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De conquistas y conquistadores


Cuando se habla de conquistas, hay que tomar en cuenta que jamás un pueblo conquistó a otro para hacer el bien, para ayudarlos o para salvarlos de algún mal. Si hubo algo bueno, fue después que la conquista tuvo éxito y el conquistador grandes beneficios.
Desde sus remotos orígenes, el hombre fue el depredador por excelencia. Jamás se detuvo ante nada para conquistar a sus vecinos ni renunció a quitarles todo lo que pudo; bienes, comida y mujeres. Jamás dejó de esclavizar, matar y robar. La historia de la humanidad no ha sido otra que la historia de injusticias, crímenes, torturas y robos, historia que no ha cambiado, solamente han cambiado los métodos, antes fue con la espada, ahora con el dinero.
Se ha criticado mucho a los conquistadores españoles del continente americano, sólo se les ha medido por sus crueldades olvidando lo fundamental. Como la enseñanza de la historia es deficiente y más lo es la facultad en aprenderla, comprenderla y retenerla, y por oscuras razones ancestrales, nos complace aceptar como artículo de fe, el lado desagradable que tienen todos los actos humanos, especialmente los nuestros.
Si retrocediéramos siglos atrás en la historia, podríamos encontrarnos con los grandes conquistadores, cuyos actos desconocemos. De Mongolia, en el desierto de Gobi al norte de la China, Gengis Khan, jefe de una numerosa tribu, decide emprender la conquista de sus vecinos. Sus métodos fueron brutales, por donde pasaron él y su grupo arrasaron todo; violaron mujeres, degollaron hombres, quemaron aldeas, llegaron hasta el Danubio y cuando se retiraron, no dejaron nada digno de mención, excepto, el aspecto mongoloide que aún hoy podemos ver en algunos rubios polacos y en la Europa central.
El Gran Mogul de la India no fue diferente aunque, hijo de una cultura más desarrollada, trató, después de sus conquistas, mostrar alguna tolerancia con los vencidos, colonizarlos y atraerlos a su cultura.
Los árabes, en su marcha de conquista en el norte de Africa y luego en Europa, no fueron más bondadosos. Aunque ya más evolucionados, lograron dejar monumentos imperecederos, especialmente en España; la mano fuerte y despiadada jamás aflojó. En el sur de Africa, en la tierra de los zulúes surge la figura de un guerrero que revolucionó la forma de pelear, y fue duro, cruel e implacable con los vencidos. Shacha fue tan genial como cruel. Mahoma no pudo conquistar, lo que Cristo conquistó con la palabra, y decide, como los predicadores actuales, fundar una religión política y guerrera, lo que logró en forma despiadada, concepto que sus seguidores aún practican.
Muchos siglos antes de Cristo, persas y griegos luchaban ferozmente, aunque lo hicieran entre edificios y estatuas de singular belleza, y entre filósofos graves y pensativos.
Alejandro de Macedonia, que se decía hijo de Dioses, emprendió una monumental conquista que llegó hasta la India y tampoco fue ni blando, ni misericordioso.
El Imperio Romano, el más grande y mejor organizado de todos los imperios y el de mayor trascendencia junto al español, no fue diferente. Como todos los conquistadores, fueron implacables, pero dejaron una labor civilizadora que ha perdurado; atrevidas obras de ingeniería y arquitectura, un idioma que aún sirve de modelo para el estudio de los idiomas modernos. Uno de sus más destacados generales Cayo Julio César, brillante estratega y escritor clásico, así como soberbio y vanidoso, dejó una obra que sirvió hasta hace poco como libro de texto para el estudio del latín Comentarios de las Guerras de los Galias, (De Bellium Gallium) en el que hace, sin rodeos, una detallada descripción de cómo dispuso de los guerreros galos que rehusaron someterse. No hubo piedad, César así lo acepta y no lo esconde, ni lo excusa.
No hay que olvidar la conquista de la India por los ingleses Clive y Hastings, quienes no fueron menos crueles, sin mostrar, ninguno de ellos, la grandeza que manifestaron muchos conquistadores españoles como Cortés, Vásquez de Coronado y otros. Los ingleses fueron implacables, aunque Lord Macaunly trató de justificarlos, fiel a lo suyo como buen inglés. Organizados y fríos en sus métodos de sometimiento. Nadie lo recuerda, pocos lo saben y a menos les importa.
