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Cuidado con la soberbia y la violencia (II)


Según el Antiguo Testamento, la madre del pecado es la soberbia o querer ser como Dios. Como les decía, la soberbia engendra pugnas y rivalidades que producen violencia. Este terrible pecado lleva a sentir envidia, celos y a cometer actos, algunas veces, atroces. La violencia tiene muchas facetas y todas, al final, conducen a lo mismo: destruir a otra persona. Si todos pretenden ser como Dios, se eliminan unos a otros como sea. Por pugnas y rivalidades sin control, por razones ideológicas y económicas algunas naciones se han desangrado en guerras civiles, creyéndose cualquiera de los bandos en pugna que tienen toda la razón y por eso hay que destruir al contrario. Esto es soberbia, creerse dioses. Hay familias que se han hundido y destruido por pura soberbia, convirtiéndose unos y otros en verdugos y víctimas por no querer ceder en ningún aspecto. En definitiva, querer ser como Dios o el pecado de soberbia, conduce irremediablemente a violencia, desgracia y muerte.

Hay muchas clases de violencia. Es tan violento el hombre que golpea a la mujer, como el que no le habla ni le da cariño; tan violenta la madre que golpea al hijo, como la que no le da amor; tan violento el chiquillo que es malcriado con su padre y su madre, como aquel que no les habla. Todas las clases de violencia se generan en el pecado de soberbia o querer ser como Dios. Desdichadamente, sustituir a Dios en el seno de la familia con la soberbia ocasiona mucho sufrimiento.

[Sigue el próximo sábado]

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