Daniel Ortega
Ironía de ironías. En 1979 Daniel Ortega asumió la presidencia de Nicaragua, unos 20 años después de la guerra que dirigió el Frente Sandinista contra la dictadura de Somoza. Millares de muertos costó la otrora victoria rojinegra, perdida 11 años después. Diecisiete años más tarde, Ortega vuelve al poder sin disparar un solo tiro, en medio de un torneo electoral, marcando las acentuadas diferencias entre una época y otra. Que en las filas de su gobierno estén presentes desde los propios sandinistas hasta connotados miembros de la antigua policía somocista, integrantes de la famosa "contra", pasando por conocidos demócratas cristianos, corroboran la alusión al cambio.
Pero ¿hasta dónde habrá cambiado Ortega y los demás sandinistas que lo acompañan? ¿Habrá cambiado su obstinación sempiterna y sin matices contra Estados Unidos? ¿Habrá cambiado la guerra abierta a lo que llamaban la burguesía nicaragüense? ¿Cuál es el enfoque que en el marco nacional traerá el gobierno de Ortega, para un país donde acabar con el hambre es el principal reto? Y en el plano regional, ¿qué enfoque presentará, entre el extremismo absurdo de Chávez, el indigenismo obtuso de Evo Morales y la moderación de regímenes como los de Chile o Brasil?
Pragmáticamente, Ortega está obligado a ensayar una política que parta por consultar y satisfacer las urgencias de un electorado que optó por él, y no en busca de retornos a un pasado dramático y conflictivo, sino por la solución de sus problemas más agudos, y por la inserción efectiva y activa de Nicaragua dentro de los procesos democráticos que vive América Latina. El extremismo de su primera etapa como gobernante podría atribuirse a su juventud, a la ceguera que pudo haberle dejado esa especie de loa a la guerra y la montaña. Diecisiete años después, sería lamentable verlo cometer los mismos errores, sin reconocer que si bien su elección demuestra los cambios que hay en Nicaragua, debe ser su compromiso actuar también con cambios renovados, para fortalecer la democracia, la lucha contra la pobreza, la economía de mercado y dejar de lado utopías que, si bien permitían alucinar al alma, enterraban toda perspectiva concreta de desarrollo.
Pero ¿hasta dónde habrá cambiado Ortega y los demás sandinistas que lo acompañan? ¿Habrá cambiado su obstinación sempiterna y sin matices contra Estados Unidos? ¿Habrá cambiado la guerra abierta a lo que llamaban la burguesía nicaragüense? ¿Cuál es el enfoque que en el marco nacional traerá el gobierno de Ortega, para un país donde acabar con el hambre es el principal reto? Y en el plano regional, ¿qué enfoque presentará, entre el extremismo absurdo de Chávez, el indigenismo obtuso de Evo Morales y la moderación de regímenes como los de Chile o Brasil?
Pragmáticamente, Ortega está obligado a ensayar una política que parta por consultar y satisfacer las urgencias de un electorado que optó por él, y no en busca de retornos a un pasado dramático y conflictivo, sino por la solución de sus problemas más agudos, y por la inserción efectiva y activa de Nicaragua dentro de los procesos democráticos que vive América Latina. El extremismo de su primera etapa como gobernante podría atribuirse a su juventud, a la ceguera que pudo haberle dejado esa especie de loa a la guerra y la montaña. Diecisiete años después, sería lamentable verlo cometer los mismos errores, sin reconocer que si bien su elección demuestra los cambios que hay en Nicaragua, debe ser su compromiso actuar también con cambios renovados, para fortalecer la democracia, la lucha contra la pobreza, la economía de mercado y dejar de lado utopías que, si bien permitían alucinar al alma, enterraban toda perspectiva concreta de desarrollo.