Cuaresma, Pascua y Cenizas
Superados los cuatro días de asueto antes del Miércoles de Cenizas, y terminada esta semana, desembocamos al Primer Domingo de Cuaresma. Muchas cosas suceden en nuestro calendario como tradiciones normales que acatamos sin mayores disquisiciones y nos ponemos en marcha. Con la misma actitud que aceptamos los días de carnaval, con la misma actitud nos acomodamos al calendario cuaresmal.
Durante los días del carnaval, en el tramo de la carretera Interamericana que va del puente hasta Santa Clara, Coclé, ya el Lunes de Carnaval nos tocó ver a pequeños grupos de personas, más bien jóvenes, que con el atuendo penitencial morado, caminaban hacia el Oeste de la República, rumbo a la población de La Atalaya, de la provincia de Veraguas, a venerar la imagen de Nuestro Señor que se honra anualmente el primer domingo de Cuaresma, en esa localidad.
Las personas que peregrinan con tanto trabajo lo hacen por propia decisión y por motivos muy particulares, no por imposición penitencial de parte de ningún representante de la Iglesia Católica. Lo más que pueden hacer los sacerdotes es no oponerse, aún cuando siempre les ofrecen alternativas menos traumatizantes. Lo que interesa es que lo hagan espontáneamente y sin mayores riesgos en su seguridad personal a través del trayecto recorrido y sobre todo, inspirados en motivos sanos.
A propósito de comportamientos en relación con las prácticas de la fe católica, he oído muchos comentarios sobre la masiva participación de la feligresía el pasado miércoles para recibir las cenizas. Obviamente queda en el ambiente la interrogante. Con la sensación que se tiene de que cada vez vamos desentendiéndonos y desvinculándonos de toda clase de prácticas piadosas, ¿a qué se debe esta respuesta multitudinariamente masiva a estas reuniones normales de la Iglesia?.
Lo más procedente será alabar a Dios porque sólo El sabe qué ha puesto en los corazones. Para motivarnos dentro del espíritu eclesiástico ofrezco estas consideraciones. Recordemos que la Cuaresma es ante todo un tiempo de preparación para la Pascua del Señor. En la esfera personal es tiempo de conversión, de renovación cristiana. Aún cuando no se sabe con certeza dónde, por medio de quién y cómo surgió la Cuaresma, sobre todo en Roma, sólo sabemos que se fue formando progresivamente.
La Pascua es el eje del año Litúrgico: todas las fiestas del Señor y de los santos giran en torno a ella. Es tan denso el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que la vivencia del cristiano al celebrar litúrgicamente este acontecimiento necesariamente ha de estar precedida de una seria participación.
Los primeros escritores eclesiásticos - San Ireneo, Tertuliano, San Hipólito, San Dionisio de Alejandría, entre otros- atestiguan una preparación penitencial para las solemnidades pascuales, que parece remontarse a tiempos apostólicos. Dicha participación más o menos intensa cristalizó en la Cuaresma, inspirada en los cuarenta días que Cristo pasó ayunando y haciendo oración en el desierto.
A mediados del Siglo V celebraban la Cuaresma las Iglesias de Jerusalén, Roma, Milán, España, Galias, Africa. Más tarde se acentuó el rigor ascético de este tiempo penitencial con maceraciones corporales, ayunos, vigilias de oración.
La Cuaresma nos ofrece una maravillosa ocasión para descubrir la real dimensión de nuestras ascesis y de nuestro progreso espiritual y material. Con frecuencia se habla de Cuaresma en términos masoquísticos. Esta no es la intención de la liturgia cuaresmal que nos orienta hacia la Pascua del Señor. Ahora bien, leemos en la vigilia Pascual, el relato de la creación del hombre y de la nueva creación, obra de Cristo que es el nuevo Adán.
El primer día de la Cuaresma se lleva a cabo el gesto simbólico de la imposición de la ceniza. "Recuerda hombre que eres polvo y en polvo te has de convertir". La Iglesia con el fin de recobrar "la memoria" nos invita en Cuaresma a recordar que Adán fue creado del polvo de la tierra.
A la luz de la Biblia, la aventura humana adquiere su verdadero significado. Por el pecado de un hombre la muerte entró al mundo y por la victoria de Cristo en la cruz la humanidad fue redimida. Este es el mensaje optimista que la Cuaresma propone cada año al cristiano.
