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¿Cuándo reconoceremos nuestro valer?


Desde su fundación, la Universidad de Panamá ha graduado cerca de 100,000 profesionales de todas las disciplinas. Un porcentaje significativo de ellos, en el extranjero antes de que se crearan las maestrías y doctorados, y luego en los postgrados que ahora ofrece nuestra primera casa de estudios, ha proseguido estudios avanzados en sus respectivas áreas.
Por otra parte, antes y después de creada la Universidad de Panamá, un número muy importante de compatriotas se ha formado procesionalmente en universidades de todo el mundo. Y si a lo anterior se agrega que con la creación de universidades privadas, siguiendo el camino que abrió la universidad católica, ha aumentado sustancialmente la oferta de educación superior, y que de esos centros han egresados varios miles de profesionales calificados en todas las disciplinas, huelga demostrar que nuestro país cuenta con suficientes recursos humanos profesionales altamente preparados para cubrir eficazmente las necesidades nacionales.
En atención a esa realidad, es difícil entender porqué todavía subsiste el vicio negativo de subvalorarnos. Con preocupante frecuencia, se siguen contratando asesorías y consultorías, a precios de escándalos, para que vengan a decirnos las cosas que ya sabemos, con la agravante, denigrante para nuestros profesionales, de que muchos de los "sabios dictámenes" no son otra cosa que la recopilación de las opiniones y respuestas que "los consultores y asesores" recaban de los profesionales y funcionarios locales de quienes se nutren para elaborarlos.
Las famosas "consultorías", tienen dos fuentes conocidas: la primera, son las instituciones internacionales de crédito y "los países donantes", que las han convertido en requisito obligatorio para poder acceder a sus financiamientos; la segunda, es la tendencia, que no superamos, a darle mayor valor a las opiniones foráneas. Superar la primera será, obviamente, un proceso más largo, pero no imposible. Muchos países al plantarse antes las presiones han logrado que se tomen en cuenta, en mayor grado, a los recursos humanos nacionales. En cuanto a la segunda, debemos reconocer que la mayor responsabilidad es nuestra, y que para revertirla debemos proponernos abandonar o limitar drásticamente la perjudicial tendencia, que se ha vuelto rutina, de recurrir a los susodichos "expertos", como si fueran la divina pomada para cuanto seminario, reunión o conferencia se realiza en nuestro país.
Lejos de mi ánimo proponer que nos volvamos xenófobos hasta el grado de considerar que nosotros somos capaces para todo. Pero sí abogo, firmemente, porque adoptemos una política de subsidiaridad, que trate de privilegiar nuestras capacidades y de aprovecharlas al máximo antes de recurrir a expertos foráneos que no conocen nuestras realidades y que, con mucha frecuencia, son sólo repetidores de fórmulas que llevan de país en país, sin tener en cuenta las idiosincrasias nacionales que, además, no están en capacidad de asimilar durante sus breves estancias.
Las universidades oficiales panameñas, al igual que las privadas, cuentan con recursos académicos e institutos especializados. A éstos, habría que sumar los colegios profesionales que están en condiciones de rendir productos similares y hasta mejores, a precios inferiores que los de los "expertos" que, aparte de sus altísimos honorarios, también se les conceden facilidades, privilegios y exoneraciones que tienen un significativo costo económico.
Esa tendencia a valorar negativamente nuestros recursos humanos profesionales ha llegado en fechas recientes a niveles que rayan el absurdo de recibir, como si fueran la verdad revelada, y divulgar profusamente en los medios de comunicación, las opiniones, los pronósticos y la recetas que con creciente desparpajo se permiten regalarnos la serie de "expertos" que cada vez nos visitan con más frecuencia.
Creo que ya es hora de que comencemos a poner las cosas en su sitio. Ya es hora de que hagamos mejor uso de nuestros abundantes y calificados recursos, para solicitarles los análisis y los estudios sobre los principales problemas nacionales. Para eso existen los centros de estudios superiores; para eso contamos con colegios profesionales en casi todas las disciplinas; para eso existen también las academias, que debemos rescatar dándoles mayores recursos para trabajar.
Comencemos por pedirle a todas esas instituciones que actualicen el inventario de los servicios que podrían ofrecer y el rol de los expertos con que cuentan. Utilicemos sus capacidades, encomendémosles los estudios que el país necesita, pero remunerándolas como corresponde. Seguro estoy de que al hacerlo, aparte de estimular y reconocer el valor de nuestros compatriotas, obtendremos mejores resultados y, sin duda, a menores costos.

101 años de Panamá América

 
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