Cultura del juega vivo
La idea que el navegante genovés Cristóbal Colón todavía no ha pisado tierras indoamericanas accidentalmente, en su búsqueda de una nueva ruta hacia las especierías (Catay), después de la toma de Constantinopla por los Turcos Otomanos, en 1453, tiene como sustento el hecho cierto que muchas personas emplean taparrabos, pero éstos son mentales, a diferencia del físico que utilizaban los pueblos primitivos. La vigencia de esa conveniente prenda ideal explica, no justifica, la arraigada cultura del juega vivo y de hijos desnaturalizados (incapacidad, bochinche, indisciplina y ausencia de valores éticos y cívicos, entre otros), de la que hacen gala no pocas personas, quienes, al creer que viven en un país surrealista, actúan como salvajes, sin límites a sus exabruptos y sin que nadie le ponga coto a sus públicas y reiteradas violaciones a la Constitución y a las leyes del país.
Conocidas son en la República las personas que evidencian a toda hora y en cualquier lugar esa prenda imaginaria, que las habilita para conculcar flagrante e impunemente los derechos fundamentales y humanos de terceros, ante la mirada distraída de algunos y la falta de acción de todos. Agréguese la innovadora tendencia de reconocer y defender los derechos constitucionales y humanos de los delincuentes, que no es mala práctica, pero que se convierte en una aberración cuando se olvidan los que tienen las víctimas, sus deudos y las propias autoridades que, por cumplir la ley, muchas veces tienen que enfrentar la cárcel, la pérdida de sus puestos de trabajo y de la propia vida.
El taparrabos imaginario que comentamos, real en la esfera intelectual de muchos, fabrica el eficaz juega vivo que emplea un número significativo de panameños a nivel personal y social, público y privado, una de las causas de los traumas que golpean en Panamá a los excluidos del desarrollo, donde los menos tienen el porcentaje mayor de la riqueza, en tanto que las mayorías nacionales sólo se distribuyen miseria y miseria extrema. Es preciso señalar en este renglón, el doble discurso vigente, uno para el consumo mayoritario y otro para la minoría, cuya duración depende del mayor o menor peligro, cercano o lejano, en que se encuentren intereses sectarios y egoístas.
Actual es la cultura que comentamos en diversos sectores nacionales, cuyos máximos exponentes, sin ruborizarse, exigen beneficios exclusivos, aunque pague las consecuencias una indefensa ciudadanía. Innecesario resulta citarlos, porque también derrochan publicidad. La fragilidad de los valores éticos y cívicos en algunos casos y su total ausencia en otros, obedece no sólo a la acumulación de hijos desnaturalizados de la cultura objeto de nuestro comentario periodístico, sino a que en este campo también se da un doble discurso vano, puesto que por un lado se pregona su defensa, mientras que por otro se crean mecanismos para su destrucción total.
En este país nuestro, como resultado de la existencia de los hijos desnaturalizados de la cultura del juega vivo imperante en la nación, quien demuestre en la esfera laboral capacidad, transparencia y disciplina, es mirado como bicho raro, se le relega a estadios inferiores en la escala funcional y salarial, sin oportunidad jamás de salir del anonimato.
Tal ha sido nuestra vivencia personal a lo largo de tres décadas. Por el contrario, los que son maestros en esas malas artes hijas de esta infame cultura, ascienden en jerarquía y emolumentos, aunque sean buenos para nada. Quien obligadamente utilice unidades del transporte público, como el suscrito por más de cuarenta años, conoce a fondo las consecuencias de la cultura analizada, ya que en no pocos de estos peligrosos miedos, en vez de ser tratado como persona, el usuario es transportado como animal, y como si esto fuese poco, tiene que pagar por ello y por un servicio plagado de anomalías visibles, groserías e irrespeto, cuyo costo fue aumentado de hecho, a 0.25, 0.60 y 0.75, en chatarras ambulantes nuevas y viejas, en las que el exceso de pasajeros sigue igual, por corredores o las vías ordinarias, sin que se supervise permanentemente su eficiencia y seguridad y, menos aun, el cumplimiento de los objetivos del Decreto de Gabinete No. 56 de 30 de diciembre de 1992, por el cual se establecen Incentivos Fiscales al transporte terrestre público de pasajeros, específicamente para que se mantenga la flota vehicular en buenas condiciones mecánicas y en óptimo estado de seguridad, para que el servicio se preste en forma eficiente y continua, con tarifas accesibles.
