Cuatro historias de gente digna
Viven llenos de limitaciones y saben que no todos los sueños pueden cumplirse.
La brisa fresca del verano soplaba con fuerza y María Téofila y su hija decidieron aprovecharla en el portal de su casa. Intentaban, tal vez, despejar sus mentes y olvidar momentáneamente su desesperanza. Hojas de zinc viejas y una que otra lámina de madera, allí viven. Pero, a pesar de todo, la sonrisa les sale con naturalidad. Así nos recibieron. Nos explicaron luego que "Cuchita", una delgada perrita criolla no mordía.
Hace unos tres años que llegaron de Penonomé y se sienten felices de haber salido de su pueblo. Lura Centro, su lugar de origen, estaba a dos horas caminando y otra más en vehículo.
Ahora en Nuevo Méjico N° 2, corregimiento de Chilibre, sólo 35 centavos, 10 de la "chivita" y 25 del bus, es lo que requieren para llegar a la ciudad.
Virgilio, el patriarca de la familia Figueroa, salió en lo que le tomó ponerse una camisa. El trabaja para la Iglesia Católica y es esa cercana relación con la Divinidad, la única que puede explicar los milagros quincenales que vive al alimentar a una familia de 14 miembros con 25 balboas en víveres.
Sólo uno de sus hijos le ayuda con los gastos, Yadira, quien trabajaba en una casa de familia, ya no cuenta con esa entrada.
Este año dos niños asistirán a la escuela primaria, otro cursará la secundaria y uno de los pequeños va a prekinder. En medio de aquel panorama sombrío, Virgilio es un hombre optimista. El no se considera pobre, "tengo salud, un techo y la oportunidad de obtener dinero que no tenía en el campo. Nosotros por lo menos comemos dos veces al día, hay gente que ni para eso tiene".
"A punta de ahorritos" Dayra Navarro y su esposo han edificado una vivienda de bloques para cobijar a sus seis niños. El sueldo de albañil de su pareja, apenas alcanza, pero la situación se les complica cuando los contratos terminan y él queda cesante por varios meses.
Entonces, subsisten con la ayuda de la familia y de los "camarones" o trabajos casuales que él consigue por ahí. Cuatro de sus hijos están en edad escolar, pero aún no han sido matriculados. La mayor, se gradúa este año de primaria. A la niña le gustaría seguir estudiando, pero Dayra le advierte resignada que "si no se puede, no se puede", su papá no va a salir a robar para que ella continúe en la escuela.
La pequeña es conforme y lo entiende, incluso se ofreció para salir trabajar y obtener más plata para la familia. Esta madre de 27 años sueña cada día con tiempos mejores y si la niña no va a la escuela y se queda en casa cuidando a sus hermanos, ella saldrá a ganarse algo y "tiraremos los dos viejos pa" adelante".
A José Luis Herazo, de 23 años y Mariluz Osorio, de 20, les ha tocado, como a muchos, madurar más pronto de lo que esperaban.
El fruto de su amor juvenil, tres lindos niños, necesita "muchas cosas" y ellos deben dárselas. En la parte trasera de su casita de zinc, pintada de verde, Tito, Mayoli, Minita jugaban despreocupados, mientras su madre nos explicaba lo difícil de su situación.
Ella no tiene un empleo fijo y José Luis trabaja un día sí y otro no como ayudante en un bus de Villa Grecia, donde gana 10 balboas en un día regular, y 15 en uno bueno.
Afortunadamente, nunca les ha faltado el alimento, pero los niños están creciendo y los gastos van en aumento. Otra historia de amor que subsiste pese a las carencias es la de Geovana Mendoza de 26 años y su pareja de 47, un ayudante de constructor.
Ellos salieron de Santiago de Veraguas hace seis años, para vivir en pequeño cuarto de alquiler, pero querían más. Con 225 balboas prestados compraron el terrenito y comenzaron su sueño.
Geovana desea que sus hijos sean "alguien en la vida", pero no pretende forzarlos a estudiar nada que no les guste. Es una madre orgullosa, por lo que no perdió oportunidad de hablar del desempeño escolar de Joel, quien pasó para tercer grado con un promedio de 4.8.
