Cuando se rasgue el velo (2)
Todos los eventos relacionados con el general Augusto Pinochet -desde el arrojo justiciero de Baltasar Garzón hasta los últimos avatares dentro del proceso penal que el juez Guzmán le sigue al otrora hombre fuerte de Chile- no han podido ser mejores y más oportunos acontecimientos para restablecer la salud moral en la República de Panamá.
Digan lo que quieran decir sus defensores, el militar golpista acabó con un gobierno democráticamente electo y -lo que es peor aún- autorizó las torturas y asesinatos de muchos chilenos que simpatizaban con las ideas del entonces presidente Salvador Allende.
De manera paralela, y con una sucesión de eventos similares en nuestro país, ha empezado a rasgarse el velo sobre un mito que demasiado perjuicio ha causado dentro de la escala de valores de la Nación entera.
Los macabros hallazgos de restos humanos, las espeluznantes declaraciones de testigos y la cadena imparable de acontecimientos que se han producido desde que se excavaran por primera vez las fosas clandestinas en el antiguo cuartel de Tocumen, se han convertido en el detonante que resquebrajará para siempre las endebles estructuras donde sustentaron esa farsa descomunal que desgobernó al país por más de 21 años.
Para comenzar, debemos tener bien clara la diferencia que existe entre una revancha y la justicia. La primera no es otra cosa más que un desquite frente a una acción dada. La otra -una de las cuatro virtudes cardinales- simboliza el derecho de pronunciar sentencias y castigar delitos, además de arreglar la proporción en que deben repartirse las recompensas y sanciones.
Atribuirle bondades de patriarca como lo hizo cándidamente Jimmy Carter hace algunos días, o argüir que Omar Torrijos Herrera haya sido recibido por el Papa Paulo VI como prueba irrefutable de inocencia -Manuel Antonio Noriega fue laureado por el gobierno de Francia con la orden de la Legión de Honor años antes de que los tribunales galos lo condenaran vergonzosamente a otra larga condena por narcotráfico y lavado de dinero- es una evidencia frágil que se desvanece frente a los muchos testimonios comprometedores que afloran diariamente sobre el tema que nos ocupa.
Ningún oficial o soldado en su sano juicio -mucho menos un guardaespaldas del que entonces era el hombre con más poder en la República de Panamá, y cuya placa de identificación castrense apareció junto a una de las osamentas aún no identificadas- hubiera actuado por la libre frente a un caso tan delicado como el asesinato y desaparición de un ser humano, especialmente si se trataba de un religioso católico muy querido por su profundo trabajo social en la región veragüense.
Sostener toda una filosofía política con eslóganes tan vacuos como "lo que quiero para mis hijos lo quiero para mi pueblo", "quien da cariño recibe cariño" y "tiro la línea y los espero allá" - especialmente ahora que se está rasgando estrepitosamente el velo sobre muchas de las atrocidades cometidas durante la tiranía militar - será tarea harto difícil para quienes no quieran aceptar las graves faltas en que incurrió, más por acción que por omisión, sus más preclaro mentor espiritual.
No desaprovechemos esta oportunidad para atenuar con ley ese dolor que lleva dentro mucha gente. El país reclama justicia, y justicia se tendrá que hacer. Tan pronto se termine de rasgar el velo -y el velo se rasgará porque la conciencia de este pueblo así se encargará de hacerlo- aparecerán los desaparecidos y en los tribunales se desvanecerá mucho de la tristeza vieja.
Entonces -y sólo entonces- se esfumarán por siempre los mitos y las injusticias que cometieron los falsos profetas, llegará esa paz que mora siempre en la equidad y junto a ella aflorará una cultura de respeto por los verdaderos valores éticos que deberán regir, de ahora en adelante y de manera inflexible, el buen andar de la Nación panameña. (bermudez@sinfo.net)
Digan lo que quieran decir sus defensores, el militar golpista acabó con un gobierno democráticamente electo y -lo que es peor aún- autorizó las torturas y asesinatos de muchos chilenos que simpatizaban con las ideas del entonces presidente Salvador Allende.
De manera paralela, y con una sucesión de eventos similares en nuestro país, ha empezado a rasgarse el velo sobre un mito que demasiado perjuicio ha causado dentro de la escala de valores de la Nación entera.
Los macabros hallazgos de restos humanos, las espeluznantes declaraciones de testigos y la cadena imparable de acontecimientos que se han producido desde que se excavaran por primera vez las fosas clandestinas en el antiguo cuartel de Tocumen, se han convertido en el detonante que resquebrajará para siempre las endebles estructuras donde sustentaron esa farsa descomunal que desgobernó al país por más de 21 años.
Para comenzar, debemos tener bien clara la diferencia que existe entre una revancha y la justicia. La primera no es otra cosa más que un desquite frente a una acción dada. La otra -una de las cuatro virtudes cardinales- simboliza el derecho de pronunciar sentencias y castigar delitos, además de arreglar la proporción en que deben repartirse las recompensas y sanciones.
Atribuirle bondades de patriarca como lo hizo cándidamente Jimmy Carter hace algunos días, o argüir que Omar Torrijos Herrera haya sido recibido por el Papa Paulo VI como prueba irrefutable de inocencia -Manuel Antonio Noriega fue laureado por el gobierno de Francia con la orden de la Legión de Honor años antes de que los tribunales galos lo condenaran vergonzosamente a otra larga condena por narcotráfico y lavado de dinero- es una evidencia frágil que se desvanece frente a los muchos testimonios comprometedores que afloran diariamente sobre el tema que nos ocupa.
Ningún oficial o soldado en su sano juicio -mucho menos un guardaespaldas del que entonces era el hombre con más poder en la República de Panamá, y cuya placa de identificación castrense apareció junto a una de las osamentas aún no identificadas- hubiera actuado por la libre frente a un caso tan delicado como el asesinato y desaparición de un ser humano, especialmente si se trataba de un religioso católico muy querido por su profundo trabajo social en la región veragüense.
Sostener toda una filosofía política con eslóganes tan vacuos como "lo que quiero para mis hijos lo quiero para mi pueblo", "quien da cariño recibe cariño" y "tiro la línea y los espero allá" - especialmente ahora que se está rasgando estrepitosamente el velo sobre muchas de las atrocidades cometidas durante la tiranía militar - será tarea harto difícil para quienes no quieran aceptar las graves faltas en que incurrió, más por acción que por omisión, sus más preclaro mentor espiritual.
No desaprovechemos esta oportunidad para atenuar con ley ese dolor que lleva dentro mucha gente. El país reclama justicia, y justicia se tendrá que hacer. Tan pronto se termine de rasgar el velo -y el velo se rasgará porque la conciencia de este pueblo así se encargará de hacerlo- aparecerán los desaparecidos y en los tribunales se desvanecerá mucho de la tristeza vieja.
Entonces -y sólo entonces- se esfumarán por siempre los mitos y las injusticias que cometieron los falsos profetas, llegará esa paz que mora siempre en la equidad y junto a ella aflorará una cultura de respeto por los verdaderos valores éticos que deberán regir, de ahora en adelante y de manera inflexible, el buen andar de la Nación panameña. (bermudez@sinfo.net)