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Cuatro preocupaciones que a nadie preocupan


II. Las advertencias de Sismondi y la globalización
Para los que no reconozcan el nombre de Sismondi (que era el caso mío hasta hace unos meses, cuando me encontré con unas citas que se le atribuían), comenzaré por decir que era suizo, que murió hace más de siglo y medio, y que escribió una historia de Italia y otra de Francia que, fuera de Suiza, muy poca circulación han tenido, entre otras cosas, porque los italianos de entonces seguramente pensaron que era mejor leer las historias escritas por historiadores italianos, y los franceses, sin duda, pensaron igual.
Pero Jean-Charles de Sismondi escribió también sobre economía, y su obra está llena de ideas que muy bien se aplican a los procesos que, bajo el nombre de globalización, están en marcha ahora en buena parte del mundo.
Pero Jean-Charles de Sismondi escribió también sobre economía, y su obra está llena de ideas que muy bien se aplican a los procesos que, bajo el nombre de globalización, están en marcha ahora en buena parte del mundo.
Adaptando un poco el lenguaje que empleaba entonces para traducirlo al vocabulario que ahora se emplea, su principal advertencia estaba dirigida a las consecuencias previsibles de la concertación de la capacidad de producción y de la inventiva del hombre aplicada a máquinas que producían más y empleaban menos gente. No era que se opusiera al progreso, sino que llamaba la atención hacia la necesidad de que el progreso técnico tomara en cuenta que cada puesto de trabajo que desaparecía gracias a un invento nuevo, hacía que en la demanda existente se esfumara el equivalente del salario de cada nuevo desempleado. Mientras más puestos de trabajo eliminara la sustitución del hombre por la máquina, más se iba acercando el momento en que la demanda se desplomaría, porque habría más y más gente sin capacidad para comprar, y no habría cómo asimilar toda la producción. En aquellos tiempos todavía no era necesario preocuparse por la eliminación de empleos en un país por obra de la importación de productos extranjeros más baratos. El progreso todavía estaba por "globalizarse".
La anterior es una tesis que, desde luego, comprendieron muy bien tanto los economistas liberales como los marxistas, y por eso seguramente Sismondi es tan poco conocido, gracias a esa reacción de ocultamiento que es típica de tantos gobiernos frente a lo que se aparta de los "intereses nacionales". Por otra parte, en los países grandes, la crisis resultante se aliviaba o se podía superar con mayor facilidad, debido a la gran diversidad de las actividades económicas y debido a una sólida base de ocupaciones tradicionales artesanales y agropecuarias. Con todo, la advertencia sirvió, por lo menos, para contribuir a la elaboración de las teorías sobre las crisis recurrentes y la ley de disminución de las ganancias.
Ahora bien, en la economía de Panamá, no existe tal diversidad ni un número tan grande de productores independientes que se puedan agregar al total de los consumidores para conjurar o aliviar el problema de la caída de la demanda, y por otra parte, es tan pequeña la producción de las pocas empresas industriales que hay, y la adopción de nuevas tecnologías es tan lenta que no se pueden notar con igual claridad las causas de la caída de la demanda.
Sin embargo, precisamente por el tamaño de la economía, con el auge actual de la globalización, lo que se percibe pareciera peor. Sencillamente, adonde usted se asome, la gente está comprando menos. Esta es una queja general en el comercio local que, por cierto, explica el hecho insólito de que hubiera baratillos de Navidad en todas partes.
Por otra parte, los que nos dan las cifras de la generación de empleos nuevos no nos dicen cuál es el porcentaje que corresponde a tiendas y negocios dedicados exclusivamente a la venta de productos extranjeros, es decir negocios que sólo pueden prosperar en la medida en que compitan con producción panameña y eliminen empleos existentes. Estos negocios, por cierto, también son una sangría permanente de la riqueza que el país produce, riqueza exigua por cierto, pero que, en vez de quedarse aquí, se va para no volver.
