Cuba, la huelga de Fariñas
Las últimas semanas, el mundo ha seguido expectante la huelga de hambre que mantiene en una de las cárceles de Cuba el opositor Guillermo Fariñas, y ante la cual el presidente Raúl Castro ha dicho que su gobierno no cederá. Bien traducido eso significa que Fariñas puede morirse pero nada cambiará en la Isla, pese a que millones de personas han suscrito miles de listas solicitando la libertad de Fariñas y la consideración a los motivos de su huelga. ¿Qué percepción queda? Que hoy por hoy a regímenes como el cubano poco les importa manifestaciones democráticas, demandas mínimas o enviar al mundo mensajes positivos sobre esa especie de ambiente kafkiano que caracteriza a Cuba. Lo que La Habana parece ignorar es que en la medida en que muera cada preso opositor como Fariñas o el desaparecido Orlando Zapata, su imagen y la simpatía que pudo levantar otrora su llamada revolución, van sucumbiendo ante un mundo cansado de regímenes inamovibles, que buscan en la culpa de otros, justificaciones a sus propias violaciones. El régimen de Castro debe saber que hay un mundo observando el martirio de los opositores, las agresiones a las damas de blanco, la persecución contra los disidentes, el ensañamiento de un aparato estatal poderoso y arrogante, contra una oposición cubana que día a día va tomando forma, y que cada día vence temores y se atreve más.