Le toca el turno a España, la de la Leyenda Negra y Bartolomé de las Casas, leyenda fomentada por Inglaterra, aceptada con gusto por sus parientes de Norteamérica y acatada por los seudo-intelectuales de Hispanoamérica con valientes y magníficas excepciones. Según esta especie de réprobas, los "conquistadores bárbaros se llevaron todo y no dejaron nada". España lucha durante 800 años contra la invasión de los árabes. Nadie pide ni da cuartel. Hay momentos de tregua, pero la lucha continuaba, el grupo de avanzada fueron los hombres del sur de España. Andalucía y Extremadura fueron la espina irritante en el talón de los musulmanes. Los nacidos en ese pedazo; en extremo duro, son hombres igualmente duros, templados en el trabajo y en las batallas, no temen a nada, ni hay obstáculos que los detengan.
Ganada la batalla de 800 años, con la caída de Granada en 1492, inmediatamente surge el descubrimiento de América y los otrora recios soldados se lanzan a la conquista y a la aventura. El temple adquirido en siglos de lucha, el fervor religioso, casi místico y la posibilidad de una vida mejor, los volcaron sobre el continente como hormigas y en el transcurso de medio siglo penetraron en un mundo para entonces desconocido; todo era diferente y distinto, árboles, ríos, cordilleras, desiertos, alimentos, animales y todo en una magnitud hasta entonces jamás vista. Ríos anchos como mares, desiertos infinitos, cuyos extremos se perdían en el horizonte; nada los detuvo; con rapidez audaz y asombrada imprudencia dieron a España un imperio casi dos veces mayor que toda Europa.
El genio del chileno Neruda lo sintetiza en unas cortas palabras: "Estos, los conquistadores, andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas"; "todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, etc". Según Neruda, lo único bueno que dejaron fue la Palabra; "las palabras que se quedaron aquí resplandecientes..." El idioma (hoy agónico). Y concluye, "se llevaron el oro y nos dejaron el oro. Nos dejaron el idioma".
Fueron hombres de carne y hueso con todo lo bueno y lo malo inmanente al ser humano. Ni la Odisea, ni la Ilíada tienen héroes como éstos. Son hombres, seres humanos. No son hijos de Marte ni de Neptuno, ni como Aquiles, descendiente de Nereo, dios marino. O como Sigfrido casi inmortal por bañarse con la sangre de un dragón, salvo que una hoja le cayó en la espalda, y dejó un punto débil, un punto humano, o como Ulises descendiente del dios Mercurio con su talón débil de ser humano.
Para el año de 1510, 18 años después del descubrimiento, ya el nuevo continente bullía, hormigueaba de hombres, caminaban a "zancadas" en todas direcciones, sin saber a dónde iban, pero llegaban, fundaban poblaciones, y continuaban adelante sin que nada los detuviera y dejaron todo un continente abierto a la esperanza, que, desgraciadamente, palidecería con el tiempo.
Casi doscientos años más tarde, aparecen los anglosajones, el camino ya está allanado, desde la Florida en diagonal a Seatle en el noroeste del continente ya habían caminado los hombres de las grandes zancadas. Los ingleses se establecen y detrás de ellos, media Europa empieza a mudarse, se organizan, prosperan, la tierra les favorece, se parece mucho a la Europa que dejaron, solamente que no había fronteras; todo era inmenso, extenso, infinito. Los indios, los aborígenes, les impiden en cierta forma la marcha hacia el Oeste. Con características disciplina sajona, cálculo frío y organización, se disponen a eliminarlos y lo logran. "El único bueno, es el indio muerto" y pusieron manos a la obra. El exterminio fue metódico y eficiente, siempre lo fue en todo. Es por mucho tiempo, un grupo con un solo propósito y un destino manifiesto. En 200 años lograron lo que no se pudo en los 16 millones de años anteriores.
La leyenda negra, la que culpa los españoles de todos nuestros males y convierte a los conquistadores en los más crueles jamás vistos, le vino a esta pujante nación, muy a tiempo. El floreciente arte de la cinematografía les da la oportunidad de convertir en héroes a asesinos y villanos, y a justificar la metódica matanza de los indios.
La humanidad solamente ha conocido un conquistador y revolucionario que llevó a cabo el único cambio y la única conquista que logró alterar para siempre y para beneficio de la humanidad, el curso de la historia "por los siglos de los siglos" sin derramar una sola gota de sangre que no fuera su propia sangre, en el momento de su muerte. No dejó libro alguno alabándose; las alabanzas vinieron después y de quienes jamás lo conocieron. No tuvo generales de brillantes uniformes ni políticos de enardecedora elocuencia. Tuvo amigos pobres que evitarían que al morir él, terminaran su conquista y su revolución. Su conquista benefició a todo el género humano, inclusive a sus más encarnizados enemigos religiosos. Este conquistador excepcional y único se llamó: ¡Jesús de Nazaret!.

101 años de Panamá América

 
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