A pesar de lo que acabo de comentar, el país aceptó ponerse la camisa de fuerza de la OMC y entrar en la globalización. En cuanto a las denuncias del amigo Selles y de un par de economistas sobre los peligros que encerraba esa decisión, tuvieron una suerte parecida a las lamentaciones de Casandra antes de la destrucción de Troya. En los supermercados y en las tiendas y en los almacenes, comenzaron a verse productos que en otros países, debido al volumen de la producción general, se producen a un costo mucho menor, o tienen una calidad muy superior que justifica un precio un poco más alto.
Así, las galletas chilenas y las argentinas y las ticas, comienzan a ir comiéndose una parte del mercado que antes era, en su mayoría, de una sola empresa local, porque son más baratas o porque son mejores y cuestan muy poco menos, o por la novelería de la gente que quiere ensayar lo que no ha probado. Lo mismo puede pasar con las escobas hechas en Estados Unidos, que duran seis veces más que las locales aunque cuesten cuatro veces más, o las hechas en China y en la India que de salida son más baratas. Algo parecido pueden lograr las arepas colombianas, los jugos mejicanos, los pollos y los huevos de Estados Unidos, y pronto vendrán también las ventanas hechas de un metal muy superior a las tradicionales de aluminio, y telas metálicas corredizas, hechas en el Japón, con una precisión de movimientos tal que pueden durar toda la vida. ¿Cuántos puestos de trabajo representan los criadores de pollos, los fabricantes de galletas y los de tortillas, los productores de escobas y los fabricantes de ventanas? Y eso es sólo el comienzo, porque también puede venir Bacardi a establecer una embotelladora automatizada que puedan manejar seis hombres, así sucesivamente.
Los productores panameños, que son los que generan y pagan la planilla privada que no corresponde a servicios, van quedando en una situación muy grave, porque no tienen los recursos necesarios para poder ponerse al día en tecnología ni cuentan con mercados disponibles que les permitan producir más para que baje el costo del producto.
A eso se le añade el hecho de que ciertas importaciones frenan las inversiones nuevas, como hacen las correas uruguayas y los zapatos colombianos y brasileños, con todo el que pudiera haber pensado invertir en la producción local en esos campos, de modo que, cuando la mano de obra panameña va viéndose sustituida por la producción extranjera, al mismo tiempo va contrayéndose el atractivo de invertir en Panamá. La consecuencia de esto es que no surgen empleos nuevos que llenen el vacío de los empleos perdidos.
Recuerdo, que hace unos años, un profesor universitario que está muy familiarizado con la planificación estatal, y que se ha pasado la vida sinceramente preocupado por el camino que lleva el país, me decía que, si no se le daba un golpe al timón de modo que adoptáramos un rumbo distinto, para el año dos mil cinco habría más de quinientos mil adultos desocupados en la franja metropolitana que va desde Colón hasta Arraiján. Entonces, ¿cómo podría el que tiene algo sentirse seguro y a salvo en la calle o en la casa?
Estas cosas no se ven enseguida porque se dan en estratos sociales cuya explosividad no se percibe sino cuando estalla, aunque los primeros síntomas ya son palpables, como es el caso del agravamiento de la delincuencia en cantidad, en calidad y en frecuencia. Los otros efectos, como el que la gente tome menos Coca-Cola y menos cerveza, y el que las secretarias y demás oficinistas cambien la presa de pollo o la hamburguesa con papas del almuerzo por el fiel cartuchito de rebanadas de mango verde con sal, tampoco se hacen sentir hasta cuando bajan los anuncios en los periódicos y en la televisión y bajan los ahorros y bajan incluso las solicitudes de préstamos y bajan las compras de refrigeradoras y carros.
Frente esta realidad, me preocupa mucho que haya funcionarios de alta jerarquía y empresarios determinantes que puedan creer que las inversiones extranjeras y el turismo y los servicios van a salvarnos, y me preocupa mucho que en el escenario político nadie denuncie que el arte de conducir un pueblo no consiste en obedecer lo que piden los gobiernos de otros países (que nada más piensan en el bienestar de los suyos y en el enriquecimiento de ellos), pero mucho más me preocupa que algo de tan enorme trascendencia, hasta donde alcanzo a ver a mi alrededor, no le preocupa a nadie.

101 años de Panamá América

 
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