En diferentes áreas del campo educativo panameño está presente la cultura en tapete, lo mismo que sus frutos desnaturalizados, como la falta de legítimos apóstoles, violencia e indisciplina, que ya ha dejado -y deja- mortales resultados, que se multiplican y extienden por la entronizada práctica de anular sanciones a los "infractores", nefasta pedagogía que incentiva la repetición de hechos dolosos, la deserción y fracasos escolares, al igual que los embarazos precoces. Como si esos factores resultantes de la cultura del juega vivo fuesen pocos, se suman algunos medios de comunicación social, que al desligarse de su verdadero rol, promocionan el vicio, la vulgaridad y la violencia, sin que nada ni nadie pueda detener esta autodestrucción moral y material, en razón de la vigencia de "novedosas tesis" plasmadas en acuerdos internacionales y leyes panameñas, que le han quitado autoridad a los padres de familia, mientras que le reconocen -que no está mal- derechos a los hijos, sin que nadie les recuerde sus obligaciones, que sí es una laguna censurable. Esta es, entre otras, la causa del surgimiento de bandas que proliferan por la urbe metropolitana, el incremento de accidentes fatales y otros signos concretos de una sociedad enferma.
Las degeneraciones apuntadas de la cultura del juega vivo y muchas más omitidas por razones de espacio, confirman la idea que Cristóbal Colón, ni por accidente, ha llegado a nuestras tierras, por lo que diversas personas cargan ostentosamente taparrabos mentales, del que jamás se desprenderán, puesto que les rinde sustantivos dividendos. No obstante, quienes creemos en el país y en su futuro, en una sociedad regida por valores fundamentales y que la mayoría de los panameños rechaza el uso de ese negativo aditivo ideal, abrigamos la esperanza que pronto, más pronto que tarde, se extinguirá una raza probadamente degenerada y extemporánea, y con ella, esta dañina cultura.
Conocidas son en la República las personas que evidencian a toda hora y en cualquier lugar esa prenda imaginaria, que las habilita para conculcar flagrante e impunemente los derechos fundamentales y humanos de terceros, ante la mirada distraída de algunos y la falta de acción de todos. Agréguese la innovadora tendencia de reconocer y defender los derechos constitucionales y humanos de los delincuentes, que no es mala práctica, pero que se convierte en una aberración cuando se olvidan los que tienen las víctimas, sus deudos y las propias autoridades que, por cumplir la ley, muchas veces tienen que enfrentar la cárcel, la pérdida de sus puestos de trabajo y de la propia vida.
El taparrabos imaginario que comentamos, real en la esfera intelectual de muchos, fabrica el eficaz juega vivo que emplea un número significativo de panameños a nivel personal y social, público y privado, una de las causas de los traumas que golpean en Panamá a los excluidos del desarrollo, donde los menos tienen el porcentaje mayor de la riqueza, en tanto que las mayorías nacionales sólo se distribuyen miseria y miseria extrema. Es preciso señalar en este renglón, el doble discurso vigente, uno para el consumo mayoritario y otro para la minoría, cuya duración depende del mayor o menor peligro, cercano o lejano, en que se encuentren intereses sectarios y egoístas.
