Unidos. Ese suceso marcó el inicio de la cuenta final regresiva para la anulación del tratado de 1903 y la recuperación total y soberana de nuestro territorio.
El año siguiente, 1965, cuando eran Presidente de la República don Marco A. Robles y Ministro de Educación, don Eduardo Ritter Aislán, el gobierno dispuso, para evitar que los estudiantes estuviesen en las escuelas el 9 de enero, adelantar el calendario escolar.
Antes de esa decisión, las escuelas iniciaban clases el primer lunes del mes de mayo, en el mes de septiembre había unas cortas vacaciones, otras, durante la última semana de diciembre por razón de las festividades de Navidad y año Nuevo. En enero se repasaban todas las materias del año, la última semana se dedicaba a exámenes finales y la graduaciones se realizaban entre fines de enero y principios de febrero.
La razón del antiguo calendario era muy simple. Febrero, marzo y abril, son entre nosotros los meses de verano. En ningún país del mundo abren las escuelas durante esa estación. Además, en Panamá, el jolgorio carnestoléndico suele estallar en febrero. La Semana Mayor, dependiendo del año, se conmemora en marzo o abril por un pueblo mayoritariamente católico.
Aparte de los benditos turnos de las escuelas, ese cambio, que quizás fue necesario en un momento determinado, ha debido ser temporal. Sobre esto he escrito varias veces y en una de ellas mandé una nota al Ministro de Educación de turno, sin recibir, como es natural, respuesta alguna.
El otro hecho, marcó el descalabro total de nuestra educación pública.
A raíz del golpe de estado de 1968, el primero de los dictadores, - porque hubo tres: el que ahora quieren deificar, el del buen salto, y el último que ahora vacaciona en Miami -, ayuno de apoyo popular, comenzó a realizar gestiones y promover ideas de toda suerte para suplir esa carencia tan necesaria en un gobierno y sobre todo de uno surgido de un golpe de estado como el que se dio en Panamá.
Una de las primeras cosas que hizo el ahora "divus", tras defenestrar a los que iniciaron la aventura golpista, fue ofrecerle la presidencia del Tribunal Electoral a Don Ernesto de la Guardia, para celebrar unas elecciones, que nunca se dieron. Por supuesto que don Ernesto no aceptó.
Luego, se le ocurrió la genial idea: Declarar a los niños panameños "hijos predilectos de la revolución". Y hasta ahí llegó la flor. Desde entonces no se pudo fracasar a ningún alumno que obtuviera malas notas. Tenían todos que aprobar el año escolar, Y para que hubiese concordancia con la eurekada, en la Universidad de Panamá se iniciaron cursos para preparar profesores en dos años. Los profesores veteranos los bautizaron "los acelerados".
El entonces Rector de nuestra Universidad, ya fallecido, ante reproche de un amigo mutuo le contestó que él no estaba ahí para mejorar la educación sino para que no hubiera huelgas.
Se me ocurre que los hijos predilectos de la revolución, son ahora los maestros y profesores predilectos de la revolución.
Hace algunos días viendo y escuchando en la televisión las noticias, la dirigente magisterial del momento, rodeada de sus colegas, se expresó en la siguiente forma: "nosotros los/las, maestros/maestras" y a continuación expresó casi que a gritos sus reclamos salariales.
Cuando la escuché me pregunté: bueno, ¿y esta señora es una maestra?, ¿dónde se educó, a qué escuela asistió?, y casi que inmediatamente también: ¿cuándo ocurrió el cambio en la forma de hablar y en la actitud del educador panameño?
Los procesos sociales ocurren lentamente, no se dan de un día para otro; pero entre nosotros, aparte de muchos otros hechos que pueden haber incidido en el deterioro de nuestra educación se dieron dos, que a mi juicio marcaron el quiebre de nuestra escuela pública.
El 9 de enero de 1964 se dio el enfrentamiento entre estudiantes del Instituto Nacional y el pueblo panameño con el ejército de los Estados Unidos. Hubo 23 muertos, y el Gobierno Nacional presidido por don Roberto F. Chiari rompió relaciones con los Estados Unidos. Ese suceso marcó el inicio de la cuenta final regresiva para la anulación del tratado de 1903 y la recuperación total y soberana de nuestro territorio.
El año siguiente, 1965, cuando eran Presidente de la República don Marco A. Robles y Ministro de Educación, don Eduardo Ritter Aislán, el gobierno dispuso, para evitar que los estudiantes estuviesen en las escuelas el 9 de enero, adelantar el calendario escolar.
Antes de esa decisión, las escuelas iniciaban clases el primer lunes del mes de mayo, en el mes de septiembre había unas cortas vacaciones, otras, durante la última semana de diciembre por razón de las festividades de Navidad y año Nuevo. En enero se repasaban todas las materias del año, la última semana se dedicaba a exámenes finales y la graduaciones se realizaban entre fines de enero y principios de febrero.
La razón del antiguo calendario era muy simple. Febrero, marzo y abril, son entre nosotros los meses de verano. En ningún país del mundo abren las escuelas durante esa estación. Además, en Panamá, el jolgorio carnestoléndico suele estallar en febrero. La Semana Mayor, dependiendo del año, se conmemora en marzo o abril por un pueblo mayoritariamente católico.
Aparte de los benditos turnos de las escuelas, ese cambio, que quizás fue necesario en un momento determinado, ha debido ser temporal. Sobre esto he escrito varias veces y en una de ellas mandé una nota al Ministro de Educación de turno, sin recibir, como es natural, respuesta alguna.
El otro hecho, marcó el descalabro total de nuestra educación pública.
A raíz del golpe de estado de 1968, el primero de los dictadores, - porque hubo tres: el que ahora quieren deificar, el del buen salto, y el último que ahora vacaciona en Miami -, ayuno de apoyo popular, comenzó a realizar gestiones y promover ideas de toda suerte para suplir esa carencia tan necesaria en un gobierno y sobre todo de uno surgido de un golpe de estado como el que se dio en Panamá.
Una de las primeras cosas que hizo el ahora "divus", tras defenestrar a los que iniciaron la aventura golpista, fue ofrecerle la presidencia del Tribunal Electoral a Don Ernesto de la Guardia, para celebrar unas elecciones, que nunca se dieron. Por supuesto que don Ernesto no aceptó.
Luego, se le ocurrió la genial idea: Declarar a los niños panameños "hijos predilectos de la revolución". Y hasta ahí llegó la flor. Desde entonces no se pudo fracasar a ningún alumno que obtuviera malas notas. Tenían todos que aprobar el año escolar, Y para que hubiese concordancia con la eurekada, en la Universidad de Panamá se iniciaron cursos para preparar profesores en dos años. Los profesores veteranos los bautizaron "los acelerados".
El entonces Rector de nuestra Universidad, ya fallecido, ante reproche de un amigo mutuo le contestó que él no estaba ahí para mejorar la educación sino para que no hubiera huelgas.
Se me ocurre que los hijos predilectos de la revolución, son ahora los maestros y profesores predilectos de la revolución.