Cuarenta eneros y Diana Morán
Existen acontecimientos que marcan a personas, generaciones, sociedades y países de manera profunda y hasta indeleble. Los días entre el 9 y12 de enero de 1964 representan esos hechos. Hace cuarenta eneros, la vorágine de los mismos me sacó de mi hogar en Colón, cuando estudiaba para un examen, y me sumergió en las sangrientas escenas de una guerra librada contra el pueblo panameño armado de banderas y razones justas. Entonces, antes de graduarme de bachiller, me gradué de Patria.
Hoy, los cuarenta enero coinciden con los cien años de República, y es buen momento para auscultarnos y preguntarnos por el Panamá que tenemos y el que queremos. De seguro, de la reflexión surgirán ejes como el desarrollo con equidad, la democracia, los derechos humanos y la transparencia; pero, de seguro, enero nos recuerda que no puede faltar en esa lista la autodeterminación como país. ¿Pero qué significa autodeterminación hoy? ¿No tiene acaso Panamá su Canal? La autodeterminación significa la capacidad nacional de asumir su propio destino, interactuando con el mundo, pero eso sí, ubicando sus necesidades y aspiraciones propias como las irrenunciables. Así, no es autodeterminación aceptar e imponer modelos económicos antinacionales y antipopulares. No es autodeterminación aceptar acuerdos bilaterales que lesionan y afectan la independencia nacional. No es autodeterminación aceptar pasivamente la presencia de áreas contaminadas de explosivos y de armas químicas.
Recordemos que 110 mil municiones explosivas vivas es la cifra que proporciona el Washington Post como estimado de lo que permanece en los polígonos de las bases militares que EE.UU. operó en Panamá hasta el 31 de diciembre de 1999. Los militares norteamericanos obraron con negligencia al limpiar tardía y superficialmente el territorio nacional contaminado por ellos y que ya ha cobrado la vida de decenas de panameños y herido a muchos.
Dicha acción indica un incumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, y la excusa es de que esa limpieza no era practicable y que lo que hay que hacer es segregar esas áreas para siempre, ignorando el peligro que supone para la población y la pérdida para el país de terreno valioso para el desarrollo nacional. Es decir, nos han dejado una bomba de tiempo en el centro del territorio aledaño a la región interoceánica, la cual es un eje fundamental de nuestro porvenir.
En campos de tiro y áreas de bombardeos se practicaron maniobras militares por casi 90 años, en especial, sectores como Emperador, Balboa Oeste, Piña y Fuerte Sherman. Como resultado de estas acciones, EE.UU. entregó a Panamá 3,175 hectáreas contaminadas con explosivos y municiones no detonadas. Estas áreas están situadas en la región metropolitana donde reside la mitad de la población nacional y se desarrolla el 75% de actividades económicas. Hoy, un total de 56 mil personas en 65 comunidades se encuentra en riesgo directo de ser víctima de la explosión de esos artefactos. Unas 27 personas ya han fallecido y decenas han sido lesionadas producto de estallidos, según registros recientes. Estas poblaciones son campesinas, con baja escolaridad y en situación precaria, por lo que ven las áreas contaminadas vedadas como polo de atracción para la caza o la ampliación de sus tierras, lo que incrementa el peligro de ser víctimas de explosiones.
En la isla San José, miles de morteros y bombas químicas fueron detonadas y lanzadas a once áreas blanco, principalmente del lado norte de la isla. En ella, el peligro de la existencia de municiones químicas no explotadas permanece todavía 30 años después de las pruebas, y un estudio realizado calcula que pueden existir unas tres mil municiones químicas sin detonar.
Diana Morán afirma en su poemario Soberana Presencia de la Patria: Escuchen lo que digo, hoy nueve de enero,/a ustedes tragalunas del mundo,/a ustedes que asesinan los dedos sembradores de olivo:/Del hijo acribillado retoñan muchos hijos,/del obrero en el polvo mil obreros regresan,/del semen inmolado toda cuna germina./¡Las tumbas pregonan! ¡Se desclavan las cruces!/¡De la cal del pueblo, el pueblo resucita!/Y tú, pequeña patria, gigante de esta fecha,/esculpida en la roca de tus muertos/para nacer definitivamente,/abrirás tus alas agredidas/en el dolido cofre de tus peces./Hasta el último niño en presagio de mieles/ofrendará su pálpito de auroras/por la libre heredad de sus estrellas/¡Hoy! ¡Mañana! ¡Siempre!
La escritora panameña nació en 1932 y falleció el 10 de febrero de 1987 en la ciudad de México donde llegó en 1969, exiliada tras el golpe militar de 1968, cuando era dirigente de la Asociación de Profesores de Panamá. Obtuvo en el Colegio de México el doctorado en Letras Hispánicas. Escribió libros como Eva Definida, en colaboración con Ligia Alcázar; Gaviotas de Cruz Abierta, Premio Ricardo Miró en 1965. Nunca fue publicado en volumen, hasta febrero de 1992 que aparece la primera edición. Editorial Mariano Arosemena, INAC; Reflexiones Junto a Tu Piel, poemas del exilio. Colección Portobelo, Editorial Signos, México D. F; Manual de Iniciación Literaria, libro que actualmente se usa en las Escuelas Secundarias de Panamá.