Actual es la cultura que comentamos en diversos sectores nacionales, cuyos máximos exponentes, sin ruborizarse, exigen beneficios exclusivos, aunque pague las consecuencias una indefensa ciudadanía. Innecesario resulta citarlos, porque también derrochan publicidad. La fragilidad de los valores éticos y cívicos en algunos casos y su total ausencia en otros, obedece no sólo a la acumulación de hijos desnaturalizados de la cultura objeto de nuestro comentario periodístico, sino a que en este campo también se da un doble discurso vano, puesto que por un lado se pregona su defensa, mientras que por otro se crean mecanismos para su destrucción total.
En este país nuestro, como resultado de la existencia de los hijos desnaturalizados de la cultura del juega vivo imperante en la nación, quien demuestre en la esfera laboral capacidad, transparencia y disciplina, es mirado como bicho raro, se le relega a estadios inferiores en la escala funcional y salarial, sin oportunidad jamás de salir del anonimato.
Tal ha sido nuestra vivencia personal a lo largo de tres décadas. Por el contrario, los que son maestros en esas malas artes hijas de esta infame cultura, ascienden en jerarquía y emolumentos, aunque sean buenos para nada. Quien obligadamente utilice unidades del transporte público, como el suscrito por más de cuarenta años, conoce a fondo las consecuencias de la cultura analizada, ya que en no pocos de estos peligrosos miedos, en vez de ser tratado como persona, el usuario es transportado como animal, y como si esto fuese poco, tiene que pagar por ello y por un servicio plagado de anomalías visibles, groserías e irrespeto, cuyo costo fue aumentado de hecho, a 0.25, 0.60 y 0.75, en chatarras ambulantes nuevas y viejas, en las que el exceso de pasajeros sigue igual, por corredores o las vías ordinarias, sin que se supervise permanentemente su eficiencia y seguridad y, menos aun, el cumplimiento de los objetivos del Decreto de Gabinete No. 56 de 30 de diciembre de 1992, por el cual se establecen Incentivos Fiscales al transporte terrestre público de pasajeros, específicamente para que se mantenga la flota vehicular en buenas condiciones mecánicas y en óptimo estado de seguridad, para que el servicio se preste en forma eficiente y continua, con tarifas accesibles.
En diferentes áreas del campo educativo panameño está presente la cultura en tapete, lo mismo que sus frutos desnaturalizados, como la falta de legítimos apóstoles, violencia e indisciplina, que ya ha dejado -y deja- mortales resultados, que se multiplican y extienden por la entronizada práctica de anular sanciones a los "infractores", nefasta pedagogía que incentiva la repetición de hechos dolosos, la deserción y fracasos escolares, al igual que los embarazos precoces. Como si esos factores resultantes de la cultura del juega vivo fuesen pocos, se suman algunos medios de comunicación social, que al desligarse de su verdadero rol, promocionan el vicio, la vulgaridad y la violencia, sin que nada ni nadie pueda detener esta autodestrucción moral y material, en razón de la vigencia de "novedosas tesis" plasmadas en acuerdos internacionales y leyes panameñas, que le han quitado autoridad a los padres de familia, mientras que le reconocen -que no está mal- derechos a los hijos, sin que nadie les recuerde sus obligaciones, que sí es una laguna censurable. Esta es, entre otras, la causa del surgimiento de bandas que proliferan por la urbe metropolitana, el incremento de accidentes fatales y otros signos concretos de una sociedad enferma.
Las degeneraciones apuntadas de la cultura del juega vivo y muchas más omitidas por razones de espacio, confirman la idea que Cristóbal Colón, ni por accidente, ha llegado a nuestras tierras, por lo que diversas personas cargan ostentosamente taparrabos mentales, del que jamás se desprenderán, puesto que les rinde sustantivos dividendos. No obstante, quienes creemos en el país y en su futuro, en una sociedad regida por valores fundamentales y que la mayoría de los panameños rechaza el uso de ese negativo aditivo ideal, abrigamos la esperanza que pronto, más pronto que tarde, se extinguirá una raza probadamente degenerada y extemporánea, y con ella, esta dañina cultura.