En este cuadro se sumó pronto un hecho inesperado. Ella, Geovana, se embarazó accidentalmente. Se encoge de hombros y lo acepta de buen grado, porque ese niño se lo mandó Dios.
Sin embargo, la diferencia de edades hizo obligatoria la pregunta ¿qué harás si se enferma tu esposo? "Trabajaré como empleada", dice con voz melancólica. Y es que sólo llegó hasta tercer año de secundaria.
Una quiere ser arquitecta y las otras dos odontólogas, sin embargo, la difícil situación económica pudiera truncar la preciada meta de María, Marta y Mónica, hijas de Agapita y Salomón Serrano.
Los Serrano, como la mayoría de sus vecinos, tienen que luchar día con día contra la pobreza. Salomón es el único que trabaja, y como cocinero gana un salario mínimo que apenas alcanza para sus necesidades y los estudios de las niñas en la Escuela de Guarumal de Chilibre.
Como fiel creyente de la palabra de Dios, Agapita lee sus escrituras a diario para no perder la esperanza. Su esposo hace ingentes esfuerzos por conseguir un empleo mejor remunerado, ella, también quisiera trabajar, pero le preocupa dejar a sus niñas solas. Un día alguien pasaba con una hoja de zinc y por descuido se acercó demasiado a la niña y cortó parte de su cuero cabelludo, por lo que le angustia pensar lo que puede ocurrir en su ausencia.
Contrario a Agapita, Yadira Villarreta no tiene opción; como madre soltera, tiene que buscar el sustento de sus niños. Juan Carlos, el mayor, cuida de sus dos hermanos pequeños. Cuando llegamos entreabrió tímidamente la puerta de madera, y la mantuvo así hasta que nosotros, unos perfectos extraños, nos alejamos su hogar.
La comunidad de Nuevo Méjico N°2 tienen muchas lecciones que mostrar. La unidad como método para lograr sus propósitos (luz eléctrica, agua y la futura entrega de las escrituras de sus terrenos); el apoyo a los eslabones más débiles de la cadena; el esmero que ponen en mejorar la apariencia de sus pobrísimos hogares y el valor para asumir o tratar de mejorar con decencia la vida que les tocó vivir.
La brisa fresca del verano soplaba con fuerza y María Téofila y su hija decidieron aprovecharla en el portal de su casa. Intentaban, tal vez, despejar sus mentes y olvidar momentáneamente su desesperanza. Hojas de zinc viejas y una que otra lámina de madera, allí viven. Pero, a pesar de todo, la sonrisa les sale con naturalidad. Así nos recibieron. Nos explicaron luego que "Cuchita", una delgada perrita criolla no mordía.
Hace unos tres años que llegaron de Penonomé y se sienten felices de haber salido de su pueblo. Lura Centro, su lugar de origen, estaba a dos horas caminando y otra más en vehículo.
Ahora en Nuevo Méjico N° 2, corregimiento de Chilibre, sólo 35 centavos, 10 de la "chivita" y 25 del bus, es lo que requieren para llegar a la ciudad.
Virgilio, el patriarca de la familia Figueroa, salió en lo que le tomó ponerse una camisa. El trabaja para la Iglesia Católica y es esa cercana relación con la Divinidad, la única que puede explicar los milagros quincenales que vive al alimentar a una familia de 14 miembros con 25 balboas en víveres.
Sólo uno de sus hijos le ayuda con los gastos, Yadira, quien trabajaba en una casa de familia, ya no cuenta con esa entrada.
Este año dos niños asistirán a la escuela primaria, otro cursará la secundaria y uno de los pequeños va a prekinder. En medio de aquel panorama sombrío, Virgilio es un hombre optimista. El no se considera pobre, "tengo salud, un techo y la oportunidad de obtener dinero que no tenía en el campo. Nosotros por lo menos comemos dos veces al día, hay gente que ni para eso tiene".
"A punta de ahorritos" Dayra Navarro y su esposo han edificado una vivienda de bloques para cobijar a sus seis niños. El sueldo de albañil de su pareja, apenas alcanza, pero la situación se les complica cuando los contratos terminan y él queda cesante por varios meses.
