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Curiosidad suicida y homicida


Resulta impresionante la disposición de nuestro pueblo a curiosear, a veces con impertinencia obstructiva, sobre todo, los hechos en las vías públicas, aunque resulte peligroso asomarse, y peor aún, entrar al área de los sucesos. En el accidente del pasado lunes en el Puente de las Américas, en el cual hubo muerte y heridos, fue tal la aglomeración de gente que ocupó el espacio, que la vía quedo obstruida. De nada valieron los incesantes llamados a desalojar para darle entrada a las ambulancias y al cuerpo médico que acudió a prestar sus servicios. La turbamulta permaneció sorda e indiferente.

En casos como esos, la vida de un herido puede depender de la prontitud con la cual sea médicamente atendido. Quienquiera que se constituya en obstáculo para ese auxilio, aunque sea inocentemente, se convierte moralmente en homicida. Extrañamente, tras oír gritos y ruidos de cualquier índole, incluyendo de disparos, muchas personas que se hallan en casa, corren hacia ventanas y balcones a ver qué pasa. Craso error. No son pocos los que han perdido la vida por asomarse sucumbiendo a un fuerte impulso de curiosidad. Curiosidad suicida.

Hace algunos años se evacuó al Ministerio de Comercio cuando quedaba en Avenida Cuba, debido a una llamada anónima denunciando que allí estallaría una bomba. El personal se agolpó en la acera de enfrente con ávidas miradas fijas en el edificio. Curiosamente no deseaban perderse el espectáculo. La alarma resultó ser falsa. De haber estallado, una feroz lluvia de trozos de hierro, vidrio y piedra de las paredes del edificio se hubieran precipitado contra los espectadores, quienes se habrían convertido en inocentes y curiosos suicidas.

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