Cultura democrática y gobernabilidad
La gobernabilidad, que debe entenderse como el funcionamiento efectivo de la democracia, tiene a la cultura democrática como uno de sus pilares fundamentales. Y ésta sólo puede construirse con el aporte concurrente de los actores políticos, sociales y económicos; es decir, gobiernos, los partidos políticos, la iglesia, grupos de presión (gremios profesionales, sindicatos, organizaciones cívicas) y los medios de comunicación. Todos ellos, sin excepción, son responsables por la falta de cultura democrática y, por ende, del deterioro de la gobernabilidad, que es efecto y no causa.
Los pasados 12 y 13 de abril, el Consejo Permanente de la OEA celebró una sesión especial sobre "fortalecimiento de la cultura democrática mediante la educación", en la que participaron varios ministros de Educación y organizaciones de la denominada sociedad civil dedicadas a promover la educación cívica que, desafortunadamente, no contó con representantes de los partidos políticos.
El propósito de la reunión fue revisar cómo los procesos educativos, formales y no formales, pueden contribuir, mediante la educación cívica, a fortalecer la cultura democrática. Y, además, identificar criterios para la elaboración un "programa interamericano para fortalecer los valores democráticos", solicitado por los ministros de educación en su reunión de 2002.
Encuestas efectuadas en varios países del continente evidencian que la confianza en la eficacia de los regímenes democráticos sigue deteriorándose. Las causas son varias, pero entre las más importantes está, sin duda, la incapacidad para atender, con la urgencia necesaria, las demandas económicas y sociales de la población, y especialmente de sus sectores más marginados.
Ante el hecho evidente de que los gobiernos democráticos no están en capacidad de resolver a corto plazo los problemas más angustiosos de sus pueblos, lo que incrementa el desencanto con la democracia, se torna urgente restaurar la fe en el sistema; encontrar alternativas que convenzan a los ciudadanos de que por la vía democrática podrán acceder al desarrollo y al bienestar.
La construcción de una cultura democrática requiere, en primer lugar, de un cambio de actitudes. Para lograrlo, es imprescindible el esfuerzo conjunto de los gobernantes, de los líderes de los partidos políticos y grupos de presión y, especialmente, de los medios de comunicación, que son los que tienen más capacidad para influir, positiva o negativamente, sobre mayores segmentos de la población. Todos ellos pueden fomentar, mediante la educación cívica, la cultura democrática.
La realidad actual, como lo demuestran los diagnósticos más empíricos, es que ninguno de esos actores está cumpliendo la parte de responsabilidad que le corresponde. De allí la oportunidad y pertinencia del encuentro convocado por el Consejo Permanente de la OEA, en el marco de las tareas de seguimiento y desarrollo de la Carta Democrática Interamericana, cuyo capítulo cuarto está consagrado a la "Promoción de la cultura democrática", y que pide que en las tareas de educación cívica se desarrollen "programas y actividades para la educación de la niñez y la juventud".
El proceso electoral que está a punto de culminar, aparte de sus resultados medidos por los votos, también debe servirnos para tomar conciencia del estado de nuestra cultura democrática e identificar acciones para mejorarla, porque de ella dependerá la gobernabilidad de la nación.
Los pasados 12 y 13 de abril, el Consejo Permanente de la OEA celebró una sesión especial sobre "fortalecimiento de la cultura democrática mediante la educación", en la que participaron varios ministros de Educación y organizaciones de la denominada sociedad civil dedicadas a promover la educación cívica que, desafortunadamente, no contó con representantes de los partidos políticos.
El propósito de la reunión fue revisar cómo los procesos educativos, formales y no formales, pueden contribuir, mediante la educación cívica, a fortalecer la cultura democrática. Y, además, identificar criterios para la elaboración un "programa interamericano para fortalecer los valores democráticos", solicitado por los ministros de educación en su reunión de 2002.
Encuestas efectuadas en varios países del continente evidencian que la confianza en la eficacia de los regímenes democráticos sigue deteriorándose. Las causas son varias, pero entre las más importantes está, sin duda, la incapacidad para atender, con la urgencia necesaria, las demandas económicas y sociales de la población, y especialmente de sus sectores más marginados.
Ante el hecho evidente de que los gobiernos democráticos no están en capacidad de resolver a corto plazo los problemas más angustiosos de sus pueblos, lo que incrementa el desencanto con la democracia, se torna urgente restaurar la fe en el sistema; encontrar alternativas que convenzan a los ciudadanos de que por la vía democrática podrán acceder al desarrollo y al bienestar.
La construcción de una cultura democrática requiere, en primer lugar, de un cambio de actitudes. Para lograrlo, es imprescindible el esfuerzo conjunto de los gobernantes, de los líderes de los partidos políticos y grupos de presión y, especialmente, de los medios de comunicación, que son los que tienen más capacidad para influir, positiva o negativamente, sobre mayores segmentos de la población. Todos ellos pueden fomentar, mediante la educación cívica, la cultura democrática.
La realidad actual, como lo demuestran los diagnósticos más empíricos, es que ninguno de esos actores está cumpliendo la parte de responsabilidad que le corresponde. De allí la oportunidad y pertinencia del encuentro convocado por el Consejo Permanente de la OEA, en el marco de las tareas de seguimiento y desarrollo de la Carta Democrática Interamericana, cuyo capítulo cuarto está consagrado a la "Promoción de la cultura democrática", y que pide que en las tareas de educación cívica se desarrollen "programas y actividades para la educación de la niñez y la juventud".
El proceso electoral que está a punto de culminar, aparte de sus resultados medidos por los votos, también debe servirnos para tomar conciencia del estado de nuestra cultura democrática e identificar acciones para mejorarla, porque de ella dependerá la gobernabilidad de la nación.