De contabilidad pública y conspiración
En un escrito publicado en este diario, Ricardo Arias Calderón advirtió los riesgos de la medida estadística del gobierno, de consolidar los resultados del Gobierno Central con las de la Autoridad del Canal de Panamá (ACP). En ese momento e inclusive después de que el gobierno la anunció formalmente, sus objeciones a la decisión fueron explicadas, igual que siempre, con respeto, razón y respetable base técnica. La presidenta Mireya Moscoso respondió advirtiendo la existencia de una conspiración para derrocarla o para desestabilizar a su gobierno, promovida por locales, incluyendo a Arias Calderón, y a extranjeros.
No es la primera (ni probablemente será la última) vez que ella y su gobierno responda a severas críticas de fondo a su gestión, no con razones y argumentos de peso y contenido, sino con descalificadores cargos personales e insinuaciones de "complots". Algunos atribuyen ese tipo de reacción al hecho de que el líder máximo de su partido y difunto esposo, Arnulfo Arias, fuera derrocado del poder tres veces. La historia personal y colectiva de ella y su partido puede haber creado una condición sicológica de paranoia. Ese diagnóstico resultaría una explicación fácil de reacciones que implican complejos colectivos de persecución. Sin embargo, hay otras.
En general, gente sin argumento recurre a las hipótesis de conspiración en todos los ámbitos, ya sean políticos, económicos, negocios o sociales, porque son fáciles de elaborar y muy difíciles de improbar, al tiempo que desvían la discusión sobre el cargo que se les formula y que son incapaces de enfrentar con inteligencia. Inmediatamente después del ataque al World Trade Center se dijo que la Mossad israelí era la única con la capacidad de ejecutar semejante atrocidad y su motivación era clara: ganar gran animosidad de parte de los Estados Unidos para con los árabes y así garantizar el apoyo de ese país a la causa judía. Hace no mucho un periodista en África escribió que la situación deficitaria de ese continente era producto de los superávit que mantenían América y Europa; sin embargo, África sólo representa el 2% del comercio mundial.
No todas las conspiraciones son irreales. El Holocausto ocurrió y, mientras muchos advertían sobre la existencia de los campos de concentración y las atrocidades que se cometían en los mismos, pocos creían que era verdad. El problema de utilizar teorías de conspiración como mecanismo de defensa es que genera incredulidad, pesimismo y usualmente degenera en errores. Osama Bin Laden cree genuinamente en que está librando una batalla contra enemigos reales. Igual ocurrió con Adolf Hitler.
En fin, las teorías de conspiración son una herramienta más en el inventario de estrategias políticas y se prestan para distraer y confundir, y hasta para calumniar, injuriar, reprimir y exiliar. En esta ocasión, la Presidenta la utilizó otra vez contra su detractor, generando alguna cohesión entre sus copartidarios y simpatizantes, y mucha distracción respecto al trascendental problema de fondo (nada menos que la contabilidad de las finanzas públicas), cuyo necesario debate queda una vez más inconcluso. Por fortuna, a la postre, la verdad de los hechos trasciende dejando la realidad al descubierto.
No es la primera (ni probablemente será la última) vez que ella y su gobierno responda a severas críticas de fondo a su gestión, no con razones y argumentos de peso y contenido, sino con descalificadores cargos personales e insinuaciones de "complots". Algunos atribuyen ese tipo de reacción al hecho de que el líder máximo de su partido y difunto esposo, Arnulfo Arias, fuera derrocado del poder tres veces. La historia personal y colectiva de ella y su partido puede haber creado una condición sicológica de paranoia. Ese diagnóstico resultaría una explicación fácil de reacciones que implican complejos colectivos de persecución. Sin embargo, hay otras.
En general, gente sin argumento recurre a las hipótesis de conspiración en todos los ámbitos, ya sean políticos, económicos, negocios o sociales, porque son fáciles de elaborar y muy difíciles de improbar, al tiempo que desvían la discusión sobre el cargo que se les formula y que son incapaces de enfrentar con inteligencia. Inmediatamente después del ataque al World Trade Center se dijo que la Mossad israelí era la única con la capacidad de ejecutar semejante atrocidad y su motivación era clara: ganar gran animosidad de parte de los Estados Unidos para con los árabes y así garantizar el apoyo de ese país a la causa judía. Hace no mucho un periodista en África escribió que la situación deficitaria de ese continente era producto de los superávit que mantenían América y Europa; sin embargo, África sólo representa el 2% del comercio mundial.
No todas las conspiraciones son irreales. El Holocausto ocurrió y, mientras muchos advertían sobre la existencia de los campos de concentración y las atrocidades que se cometían en los mismos, pocos creían que era verdad. El problema de utilizar teorías de conspiración como mecanismo de defensa es que genera incredulidad, pesimismo y usualmente degenera en errores. Osama Bin Laden cree genuinamente en que está librando una batalla contra enemigos reales. Igual ocurrió con Adolf Hitler.
En fin, las teorías de conspiración son una herramienta más en el inventario de estrategias políticas y se prestan para distraer y confundir, y hasta para calumniar, injuriar, reprimir y exiliar. En esta ocasión, la Presidenta la utilizó otra vez contra su detractor, generando alguna cohesión entre sus copartidarios y simpatizantes, y mucha distracción respecto al trascendental problema de fondo (nada menos que la contabilidad de las finanzas públicas), cuyo necesario debate queda una vez más inconcluso. Por fortuna, a la postre, la verdad de los hechos trasciende dejando la realidad al descubierto.