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Cuba y Venezuela vs. Panamá


No se trata, como lo sabe el lector, de un lance deportivo en las Olimpiadas de Atenas, sino de la guerra diplomática que Cuba y Venezuela le declararon a Panamá la semana pasada, por causa del indulto que el gobierno mireyista le concedió a los anticastristas encabezados por Carriles, fundándose en "razones humanitarias", grupo que hace algunos meses fue condenado con penas algo severas, por tribunales panameños, en razón de haber fracasado en el plan de asesinar a Fidel Castro en su viaje a Panamá, algún tiempo atrás. De paso, los anticastristas aludidos se habían preparado con sus "cómplices" de Miami para que dos aviones enviados desde la Florida los transportara a Honduras (Carriles) y a Florida (los demás).
Fidel amenazó con declararle la guerra diplomática a Mireya, si ésta liberaba a Carriles y compañeros, condenados aquí por la tentativa de asesinato terrorista que no pudieron cumplir, cuando Fidel estuvo en Panamá y habló en la Universidad. Y cuando la hoy ex Presidenta Mireya luego de hacer buena su palabra con el grupo Carriles, explicó que la entrega de los detenidos a Cuba o a Venezuela podría determinar su muerte en alguno de los dos países, el militar populista Chávez montó en cólera y anunció que, no por consejos de Fidel, retiraría su embajador de Panamá, como efectivamente lo hizo, porque no es paracaidista de muchas palabras.
Aunque estaba bien advertida por Fidel, pero no tanto por el gobernante vale, Mireya se lanzó, porque faltaban pocos días, al indulto del grupo Carriles, como uno de los actos de "los últimos días de Pompeya", frase que corregimos por la de los últimos días presidenciales.
En esta guerra diplomática no iba a darse ningún muerto, ni un herido siquiera. Ocurrió porque los presidentes que viven del apoyo popular son muy celosos de su prestigio. A veces no toleran que alguien los critique y se vuelven contra quienes lo hagan, queriendo castigar a los pobres de espíritu o de reconquistar lo que esta clase de gobernantes considera como un irrespeto político o una censura imprudente e improcedente. Esta vez la ruptura diplomática cubana o venezolana respondía a causa de poca cuantía. Fidel amenazó, muy disgustado con suspensión de relaciones diplomáticas. Chávez lo imitó declarando que retiraría su embajador en Panamá. Todo indicaba que la sangre no alcanzaría ni a la orilla del río. No pasaría de tempestad en un vaso de agua.
Localmente, el asunto bajaba de categoría, después de un período gubernamental en que hubo de todo, sin que faltara nada. La cercanía del fin era una suerte de parachoque, y no pocos solían recordar la frase y suspiraban diciendo: "Esto se lo dejamos a los que vienen", siendo que algunos, con rabia en los ojos y a veces en la lengua, pero siempre con feroz cariño suspiraban: "Esto se lo dejamos a Martín". Pero algunos de los que así decían, no dejaban nada.
Un débil interés preguntaba por las facultades para decretar indultos, pero entre nosotros, aunque hay una rara e inagotable apetencia jurídica, el Derecho solo no produce ni héroes ni mártires. Lo que dice la Constitución es que el Presidente tiene la función de "Decretar indultos por delitos políticos". Mas la costumbre, que es una ley no escrita pero muy vigente, sobre todo en los países del tercer mundo, ha declarado que como el delito político no es muy frecuente en nuestras latitudes, hay que conceder el indulto, aunque el caso no sea delito político, para que no desaparezca sepultado por el desuso.
Ya pasaron las celebérrimas reformas constitucionales, hoy olvidadas por todo el mundo, pues se sabe que si fueron redactadas por la gente del PRD, y aprobadas por la Asamblea "vieja", con uno que otro voto arnulfista que demostraba su buena voluntad, la "nueva Asamblea", con mayoría perredista, las aprobará en la segunda sesión que celebre, porque ahora el estilo será el de la Patria Nueva.
Hagamos de este país lo que el destino le ha deparado, un sitial de armonía, laboriosidad, de justicia y de progreso, donde la dignidad y respeto por los derechos humanos es irrenunciable, para brindar el desarrollo turístico, comercial, industrial y económico, el soporte para afianzar la nacionalidad, teniendo orgullo en vez de temor, mostrando esperanza en vez de desaliento.
Deben impulsar las acciones necesarias para proteger y mejorar el medio ambiente tanto en el campo como en la ciudad. Lograr mayor igualdad entre los géneros, avanzar en el cese de toda forma de discriminación racial o étnica y generar nuevas oportunidades para la juventud.
El país ya no soportaría otra estocada de mal gobierno. El zapatismo mexicano propone que el que mande, mande obedeciendo, reconociendo así la idea de la representatividad; pero con nuevos e incluyentes controles democráticos. Ubica los liderazgos como resultado de un proceso colectivo democrático.
Mandar obedeciendo significa repensar el poder y a través de un planteamiento ético, pues es la subordinación del Estado al pueblo de donde emana el poder. Por ello, cada ciudadano es responsable de monitorear la marcha de la cosa pública, transparentarla, participar y también presionar y criticar cuando dé a lugar.
(raulleisr@hotmail.com)

101 años de Panamá América

 
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