La ascesis individual que cada uno de nosotros se impone en este tiempo cuaresmal debe llevarnos a una participación más equilibrada en los bienes que nos ofrece la ciencia.
Durante los días del carnaval, en el tramo de la carretera Interamericana que va del puente hasta Santa Clara, Coclé, ya el Lunes de Carnaval nos tocó ver a pequeños grupos de personas, más bien jóvenes, que con el atuendo penitencial morado, caminaban hacia el Oeste de la República, rumbo a la población de La Atalaya, de la provincia de Veraguas, a venerar la imagen de Nuestro Señor que se honra anualmente el primer domingo de Cuaresma, en esa localidad.
Las personas que peregrinan con tanto trabajo lo hacen por propia decisión y por motivos muy particulares, no por imposición penitencial de parte de ningún representante de la Iglesia Católica. Lo más que pueden hacer los sacerdotes es no oponerse, aún cuando siempre les ofrecen alternativas menos traumatizantes. Lo que interesa es que lo hagan espontáneamente y sin mayores riesgos en su seguridad personal a través del trayecto recorrido y sobre todo, inspirados en motivos sanos.
A propósito de comportamientos en relación con las prácticas de la fe católica, he oído muchos comentarios sobre la masiva participación de la feligresía el pasado miércoles para recibir las cenizas. Obviamente queda en el ambiente la interrogante. Con la sensación que se tiene de que cada vez vamos desentendiéndonos y desvinculándonos de toda clase de prácticas piadosas, ¿a qué se debe esta respuesta multitudinariamente masiva a estas reuniones normales de la Iglesia?.
Lo más procedente será alabar a Dios porque sólo El sabe qué ha puesto en los corazones. Para motivarnos dentro del espíritu eclesiástico ofrezco estas consideraciones. Recordemos que la Cuaresma es ante todo un tiempo de preparación para la Pascua del Señor. En la esfera personal es tiempo de conversión, de renovación cristiana. Aún cuando no se sabe con certeza dónde, por medio de quién y cómo surgió la Cuaresma, sobre todo en Roma, sólo sabemos que se fue formando progresivamente.
La Pascua es el eje del año Litúrgico: todas las fiestas del Señor y de los santos giran en torno a ella. Es tan denso el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo que la vivencia del cristiano al celebrar litúrgicamente este acontecimiento necesariamente ha de estar precedida de una seria participación.
Los primeros escritores eclesiásticos - San Ireneo, Tertuliano, San Hipólito, San Dionisio de Alejandría, entre otros- atestiguan una preparación penitencial para las solemnidades pascuales, que parece remontarse a tiempos apostólicos. Dicha participación más o menos intensa cristalizó en la Cuaresma, inspirada en los cuarenta días que Cristo pasó ayunando y haciendo oración en el desierto.
A mediados del Siglo V celebraban la Cuaresma las Iglesias de Jerusalén, Roma, Milán, España, Galias, Africa. Más tarde se acentuó el rigor ascético de este tiempo penitencial con maceraciones corporales, ayunos, vigilias de oración.
La Cuaresma nos ofrece una maravillosa ocasión para descubrir la real dimensión de nuestras ascesis y de nuestro progreso espiritual y material. Con frecuencia se habla de Cuaresma en términos masoquísticos. Esta no es la intención de la liturgia cuaresmal que nos orienta hacia la Pascua del Señor. Ahora bien, leemos en la vigilia Pascual, el relato de la creación del hombre y de la nueva creación, obra de Cristo que es el nuevo Adán.
El primer día de la Cuaresma se lleva a cabo el gesto simbólico de la imposición de la ceniza. "Recuerda hombre que eres polvo y en polvo te has de convertir". La Iglesia con el fin de recobrar "la memoria" nos invita en Cuaresma a recordar que Adán fue creado del polvo de la tierra.
A la luz de la Biblia, la aventura humana adquiere su verdadero significado. Por el pecado de un hombre la muerte entró al mundo y por la victoria de Cristo en la cruz la humanidad fue redimida. Este es el mensaje optimista que la Cuaresma propone cada año al cristiano.
La ascesis individual que cada uno de nosotros se impone en este tiempo cuaresmal debe llevarnos a una participación más equilibrada en los bienes que nos ofrece la ciencia.