Cuentas de "El Gran Capitán"
ALARMADOS Y estupefactos nos ha dejado la noticia de que en una fiscalía hay 900 casos de denuncias de corrupción que requieren ser investigados.
Un gran número de ellos corresponde a malversación y enriquecimiento ilícito por parte de quienes han tenido a su cargo la custodia o el manejo de fondos, primordialmente públicos.
Entendemos y convenimos en que entre los que suman tantos casos, no todos, aunque en cifra exigua, resultarán con llamamiento a juicio.
La conducta de los malos ciudadanos que tras el ejercicio de un cargo público o en la empresa privada se enriquecieron de la noche a la mañana, nos recuerda a aquel ciudadano romano de la familia de los Léntulos a quien tenemos como ejemplar y de quien dice Tácito en sus Anales: "Sufrió la pobreza con paciencia para luego acumular grandes fortunas, sin culpa, de las que disfrutó con modestia". Tras la anterior digresión, vayamos al grano en lo concerniente al título de esta columna.
La expresión "Cuentas del Gran Capitán" es conocida desde hace siglos por muchísimas personas, pero no así su origen, lo que para información e hilaridad de nuestros lectores pasamos a aclarar.
Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515) fue un famoso capitán del ejército español que en sus días le dio gloria y orgullo a la patria por sus triunfos militares y que le hicieron merecedor a muchos honores y a quien se le llegó a distinguir con el título de "Duque de Terranova y Santángelo". Gastó exorbitantes sumas de dinero pero mantenía una cruda renuencia a rendir cuentas.
Llegó un momento en que el rey Fernando II, mejor conocido como Fernando el Católico, le exigió que las rindiera y como no pudo evitarlo, así lo hizo.
El informe de gastos fue extenso y con detalles de partidas, entre justas e inaceptables por lo extravagantes y risibles que eran. Una de ellas decía así: "En picos, palas y azadones, cien millones. Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla. Ciento sesenta mil ducados para poner y remover campañas deterioradas en fuerza de repicar todos los días a causa de nuestras victorias sobre el enemigo. Y cien millones por mi paciencia en escuchar cómo el rey pide rigurosas cuentas a quien le ha regalado un reino".
No abrigamos duda alguna de que un gran número de sindicados en nuestro país se hallará imposibilitado de rendir cuentas claras de su manejo y de que algunos de los que las rindan, tendrán que hacerlo al estilo de "el Gran Capitán".
Un gran número de ellos corresponde a malversación y enriquecimiento ilícito por parte de quienes han tenido a su cargo la custodia o el manejo de fondos, primordialmente públicos.
Entendemos y convenimos en que entre los que suman tantos casos, no todos, aunque en cifra exigua, resultarán con llamamiento a juicio.
La conducta de los malos ciudadanos que tras el ejercicio de un cargo público o en la empresa privada se enriquecieron de la noche a la mañana, nos recuerda a aquel ciudadano romano de la familia de los Léntulos a quien tenemos como ejemplar y de quien dice Tácito en sus Anales: "Sufrió la pobreza con paciencia para luego acumular grandes fortunas, sin culpa, de las que disfrutó con modestia". Tras la anterior digresión, vayamos al grano en lo concerniente al título de esta columna.
La expresión "Cuentas del Gran Capitán" es conocida desde hace siglos por muchísimas personas, pero no así su origen, lo que para información e hilaridad de nuestros lectores pasamos a aclarar.
Gonzalo Fernández de Córdoba (1453-1515) fue un famoso capitán del ejército español que en sus días le dio gloria y orgullo a la patria por sus triunfos militares y que le hicieron merecedor a muchos honores y a quien se le llegó a distinguir con el título de "Duque de Terranova y Santángelo". Gastó exorbitantes sumas de dinero pero mantenía una cruda renuencia a rendir cuentas.
Llegó un momento en que el rey Fernando II, mejor conocido como Fernando el Católico, le exigió que las rindiera y como no pudo evitarlo, así lo hizo.
El informe de gastos fue extenso y con detalles de partidas, entre justas e inaceptables por lo extravagantes y risibles que eran. Una de ellas decía así: "En picos, palas y azadones, cien millones. Diez mil ducados en guantes perfumados para preservar a las tropas del mal olor de los cadáveres de los enemigos tendidos en el campo de batalla. Ciento sesenta mil ducados para poner y remover campañas deterioradas en fuerza de repicar todos los días a causa de nuestras victorias sobre el enemigo. Y cien millones por mi paciencia en escuchar cómo el rey pide rigurosas cuentas a quien le ha regalado un reino".
No abrigamos duda alguna de que un gran número de sindicados en nuestro país se hallará imposibilitado de rendir cuentas claras de su manejo y de que algunos de los que las rindan, tendrán que hacerlo al estilo de "el Gran Capitán".