Entonces, subsisten con la ayuda de la familia y de los "camarones" o trabajos casuales que él consigue por ahí. Cuatro de sus hijos están en edad escolar, pero aún no han sido matriculados. La mayor, se gradúa este año de primaria. A la niña le gustaría seguir estudiando, pero Dayra le advierte resignada que "si no se puede, no se puede", su papá no va a salir a robar para que ella continúe en la escuela.
La pequeña es conforme y lo entiende, incluso se ofreció para salir trabajar y obtener más plata para la familia. Esta madre de 27 años sueña cada día con tiempos mejores y si la niña no va a la escuela y se queda en casa cuidando a sus hermanos, ella saldrá a ganarse algo y "tiraremos los dos viejos pa" adelante".
A José Luis Herazo, de 23 años y Mariluz Osorio, de 20, les ha tocado, como a muchos, madurar más pronto de lo que esperaban.
El fruto de su amor juvenil, tres lindos niños, necesita "muchas cosas" y ellos deben dárselas. En la parte trasera de su casita de zinc, pintada de verde, Tito, Mayoli, Minita jugaban despreocupados, mientras su madre nos explicaba lo difícil de su situación.
Ella no tiene un empleo fijo y José Luis trabaja un día sí y otro no como ayudante en un bus de Villa Grecia, donde gana 10 balboas en un día regular, y 15 en uno bueno.
Afortunadamente, nunca les ha faltado el alimento, pero los niños están creciendo y los gastos van en aumento. Otra historia de amor que subsiste pese a las carencias es la de Geovana Mendoza de 26 años y su pareja de 47, un ayudante de constructor.
Ellos salieron de Santiago de Veraguas hace seis años, para vivir en pequeño cuarto de alquiler, pero querían más. Con 225 balboas prestados compraron el terrenito y comenzaron su sueño.
Geovana desea que sus hijos sean "alguien en la vida", pero no pretende forzarlos a estudiar nada que no les guste. Es una madre orgullosa, por lo que no perdió oportunidad de hablar del desempeño escolar de Joel, quien pasó para tercer grado con un promedio de 4.8.
En este cuadro se sumó pronto un hecho inesperado. Ella, Geovana, se embarazó accidentalmente. Se encoge de hombros y lo acepta de buen grado, porque ese niño se lo mandó Dios.
Sin embargo, la diferencia de edades hizo obligatoria la pregunta ¿qué harás si se enferma tu esposo? "Trabajaré como empleada", dice con voz melancólica. Y es que sólo llegó hasta tercer año de secundaria.
Una quiere ser arquitecta y las otras dos odontólogas, sin embargo, la difícil situación económica pudiera truncar la preciada meta de María, Marta y Mónica, hijas de Agapita y Salomón Serrano.
Los Serrano, como la mayoría de sus vecinos, tienen que luchar día con día contra la pobreza. Salomón es el único que trabaja, y como cocinero gana un salario mínimo que apenas alcanza para sus necesidades y los estudios de las niñas en la Escuela de Guarumal de Chilibre.
Como fiel creyente de la palabra de Dios, Agapita lee sus escrituras a diario para no perder la esperanza. Su esposo hace ingentes esfuerzos por conseguir un empleo mejor remunerado, ella, también quisiera trabajar, pero le preocupa dejar a sus niñas solas. Un día alguien pasaba con una hoja de zinc y por descuido se acercó demasiado a la niña y cortó parte de su cuero cabelludo, por lo que le angustia pensar lo que puede ocurrir en su ausencia.
Contrario a Agapita, Yadira Villarreta no tiene opción; como madre soltera, tiene que buscar el sustento de sus niños. Juan Carlos, el mayor, cuida de sus dos hermanos pequeños. Cuando llegamos entreabrió tímidamente la puerta de madera, y la mantuvo así hasta que nosotros, unos perfectos extraños, nos alejamos su hogar.
La comunidad de Nuevo Méjico N°2 tienen muchas lecciones que mostrar. La unidad como método para lograr sus propósitos (luz eléctrica, agua y la futura entrega de las escrituras de sus terrenos); el apoyo a los eslabones más débiles de la cadena; el esmero que ponen en mejorar la apariencia de sus pobrísimos hogares y el valor para asumir o tratar de mejorar con decencia la vida que les tocó vivir.