Cuota de lujuria
No somos expertos en la materia, ni tampoco deseamos serlo. Toda sociedad tiene sus límites en lo que atañe a los niveles individuales y colectivos de sexo y sus colaterales. También hay patologías que a más de enfermar son inaceptables, dependiendo del grado de moralidad reinante en las sociedades. Recordamos algunas películas que se han hecho sobre aspectos de la homosexualidad y sobre el libertinaje. También influye en el asunto la orientación de vida que tienen las diferentes clases sociales, e incluso las religiones, por lo que se han empleado las expresiones "moral puritana" y otras por el estilo.
Los aficionados a la literatura antigua saben que hubo épocas en Roma en que predominaban, en las cúpulas sociales, los famosos bacanales, sustantivo derivado del dios del vino (Baco) y en más de una película no faltan las recurrentes muestras de tales excesos, casi siempre perjudiciales a la salud. Pero en los grupos humanos de los últimos siglos, los niveles de tolerancia han sido cambiantes, casi siempre en progresión que se aproxima al escándalo, lo que decimos sin ser moralistas, ni chapados a la antigua.
Hasta hace poco, hablando en términos de unos cuatro siglos, incluso hasta el XIX, una mujer, en su vestimenta, no mostraba ni el pie, ni los tobillos, lo que illo témpore era escandaloso. Hoy exhiben hasta el ombligo en buena cantidad de casos y por todo el mundo, sin rubor de ellas y mucho menos de los hombres que las admiran.
222 Lo primero que llama la atención de este "movimiento teatral" son los títulos que se gastan las susodichas piezas, como invitación al sensacionalismo sexual, que creemos la peor clase del sensacionalismo.
Las anteriores líneas vienen a cuenta, porque los propagandistas de espectáculos, algunos generalmente inofensivos, como el teatro, ya propalan, aquí y en otras partes, las bondades de ciertas representaciones inclinadas hacia la exhibición de intimidades de toda clase, predominantemente sexuales, y hasta con matices de perversión. Nos llamó mucho la atención, hace años, una obra inglesa de cuyas presentaciones derivaron la película Los Chicos de la Banda, cofradía de homosexuales atrapados por una trampa muy ingeniosa y que incluso brindaba escenas que disculpaban a los personajes, todos ligados por diferentes grados de homosexualidad. Hubo también, hace años, películas italianas, principalmente comedias, que guardaban la compostura y se hacían aceptables (La Jaula de las Locas, etc.). Pero otra cosa es, sin duda alguna, la pornografía, en los teatros de "bajos fondos". Lo que nunca nos atrajo en ninguna forma, debido a que "los avances" eran espeluznantes, sin diversión ni humor, lo que podría ser digerible para ese nivel de la humana bestialidad.
Después de los Monólogos de la Vagina, de Eva Ender, que en Panamá tuvo cierta propaganda, ahora tratan de entusiasmarnos con su réplica, titulada Confesiones del Pene, obra teatral del argentino José Montero, que ha venido "triunfando" en varios países latinoamericanos y en España, cosa última que no es rara, porque a la muerte del tirano Franco, se produjo lo que en la Madre Patria llamaron El Destape, en una sociedad agarrotada por el puritanismo y la hipocresía, con su célebre frase, impuesta por el Generalísimo, de Dios y Franco, binomio que para algunos se traducía en la Gloria y el Infierno.
Lo primero que llama la atención de este "movimiento teatral" son los títulos que se gastan las susodichas piezas, como invitación al sensacionalismo sexual, que creemos la peor clase del sensacionalismo. Nos referimos al uso público y propagandístico de algunas palabras. No le tememos al uso de palabras designantes del sexo, que a veces son denominaciones científicas, si bien en ocasiones "el vulgo" les endosa empleos "degradados". Pero las hay que no pasan de ser pura pornografía, a veces en nombre de la liberación femenina y de la liberación de los hombres, aunque creemos que en esta materia, los varones no necesitamos ninguna liberación pública. Cuidado, pues; muchos cuidados con los Monólogos de la Vagina, y ya de nombre más cargado, las Confesiones del Pene.
