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Cuba en la memoria y en la historia


Mucha atención causó a nivel internacional la muerte del activista Orlando Zapata a finales de febrero, y más sorpresiva aún fue la escueta declaración oficial donde el encargado del gobierno cubano, Raúl Castro, lamentaba la muerte del activista cubano, en huelga de hambre casi tres meses.

Y así, éste es el evento más reciente de la regular letanía que nos insta a reflexionar sobre Cuba.

Cuba significó algo, y sus detractores no pueden negarlo: la afirmación de una pequeña nación ante el poderío de los Estados Unidos, algo que ganó elogios entre los pueblos del Tercer Mundo durante los días más oscuros de la Guerra Fría.

Pero los tiempos cambiaron y así, esa Revolución Cubana que levantó esperanzas, con el tiempo trajo desilución.

Por eso, todavía tener a Cuba como un ideal sólo demuestra cuan estrecha es la visión de algunos líderes, que siguen anquilosados en esa Cuba congelada en el tiempo, aún brillante para quienes anclan sus programas en nuestro amargo (y a veces justificado) resentimiento post-colonial.

Con la caída del bloque soviético, una nueva generación de líderes izquierdistas latinoamericanos se forjaron a la sombra de su significado, que todavía asumía ese tamiz rebelde de cara al triunfalismo estadounidense de los noventas, aún más ensimismado tras el 9/11, y que finalmente implotó en la crisis financiera. Para ellos, Cuba persiste como un modelo de liderazgo, especialmente para quienes mantienen ambiciones de proyectarse como sucesores de Fidel Castro en el plano internacional, sin reparo a que las circunstancias son distintas y los méritos para esa supuesta sucesión son escasos.

Forzosamente debemos reconocer la insólita y compleja marca de Fidel, un líder del cual la Historia y el pueblo cubano todavía deben hacer un balance definitivo, ya sea positivo o negativo, pero su impronta sobre la historia de la región es demasiada para ignorar o incluso, para decantar en simples etiquetas políticas.

La Historia está llena de protagonistas que asumen simultáneamente el papel de liberador, inspiración, dictador y paredón.

Reducir la historia y el destino de Cuba a una cuestión de individuos y linajes familiares es caricaturizar a un país.

Por eso, si bien es fácil hablar de transiciones y hojas de ruta para gobiernos futuros, debemos tener en mente que escasean los líderes dispuestos a deponer el poder sin mayor excusa, especialmente cuando hay de por medio un pueblo al cual no le son ajenas las luchas civiles.

Por eso, en vez de panegíricos y odios, el pueblo cubano necesita de amistades enérgicas, que denuncien la falta de confianza que tienen los líderes cubanos en dejar que el pueblo decida y discuta abiertamente un futuro donde mayorías y minorías políticas puedan convivir, pero en ejercicio de la soberanía que sólo a ellos les corresponde como nación.

Así, esa Cuba en la memoria, hará su tránsito a la historia y hacia el porvenir.

101 años de Panamá América

 
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