A cuatro años de gobierno
Sueños truncados, promesas incumplidas y quimeras fugaces parece ser el saldo adquirido en la mente y corazones de tantos panameños que tras cuatro años de gobierno mireyista, ven navegar en lontananza sus aspiraciones y deseos renovada en justicia social y esperanzas, en desarrollo y progreso por parte de una administración que en sus inicios, sin embargo, dio visos de corresponder con las añoranzas de un pueblo que miraba con optimismo la realización de los compromisos propuestos en campaña.
¿Es culpable la señora Presidenta de esa frustración? Sí. Opinamos, no obstante, que en sus inicios la animaba el interés y el deseo de propiciar el tan esperado progreso económico del país con un plan de gobierno que así lo advertía a través del slogan "Nuestro compromiso para el cambio, la nueva administración". Empero, conceptuamos que las voces agoreras y los intereses desmedidos de ambiciosos e influyentes personajes que tempranamente la rodearon y que como con cantos de sirena le secreteaban: ¡no se afane, este país no lo compone nadie!, lo cual aunado a sus veleidades de lo que tanto se habló, le hicieron perder la óptica de la misión para la cual fue elegida y su sentido de sensibilidad social, sumiéndose en una aureola de ficticia omnipotencia y, a su vez, en un tímido deseo de figuración internacional posando junto a figuras del mundo político y monárquico, sin provecho tangible alguno.
El debacle administrativo se iniciaría con el nombramiento de amigos y allegados en puestos claves de su gobierno sin la debida capacidad y experiencia, a la vez que se desembarazaba de asesores de prestancia y honestidad. Continuó con la controversia con los periodistas, el ocultamiento y contradicciones respecto a los desaciertos públicos y escandalosos ejecutados por miembros de su gobierno (Panama Ports, "durodólares", hundimiento del helicóptero HP-1430, amén de otros más).
Los resabios de ésas y otras polémicas actuaciones, quizás hasta con el desconocimiento real de sus trascendencias y futuras repercusiones por parte de sus autores, los tendremos como sucesión testamentaria para el próximo presidente, quien tendrá que enfrentar, entre otras cosas, el ajuste de una reforma tributaria mal concebida y peor ejecutada; una deuda pública superior a los ocho mil millones de balboas (la más alta de la historia del país); una tasa de desempleo y subempleo (con altos niveles de empleo informal) y fundamentalmente una desquiciante y rampante corrupción. Como colofón a toda esta serie de tropelías políticas y dentro del partidismo político propiamente dicho, y a modo de herencia póstuma a su creador, un partido político acéfalo y sin norte fijo. No se puede defender lo indefendible.
¿Es culpable la señora Presidenta de esa frustración? Sí. Opinamos, no obstante, que en sus inicios la animaba el interés y el deseo de propiciar el tan esperado progreso económico del país con un plan de gobierno que así lo advertía a través del slogan "Nuestro compromiso para el cambio, la nueva administración". Empero, conceptuamos que las voces agoreras y los intereses desmedidos de ambiciosos e influyentes personajes que tempranamente la rodearon y que como con cantos de sirena le secreteaban: ¡no se afane, este país no lo compone nadie!, lo cual aunado a sus veleidades de lo que tanto se habló, le hicieron perder la óptica de la misión para la cual fue elegida y su sentido de sensibilidad social, sumiéndose en una aureola de ficticia omnipotencia y, a su vez, en un tímido deseo de figuración internacional posando junto a figuras del mundo político y monárquico, sin provecho tangible alguno.
El debacle administrativo se iniciaría con el nombramiento de amigos y allegados en puestos claves de su gobierno sin la debida capacidad y experiencia, a la vez que se desembarazaba de asesores de prestancia y honestidad. Continuó con la controversia con los periodistas, el ocultamiento y contradicciones respecto a los desaciertos públicos y escandalosos ejecutados por miembros de su gobierno (Panama Ports, "durodólares", hundimiento del helicóptero HP-1430, amén de otros más).
Los resabios de ésas y otras polémicas actuaciones, quizás hasta con el desconocimiento real de sus trascendencias y futuras repercusiones por parte de sus autores, los tendremos como sucesión testamentaria para el próximo presidente, quien tendrá que enfrentar, entre otras cosas, el ajuste de una reforma tributaria mal concebida y peor ejecutada; una deuda pública superior a los ocho mil millones de balboas (la más alta de la historia del país); una tasa de desempleo y subempleo (con altos niveles de empleo informal) y fundamentalmente una desquiciante y rampante corrupción. Como colofón a toda esta serie de tropelías políticas y dentro del partidismo político propiamente dicho, y a modo de herencia póstuma a su creador, un partido político acéfalo y sin norte fijo. No se puede defender lo indefendible.