Para terminar este artículo, que podría enredársenos si continuamos con el tema y con los edificantes títulos, aun en el modo inofensivo que hemos adoptado, la atenuante reside en que ha sido Norman Douglas, el director salvadoreño-panameño, quien ha sabido depararnos muestras extraordinarias del teatro contemporáneo y también del clásico, por ya numerosos años. Veremos si el sello de Douglas nos anima y podamos apreciar su muestra en este terreno, que por edad nuestra, no nos alienta mucho. Cada cosa en su tiempo.
Los aficionados a la literatura antigua saben que hubo épocas en Roma en que predominaban, en las cúpulas sociales, los famosos bacanales, sustantivo derivado del dios del vino (Baco) y en más de una película no faltan las recurrentes muestras de tales excesos, casi siempre perjudiciales a la salud. Pero en los grupos humanos de los últimos siglos, los niveles de tolerancia han sido cambiantes, casi siempre en progresión que se aproxima al escándalo, lo que decimos sin ser moralistas, ni chapados a la antigua.
Hasta hace poco, hablando en términos de unos cuatro siglos, incluso hasta el XIX, una mujer, en su vestimenta, no mostraba ni el pie, ni los tobillos, lo que illo témpore era escandaloso. Hoy exhiben hasta el ombligo en buena cantidad de casos y por todo el mundo, sin rubor de ellas y mucho menos de los hombres que las admiran.
222 Lo primero que llama la atención de este "movimiento teatral" son los títulos que se gastan las susodichas piezas, como invitación al sensacionalismo sexual, que creemos la peor clase del sensacionalismo.
Las anteriores líneas vienen a cuenta, porque los propagandistas de espectáculos, algunos generalmente inofensivos, como el teatro, ya propalan, aquí y en otras partes, las bondades de ciertas representaciones inclinadas hacia la exhibición de intimidades de toda clase, predominantemente sexuales, y hasta con matices de perversión. Nos llamó mucho la atención, hace años, una obra inglesa de cuyas presentaciones derivaron la película Los Chicos de la Banda, cofradía de homosexuales atrapados por una trampa muy ingeniosa y que incluso brindaba escenas que disculpaban a los personajes, todos ligados por diferentes grados de homosexualidad. Hubo también, hace años, películas italianas, principalmente comedias, que guardaban la compostura y se hacían aceptables (La Jaula de las Locas, etc.). Pero otra cosa es, sin duda alguna, la pornografía, en los teatros de "bajos fondos". Lo que nunca nos atrajo en ninguna forma, debido a que "los avances" eran espeluznantes, sin diversión ni humor, lo que podría ser digerible para ese nivel de la humana bestialidad.
Después de los Monólogos de la Vagina, de Eva Ender, que en Panamá tuvo cierta propaganda, ahora tratan de entusiasmarnos con su réplica, titulada Confesiones del Pene, obra teatral del argentino José Montero, que ha venido "triunfando" en varios países latinoamericanos y en España, cosa última que no es rara, porque a la muerte del tirano Franco, se produjo lo que en la Madre Patria llamaron El Destape, en una sociedad agarrotada por el puritanismo y la hipocresía, con su célebre frase, impuesta por el Generalísimo, de Dios y Franco, binomio que para algunos se traducía en la Gloria y el Infierno.
Lo primero que llama la atención de este "movimiento teatral" son los títulos que se gastan las susodichas piezas, como invitación al sensacionalismo sexual, que creemos la peor clase del sensacionalismo. Nos referimos al uso público y propagandístico de algunas palabras. No le tememos al uso de palabras designantes del sexo, que a veces son denominaciones científicas, si bien en ocasiones "el vulgo" les endosa empleos "degradados". Pero las hay que no pasan de ser pura pornografía, a veces en nombre de la liberación femenina y de la liberación de los hombres, aunque creemos que en esta materia, los varones no necesitamos ninguna liberación pública. Cuidado, pues; muchos cuidados con los Monólogos de la Vagina, y ya de nombre más cargado, las Confesiones del Pene.
Para terminar este artículo, que podría enredársenos si continuamos con el tema y con los edificantes títulos, aun en el modo inofensivo que hemos adoptado, la atenuante reside en que ha sido Norman Douglas, el director salvadoreño-panameño, quien ha sabido depararnos muestras extraordinarias del teatro contemporáneo y también del clásico, por ya numerosos años. Veremos si el sello de Douglas nos anima y podamos apreciar su muestra en este terreno, que por edad nuestra, no nos alienta mucho. Cada cosa en su tiempo.