De elecciones, reelecciones y otras lecciones
Sin duda alguna, la campaña electoral que vivimos los panameños tiene una serie de lecciones que deberán servir a las futuras generaciones para comprender cómo no se hace política. Como una gran pesadilla de un bestiario desenfrenado, en que el sutil movimiento rastrero de la serpiente se confunde con el aullido hambriento del lobo o el estridente chillido de los monos en la copa de un árbol, nuestra fauna política hace los más denodados esfuerzos por imponer sus ancestrales impulsos sobre la comedida racionalidad del hombre que aspira al poder político. Transgrediendo la simple lógica que proporciona el sentido común, nuestros candidatos a puestos de elección pasan de lo trágico a lo cómico sin sentir el menor agobio por lo ridículo de sus pretensiones ni el más elemental respeto a la inteligencia de los electores quienes, en lugar de sentirse ofendidos, han comprendido lo bizarro del juego y se divierten a sus anchas con el espectáculo circense que brindan las televisoras, los programas radiales de opinión, las caravanas, los discursos, debates y demás eventos de la agenda cotidiana.
En primer lugar, basta con repasar los listados de candidatos de los respectivos partidos para darse cuenta de la desenfrenada carrera de candidaturas sin la menor opción de triunfo y sin el menor requisito para la postulación.
Periodistas, empresarios, profesores, dirigentes sindicales, deportistas, ecologistas, defensores de derechos ciudadanos, médicos, promotores de campañas antidrogas, pastores religiosos, folkloristas, etc., se han lanzado por el despeñadero de la actividad política con la engañosa convicción de un mesianismo social del cual se consideran gestores y epicentro. Todo parece indicar que el criterio de selección radica en la estrecha popularidad que le brinda el desempeño en la actividad y no las verdaderas dotes y capacidades que se debe poseer para el ejercicio de la política con miras al bienestar colectivo.
Como consecuencia lógica, la pobre articulación de los discursos, lo pueril de los argumentos y lo risible de los lemas están en el orden del día y de las publicitarias que hacen su navidad en verano. Basta con conducir por arriba o por debajo de un paso vehicular o peatonal para bajar el "stress" con los histriónicos lemas de identificación que, en grandes letreros y luminosos colores, promocionan la campaña de algún desconocido. Un oportuno concurso de los peores "slogans" publicitarios de la campaña le daría un ventajoso "rating" a cualquier programa humorístico en televisión y pudiera servirle a los estudiantes de publicidad para aprender qué no se debe hacer en esos casos. Pareciera que los prometidos beneficios de una curul legislativa, una alcaldía o un cargo de representante son tan tentadores que obnubilan la inteligencia y hacen ver espejismos a estas pobres gentes que son capaces de gastarse los pocos ahorros, pedir prestado o mendigar el padrinazgo de algún dueño de partido con tal de correr en una aventura que ni sus parientes cercanos creen.
Pero si esto ocurre con los noveles candidatos, mejor situación no encontramos entre aquellos que aspiran a la reelección . Porque el drama en este caso es que los que están en el cargo no quieren salir y aquellos que ya salieron quieren volver.. y, señores..., no hay sillas pa" tanta gente. En un desmedido esfuerzo de autoevaluación el 90% por ciento de los legisladores, incluyendo gobierno y oposición, se consideran con pleno derecho a aspirar a la reelección, aunque su principal crédito político haya sido el consecuente "sí" o el lacónico "presente". Para ello no han escatimado tomarse por asalto las primeras o saltar montes, cercas, zanjas, partidos o fracciones y con un innovador maquiavelismo con el humor de Condorito, han salido a la palestra pública a dar fe de su heroica decisión para salvar a la patria. Otro tanto ocurre con las posiciones municipales, de las cuales sus ediles/representantes o alcaldes no quieren salir, salvo si se les ofrece una legislatura, lo que ha generado en algunas comunidades del interior una especie de feudalismo municipal sobre el cual el aparato del Estado ha perdido autoridad.
