Cultura nacional, cien años después
NO! NO ESTAMOS aún cumpliendo con el deber que nuestra misión histórica nos exige. Continuamos aún viviendo al margen de nuestros propios destinos. Eramos hace un siglo una teoría de provincia unida a Colombia en tránsito hacia la independencia como Nación.
En verdad, cien años de autonomía política no han sido suficientes para formar conciencia nacional, cultura de base y solidaridad de patriotismo. Pero sí hay algo cierto. El panorama de la cultura nacional adquiere matices diversos según sea el ángulo de contemplación desde donde se le observe.
Por ejemplo, para el hombre de negocios, de ordinario intuitivo y carente de visión analítica, el termómetro de la cultura lo dan los índices de los valores bursátiles; para el político impermeable a todo sentido filosófico, la cultura refleja únicamente el maquiavélico cálculo de las posibilidades de dominio; el intelectual y el artista respirarán el ámbito de la cultura en función del estímulo para su propia creación; el filósofo la mirará como la interferencia de círculos conceptuales en el amplio devenir universal; el moralista, en relación con su mayor o menor distanciamiento de los valores éticos absolutos y el sociólogo la resolverá en una síntesis entre los factores étnicos, geográficos y económicos y la acción autónoma del grupo humano.
Empero, cualquiera que sea el ángulo de contemplación, existirá un hecho en que todos ellos han de converger necesariamente. No todos los pueblos exhiben en la hora actual el mismo grado de cultura; un pueblo no presenta el mismo nivel de progreso a través de las diversas etapas de su historia.
¿Qué nos demuestra esta realidad? En primer término, un hecho protuberante, impresionantemente evidente pero no suficientemente analizado: Entre la mentalidad y las formas de existencia de la "elite" y de la gran masa popular existe una distancia tan grande que casi imposibilita la vida de correlación entre una y otra. Sobre un mismo territorio, englobados en el espacio de una estrecha superficie, coexisten dos pueblos, dos tipos de cultura, dos núcleos humanos, ligados por los vínculos de idéntica nacionalidad pero psicológicamente distanciados. Son dos pueblos, dos humanidades diversas: el hombre y la mujer civilizados de las ciudades y el hombre y la mujer elementales de los campos, las costas y barriadas.
Este hecho constituye, ya lo hemos expresado en varias ocasiones, la cuestión de fondo de la cultura nuestra, la razón causal de la mayor parte de todos los demás problemas, tanto de orden cultural como político y económico.
Quien quiera hallar la raíz más honda de los complejos mentales de nuestras gentes mestizas, que remueva resueltamente este terreno sociológico. Quien quiera buscar rumbos serios y científicos para la orientación de nuestras actividades educativas, que capte en toda su capacidad condicionadora de destino este supuesto humano.
La educación (insisto en decir, la educación integral) será como todos los demás instrumentos que la civilización ha puesto en manos de los hombres y mujeres, un medio para dignificación o para su envilecimiento, según que él sea recta o torcidamente empleado. Pero hay algo más dentro de las nuevas condiciones de la vida moderna: la educación es un imperativo vital. El hombre como la mujer privados de educación fundamental estarán condenados no sólo a permanecer rezagados en la vertiginosa carrera del progreso, sino a ser explotados por los más preparados e instruidos.
Finalmente, recordemos esta verdad histórica: la servidumbre ha revestido varias y diversas formas a través de los tiempos: la antigua fue la de los nobles sobre los plebeyos; la actual sigue siendo la de los ricos sobre los pobres; la futura será la de los profesionales y técnicos sobre los ignorantes.
En verdad, cien años de autonomía política no han sido suficientes para formar conciencia nacional, cultura de base y solidaridad de patriotismo. Pero sí hay algo cierto. El panorama de la cultura nacional adquiere matices diversos según sea el ángulo de contemplación desde donde se le observe.
Por ejemplo, para el hombre de negocios, de ordinario intuitivo y carente de visión analítica, el termómetro de la cultura lo dan los índices de los valores bursátiles; para el político impermeable a todo sentido filosófico, la cultura refleja únicamente el maquiavélico cálculo de las posibilidades de dominio; el intelectual y el artista respirarán el ámbito de la cultura en función del estímulo para su propia creación; el filósofo la mirará como la interferencia de círculos conceptuales en el amplio devenir universal; el moralista, en relación con su mayor o menor distanciamiento de los valores éticos absolutos y el sociólogo la resolverá en una síntesis entre los factores étnicos, geográficos y económicos y la acción autónoma del grupo humano.
Empero, cualquiera que sea el ángulo de contemplación, existirá un hecho en que todos ellos han de converger necesariamente. No todos los pueblos exhiben en la hora actual el mismo grado de cultura; un pueblo no presenta el mismo nivel de progreso a través de las diversas etapas de su historia.
¿Qué nos demuestra esta realidad? En primer término, un hecho protuberante, impresionantemente evidente pero no suficientemente analizado: Entre la mentalidad y las formas de existencia de la "elite" y de la gran masa popular existe una distancia tan grande que casi imposibilita la vida de correlación entre una y otra. Sobre un mismo territorio, englobados en el espacio de una estrecha superficie, coexisten dos pueblos, dos tipos de cultura, dos núcleos humanos, ligados por los vínculos de idéntica nacionalidad pero psicológicamente distanciados. Son dos pueblos, dos humanidades diversas: el hombre y la mujer civilizados de las ciudades y el hombre y la mujer elementales de los campos, las costas y barriadas.
Este hecho constituye, ya lo hemos expresado en varias ocasiones, la cuestión de fondo de la cultura nuestra, la razón causal de la mayor parte de todos los demás problemas, tanto de orden cultural como político y económico.
Quien quiera hallar la raíz más honda de los complejos mentales de nuestras gentes mestizas, que remueva resueltamente este terreno sociológico. Quien quiera buscar rumbos serios y científicos para la orientación de nuestras actividades educativas, que capte en toda su capacidad condicionadora de destino este supuesto humano.
La educación (insisto en decir, la educación integral) será como todos los demás instrumentos que la civilización ha puesto en manos de los hombres y mujeres, un medio para dignificación o para su envilecimiento, según que él sea recta o torcidamente empleado. Pero hay algo más dentro de las nuevas condiciones de la vida moderna: la educación es un imperativo vital. El hombre como la mujer privados de educación fundamental estarán condenados no sólo a permanecer rezagados en la vertiginosa carrera del progreso, sino a ser explotados por los más preparados e instruidos.
Finalmente, recordemos esta verdad histórica: la servidumbre ha revestido varias y diversas formas a través de los tiempos: la antigua fue la de los nobles sobre los plebeyos; la actual sigue siendo la de los ricos sobre los pobres; la futura será la de los profesionales y técnicos sobre los ignorantes.