De CLICAC, libre competencia y cervecerías
Efecto de la globalización del comercio y de su resultante apertura de mercados, con el progresivo destrabe de las importaciones extranjeras, los empresarios del mundo se han visto forzados a competir con sus similares del mundo y no como antes, con tan solo los del patio. Las barreras proteccionistas que otrora les aseguraban el mercado local, están cayendo, como consecuencia de las nuevas reglas.
El fenómeno, que tiene de plácemes a los consumidores del mundo, que ahora pueden escoger los mejores y más baratos productos del planeta, implica para los empresarios su ventaja y su desventaja. Al tiempo que los obliga a optar entre perecer o ser eficientes frente al competidor foráneo, les abre al universo como mercado, con posibilidades de crecer hasta el infinito si su voluntad y capacidad se lo permiten. ¿Capacidad? Hablemos de ella.
En buena medida, el origen de las corporaciones en la Edad Media se debió a la necesidad de los pequeños comerciantes de unir fuerzas y capitales para crecer y hacer más negocios. Nacieron así los grandes bancos, las compañías navieras, las aseguradoras y manufactureras. La Revolución Industrial, al igual que la explosión tecnológica de hoy, cabalgó entonces sobre los hombros de la concentración de capitales.
En buena medida, la mundialización de hoy es una vuelta a los orígenes. La regla del juego es crecer y concentrarse para competir, ganar más y ser más fuertes. Y en ese escenario, las CLICAC del planeta, procuran que tal amalgama no termine eliminando la competencia en manos de unos pocos que, liberados del acicate de quien pise sus talones, dicten a su arbitrio los precios y mermen la calidad del producto en contra del consumidor.
Otra regla elemental es pues, que las concentraciones son bienvenidas, siempre que no afecten adversamente la competencia. Pero nuestra CLICAC lo ignora. En un país de tan ínfimo mercado, que es el nuestro, la colombiana Baviara, que adquirió recientemente la Cervecería Nacional y que se proponía hacer igual con la Cervecería del Barú, para estar en mejor condición de competir con las gigantes del planeta en nuestro mercado y en el extranjero, ha visto su solicitud de adquisición de la última rechazada.
Con miopía inexplicable, CLICAC no entiende que nuestras dos cervecerías, tal cual estaban antes, no tenían la menor oportunidad de subsistir contra la infinidad de producto extranjero que inunda al mercado local a bajos precios y calidad. Su venta era cuestión de sobrevivir no de competir.
Y en ese escenario, habiendo Cervecería Nacional consolidado su posición con su venta al grupo Bavaria, quedaba frente a ella y frente al conjunto de las demás cervezas extranjeras, como un David frente a Goliat, en solitario, la Cervecería del Barú, en más precaria posición competitiva que antes, con tan sólo la lejana esperanza especulativa de ser rematada a un tercero.
Obviamente, los accionistas de Cervecería del Barú están siendo perjudicados, pues su derecho constitucional de propiedad, que implica el de vender a quien quiera, cuando quiera y por cuanto quiera, ha sido pisoteado por la CLICAC so pretexto de salvaguardar una competencia que está doblemente garantizada, por la increíble oferta de Bavaria de casi regalar el producto a bajos precios, y por la concurrencia de infinidad de otros productos.
El fenómeno, que tiene de plácemes a los consumidores del mundo, que ahora pueden escoger los mejores y más baratos productos del planeta, implica para los empresarios su ventaja y su desventaja. Al tiempo que los obliga a optar entre perecer o ser eficientes frente al competidor foráneo, les abre al universo como mercado, con posibilidades de crecer hasta el infinito si su voluntad y capacidad se lo permiten. ¿Capacidad? Hablemos de ella.
En buena medida, el origen de las corporaciones en la Edad Media se debió a la necesidad de los pequeños comerciantes de unir fuerzas y capitales para crecer y hacer más negocios. Nacieron así los grandes bancos, las compañías navieras, las aseguradoras y manufactureras. La Revolución Industrial, al igual que la explosión tecnológica de hoy, cabalgó entonces sobre los hombros de la concentración de capitales.
En buena medida, la mundialización de hoy es una vuelta a los orígenes. La regla del juego es crecer y concentrarse para competir, ganar más y ser más fuertes. Y en ese escenario, las CLICAC del planeta, procuran que tal amalgama no termine eliminando la competencia en manos de unos pocos que, liberados del acicate de quien pise sus talones, dicten a su arbitrio los precios y mermen la calidad del producto en contra del consumidor.
Otra regla elemental es pues, que las concentraciones son bienvenidas, siempre que no afecten adversamente la competencia. Pero nuestra CLICAC lo ignora. En un país de tan ínfimo mercado, que es el nuestro, la colombiana Baviara, que adquirió recientemente la Cervecería Nacional y que se proponía hacer igual con la Cervecería del Barú, para estar en mejor condición de competir con las gigantes del planeta en nuestro mercado y en el extranjero, ha visto su solicitud de adquisición de la última rechazada.
Con miopía inexplicable, CLICAC no entiende que nuestras dos cervecerías, tal cual estaban antes, no tenían la menor oportunidad de subsistir contra la infinidad de producto extranjero que inunda al mercado local a bajos precios y calidad. Su venta era cuestión de sobrevivir no de competir.
Y en ese escenario, habiendo Cervecería Nacional consolidado su posición con su venta al grupo Bavaria, quedaba frente a ella y frente al conjunto de las demás cervezas extranjeras, como un David frente a Goliat, en solitario, la Cervecería del Barú, en más precaria posición competitiva que antes, con tan sólo la lejana esperanza especulativa de ser rematada a un tercero.
Obviamente, los accionistas de Cervecería del Barú están siendo perjudicados, pues su derecho constitucional de propiedad, que implica el de vender a quien quiera, cuando quiera y por cuanto quiera, ha sido pisoteado por la CLICAC so pretexto de salvaguardar una competencia que está doblemente garantizada, por la increíble oferta de Bavaria de casi regalar el producto a bajos precios, y por la concurrencia de infinidad de otros productos.