Este 9 de enero, a las 2 p.m. en la Calzada de Amador (contiguo al Museo de Biodiversidad), se esparcirán sus cenizas en el mar, en el Canal; pues ese fue el deseo de Diana Morán manifestado en uno de sus poemas. Sus cenizas no son restos, sino semillas.
Hoy, los cuarenta enero coinciden con los cien años de República, y es buen momento para auscultarnos y preguntarnos por el Panamá que tenemos y el que queremos. De seguro, de la reflexión surgirán ejes como el desarrollo con equidad, la democracia, los derechos humanos y la transparencia; pero, de seguro, enero nos recuerda que no puede faltar en esa lista la autodeterminación como país. ¿Pero qué significa autodeterminación hoy? ¿No tiene acaso Panamá su Canal? La autodeterminación significa la capacidad nacional de asumir su propio destino, interactuando con el mundo, pero eso sí, ubicando sus necesidades y aspiraciones propias como las irrenunciables. Así, no es autodeterminación aceptar e imponer modelos económicos antinacionales y antipopulares. No es autodeterminación aceptar acuerdos bilaterales que lesionan y afectan la independencia nacional. No es autodeterminación aceptar pasivamente la presencia de áreas contaminadas de explosivos y de armas químicas.
Recordemos que 110 mil municiones explosivas vivas es la cifra que proporciona el Washington Post como estimado de lo que permanece en los polígonos de las bases militares que EE.UU. operó en Panamá hasta el 31 de diciembre de 1999. Los militares norteamericanos obraron con negligencia al limpiar tardía y superficialmente el territorio nacional contaminado por ellos y que ya ha cobrado la vida de decenas de panameños y herido a muchos.
Dicha acción indica un incumplimiento de los Tratados Torrijos-Carter, y la excusa es de que esa limpieza no era practicable y que lo que hay que hacer es segregar esas áreas para siempre, ignorando el peligro que supone para la población y la pérdida para el país de terreno valioso para el desarrollo nacional. Es decir, nos han dejado una bomba de tiempo en el centro del territorio aledaño a la región interoceánica, la cual es un eje fundamental de nuestro porvenir.
En campos de tiro y áreas de bombardeos se practicaron maniobras militares por casi 90 años, en especial, sectores como Emperador, Balboa Oeste, Piña y Fuerte Sherman. Como resultado de estas acciones, EE.UU. entregó a Panamá 3,175 hectáreas contaminadas con explosivos y municiones no detonadas. Estas áreas están situadas en la región metropolitana donde reside la mitad de la población nacional y se desarrolla el 75% de actividades económicas. Hoy, un total de 56 mil personas en 65 comunidades se encuentra en riesgo directo de ser víctima de la explosión de esos artefactos. Unas 27 personas ya han fallecido y decenas han sido lesionadas producto de estallidos, según registros recientes. Estas poblaciones son campesinas, con baja escolaridad y en situación precaria, por lo que ven las áreas contaminadas vedadas como polo de atracción para la caza o la ampliación de sus tierras, lo que incrementa el peligro de ser víctimas de explosiones.
En la isla San José, miles de morteros y bombas químicas fueron detonadas y lanzadas a once áreas blanco, principalmente del lado norte de la isla. En ella, el peligro de la existencia de municiones químicas no explotadas permanece todavía 30 años después de las pruebas, y un estudio realizado calcula que pueden existir unas tres mil municiones químicas sin detonar.
Diana Morán afirma en su poemario Soberana Presencia de la Patria: Escuchen lo que digo, hoy nueve de enero,/a ustedes tragalunas del mundo,/a ustedes que asesinan los dedos sembradores de olivo:/Del hijo acribillado retoñan muchos hijos,/del obrero en el polvo mil obreros regresan,/del semen inmolado toda cuna germina./¡Las tumbas pregonan! ¡Se desclavan las cruces!/¡De la cal del pueblo, el pueblo resucita!/Y tú, pequeña patria, gigante de esta fecha,/esculpida en la roca de tus muertos/para nacer definitivamente,/abrirás tus alas agredidas/en el dolido cofre de tus peces./Hasta el último niño en presagio de mieles/ofrendará su pálpito de auroras/por la libre heredad de sus estrellas/¡Hoy! ¡Mañana! ¡Siempre!
La escritora panameña nació en 1932 y falleció el 10 de febrero de 1987 en la ciudad de México donde llegó en 1969, exiliada tras el golpe militar de 1968, cuando era dirigente de la Asociación de Profesores de Panamá. Obtuvo en el Colegio de México el doctorado en Letras Hispánicas. Escribió libros como Eva Definida, en colaboración con Ligia Alcázar; Gaviotas de Cruz Abierta, Premio Ricardo Miró en 1965. Nunca fue publicado en volumen, hasta febrero de 1992 que aparece la primera edición. Editorial Mariano Arosemena, INAC; Reflexiones Junto a Tu Piel, poemas del exilio. Colección Portobelo, Editorial Signos, México D. F; Manual de Iniciación Literaria, libro que actualmente se usa en las Escuelas Secundarias de Panamá.
Este 9 de enero, a las 2 p.m. en la Calzada de Amador (contiguo al Museo de Biodiversidad), se esparcirán sus cenizas en el mar, en el Canal; pues ese fue el deseo de Diana Morán manifestado en uno de sus poemas. Sus cenizas no son restos, sino semillas.