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Cuando se rasgue el velo


A mediados de octubre de 1999 - entonces columnista semanal del diario La Prensa - escribí dos artículos consecutivos con el mismo título que hoy encabeza esta columna. El móvil que me impulsara a redactar las reflexiones de entonces es idéntico al que ahora me motiva a revisar la vigencia de ellas, especialmente cuando han seguido apareciendo más y más horrores dentro de los predios de aquel cuartel en Tocumen.
Por lo tanto, y con el ánimo exclusivo de que la verdad aflore finalmente sobre tan oscuro pasaje de nuestra historia, reproduciré aquellos párrafos que considero de utilidad para llevar a cabo tan necesario fin.
Coincido con muchos en manifestar que aquel horrendo crimen, perpetrado con alevosía y saña el 13 de septiembre de 1985, marcó la etapa final de ese engaño inmenso que insisten en exaltar sus defensores de oficio llamándolo el glorioso proceso revolucionario.
A lo largo de 21 años fuimos sometidos a infinidad de vejaciones que hoy resultan difíciles de comprender si no valoramos, en su total dimensión y bajo las circunstancias en que se producía, ese dominio inmenso que emanaba de quien dirigiera transitoriamente el cuartel que quedaba en la avenida "A".
En términos generales se ha hecho ver que el tirano final - supuesto dueño de cuanta maldad se hiciera en la República de Panamá por más de dos décadas, además de criatura amamantada en el seno de la CIA y que hoy cumple una larga condena en Miami - fue Manuel Antonio Noriega. Hay algo de cierto en eso; pero falta evaluar al desnudo el actuar y autoridad que ejerció ése que se hizo ungir en un artículo de nuestra Constitución como panacea divina y razón de ser de nuestra nacionalidad.
Para comenzar, muchos de los muertos y desaparecidos que produjo eso que equivocadamente llaman la memorable gesta octubrina ocurrieron durante el caudillaje del extinto General de Brigada Omar Torrijos Herrera. Héctor Gallego, Encarnación Gaitán, José del Carmen Tuñón, Genaro Sarmiento y Floyd Britton encabezan una larga lista que incluye también, y entre otros a Dorita Moreno, Rubén Miró, Andrés Fistonich, Marlene Mendizábal, Jorge Falconett, Rita Wald y Jorge Camacho.
Ahora que conocemos con certeza el espeluznante final que tuvo Heliodoro Portugal - gracias al trabajo tenaz de muchos hombres y mujeres sobre aquella primera osamenta encontrada hace 15 meses en los predios de un tristemente célebre cuartel militar panameño - toma mayor fuerza la necesidad de hacer públicas las atrocidades que se cometieron durante tan aciago período de nuestra vida republicana, como también demanda la aplicación inmediata e inflexible de todo el rigor de la justicia en aras del bienestar futuro del país en general.
¿Qué podrán alegar los oficiales a cargo de esos cuarteles donde sistemáticamente se enterraban los cuerpos de muchas otras víctimas culpables sólo de disentir con los caprichos del tirano en oficio? ¿Y qué del silencio cómplice del Estado Mayor de entonces? ¿Tendrán el cinismo de decir que nunca se enteraron del exabrupto autorizado por su jefe y la demencia cruel de los matones que tenían bajo su mando? ¿Cómo se sentirán los civiles útiles - ésos que corrían ávidos a tapar cuanta porquería inventaban generales, coroneles y mayores de papel - y que con su inexplicable sumisión causaron un gran daño a la salud moral de la Nación entera?
No abrigo ya la menor duda de que cuando se rasgue el velo - y tengan la seguridad que el velo se va a rasgar completamente -caerán para siempre los pusilánimes ídolos con pies de barro, sus incondicionales aduladores y la falsa epopeya que inventaron para sustentar, a sangre y fuego, todos los que auparon esa cultura de antivalores que tanto perjuicio engendró en la República de Panamá.

101 años de Panamá América

 
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