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Cuentos de ceniza


MAÑANA EL PAÍS vuelve a una normalidad plagada de peligros y oportunidades, y para prepararnos, ahí van cuatro cuentos...
La sardina está enterrada y hoy recordamos el mensaje vital del Miércoles de Ceniza. Mañana el país vuelve a una normalidad plagada de peligros y oportunidades, y para prepararnos, ahí van cuatro cuentos...
1. Sal. Durante varias semanas Eustaquio no se cansó de repetir a sus vecinos que estaba salado, que se sentía salado. Le recomendaron varias fórmulas para quitarse la salazón, pero Eustaquio sólo repetía lo mismo una y otra vez con una insistencia que empezó a tornarse insoportable.
Muchos olvidaron el asunto hasta la mañana del día en que cayó el primer aguacero de invierno. Asombrados vieron cómo al mojarse Eustaquio, con las primeras gotas, se disolvía y se diluía en el enorme charco que siempre aparece en el patio.
Ahora el charco tiene un ligero sabor salino y gracias al limo verde que se forma en su lecho, parece un pequeño mar. Los niños echan a navegar barquichuelos de papel periódico, y el diminuto mar de vez en cuando se encrespa y ruge con sonidos similares a pequeñas tormentas.
2. Sucedió. Desde las páginas del periódico, Gabriel Pérez se ganaba la vida deshaciendo honras, fabricando noticias y vendiéndose al mejor postor. Un día inició una campaña ensartando infamias de todos los colores y tamaños contra el barrio. Los propietarios de varios edificios habían pagado generosamente al periodista para desacreditar a un número plural de inquilinos, quienes se negaban a desalojar edificios que iban a ser convertidos en oficinas.
Por los mismos motivos, Marina Contreras en la televisión sibilinamente sirvió de caja de resonancia de la campaña de Gabriel Pérez y también recibió buenos dividendos.
Una noche el poder de los ofendidos tuvo una mágica erupción. Doña Pancha, la planchadora, celebró en su cuarto una fiesta de santería e hizo que los vecinos descubrieran las magnetizadoras influencias de los tambores de San Lázaro. En el momento del paroxismo, cuando las manos casi rompían los cueros, todos los inquilinos pusieron sus dedos acusadores sobre la foto de Gabriel Pérez que ilustraba la edición del periódico. Y también apagaron el televisor en el momento que aparecía en la pantalla el rostro de Marina Contreras.
Desde ese momento, Gabriel Pérez advirtió horrorizado que estaba manchado indeleblemente por huellas digitales inmensas que trazaban su rostro y cuerpo con líneas negras imborrables. Marina Contreras sintió que de pronto vagaba en un océano de éter, bombardeada por las ondas sónicas y luminosas de la atmósfera extraterrestre, sin la más remota posibilidad de regresar jamás de los jamases a la realidad. Sucedió.
3. La marca. La marca que Joaquín Hamlet de la Cruz lleva en el medio del pecho es indeleble. Cada mañana cuando que el espejo le devuelve su imagen semidesnuda, está ahí entre las tetillas, esa gran cicatriz rojiza que delinea una letra M. Pero más indeleble es el recuerdo que le ronda desde hace tres décadas. Cuando era peón en una hacienda ganadera y el patrón disgustado por la lentitud de Joaquín al marcar las reses, tomó el hierro al rojo vivo y violentamente le imprimió en el pecho la letra M de su nombre y el de la finca Maverick. El dolor fue tan intenso que el peón se arrojó al suelo del potrero y revolcándose se untó bosta de vaca para alivia el dolor. Tanto el patrón, como sus hijos se rieron a carcajadas de lo que consideraron gracioso y obligaron a Joaquín a seguir trabajando a pesar de su condición física. Al día siguiente lo despidieron sólo con el pago de jornal del día anterior sin otorgarle ninguna compensación.
Pero hoy es un día especial. Joaquín se cierra el botón de la camisa azul que esconde la marca, encima le echa la corbata verde que tanto le gusta, se enfunda el saco café y se encasqueta el sombrero de pana. Toma el maletín, sale del hotel donde está hospedado y le pide al chofer del auto que le espera que lo lleve a la hacienda Maverick. El, como abogado, debe anunciarle al patrón que su finca y todos sus haberes pasan a manos de los trabajadores como indemnización por maltratos a los mismos e incumplimiento reiterado de las leyes laborales.
Mientras atraviesa la extensa propiedad observa el ganado herrado con la misma letra que acaricia con sus dedos a través de la tela de la camisa azul. Ya en la casona se encuentra frente a frente con el causante de su desgracia. Lo mira a los ojos, pero el hacendado no lo reconoce. Le entrega el documento legal, pero extrañado el licenciado de la Cruz siente en sus labios no el sabor de la venganza sino otro más fuerte, el de la justicia.
4. Reloj. La señora que maneja el ascensor -destartalado, viejo y solo para cuatro personas-mata el tiempo cantando boleros.
No lo hace bien, pues su voz es cascada. Pero no importa para muchos es una distracción para escapar de la tensión de trasladarse en ese aparato.
El día que el ascensor se desprendió de los cables y cayó como un bólido dicen que ella iba sola y cantando a viva voz: Reloj no marques las horas, porque mi vida se acaba...
(raulleisr@hotmail.com)

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