Si creyéramos que realmente estos cargos públicos están llenos de sacrificios, que los municipios tienen tantas necesidades que las asignaciones presupuestarias e impuestos no logran solucionar, que la legislatura tiene tantas responsabilidades que los H.L. tienen que hacer uso de sus propios dineros para ayudar a sus comunidades, que la vida política los priva de distracciones y el amor familiar, entonces debemos pensar que su vocación de sacrificio está próxima al masoquismo. De lo contrario estamos obligados a pensar que los beneficios de los cargos públicos son tales que por ellos no importa hacer el ridículo, perder la autoestima, sacrificar la familia, saltar de una tolda a otra, o tirar al desaguadero todo lo dicho o actuado con tal de alcanzar la dorada presea. En este punto todos, gobiernos y oposición, parecen corear con el filósofo florentino: "El fin justifica los medios".
Las lecciones que brinda la campaña electoral deben servir para mejorar nuestros sistema de enseñanza. Una nueva lectura de "El Critón o el deber del ciudadano" es imperativa a grandes y chicos; un estudio serio de Maquiavelo evitaría las caricaturas que se hacen de sus ideas; insistir en que el estudio de Locke, Rousseau, Tooqueville es una necesidad para inculcar la relación entre moral y política; compartir con Kelsen el principio del orden jerárquico de las leyes basado en la pureza de las misma y no en la voluntad de quien la impone, son temas deben ser revaluados seriamente en nuestras escuelas, para que nuestros jóvenes comprendan que no se puede gobernar bien un país con una farsa de la democracia extraída de las lecturas de Condorito.
En primer lugar, basta con repasar los listados de candidatos de los respectivos partidos para darse cuenta de la desenfrenada carrera de candidaturas sin la menor opción de triunfo y sin el menor requisito para la postulación.
Periodistas, empresarios, profesores, dirigentes sindicales, deportistas, ecologistas, defensores de derechos ciudadanos, médicos, promotores de campañas antidrogas, pastores religiosos, folkloristas, etc., se han lanzado por el despeñadero de la actividad política con la engañosa convicción de un mesianismo social del cual se consideran gestores y epicentro. Todo parece indicar que el criterio de selección radica en la estrecha popularidad que le brinda el desempeño en la actividad y no las verdaderas dotes y capacidades que se debe poseer para el ejercicio de la política con miras al bienestar colectivo.
Como consecuencia lógica, la pobre articulación de los discursos, lo pueril de los argumentos y lo risible de los lemas están en el orden del día y de las publicitarias que hacen su navidad en verano. Basta con conducir por arriba o por debajo de un paso vehicular o peatonal para bajar el "stress" con los histriónicos lemas de identificación que, en grandes letreros y luminosos colores, promocionan la campaña de algún desconocido. Un oportuno concurso de los peores "slogans" publicitarios de la campaña le daría un ventajoso "rating" a cualquier programa humorístico en televisión y pudiera servirle a los estudiantes de publicidad para aprender qué no se debe hacer en esos casos. Pareciera que los prometidos beneficios de una curul legislativa, una alcaldía o un cargo de representante son tan tentadores que obnubilan la inteligencia y hacen ver espejismos a estas pobres gentes que son capaces de gastarse los pocos ahorros, pedir prestado o mendigar el padrinazgo de algún dueño de partido con tal de correr en una aventura que ni sus parientes cercanos creen.
Pero si esto ocurre con los noveles candidatos, mejor situación no encontramos entre aquellos que aspiran a la reelección . Porque el drama en este caso es que los que están en el cargo no quieren salir y aquellos que ya salieron quieren volver.. y, señores..., no hay sillas pa" tanta gente. En un desmedido esfuerzo de autoevaluación el 90% por ciento de los legisladores, incluyendo gobierno y oposición, se consideran con pleno derecho a aspirar a la reelección, aunque su principal crédito político haya sido el consecuente "sí" o el lacónico "presente". Para ello no han escatimado tomarse por asalto las primeras o saltar montes, cercas, zanjas, partidos o fracciones y con un innovador maquiavelismo con el humor de Condorito, han salido a la palestra pública a dar fe de su heroica decisión para salvar a la patria. Otro tanto ocurre con las posiciones municipales, de las cuales sus ediles/representantes o alcaldes no quieren salir, salvo si se les ofrece una legislatura, lo que ha generado en algunas comunidades del interior una especie de feudalismo municipal sobre el cual el aparato del Estado ha perdido autoridad.
Si creyéramos que realmente estos cargos públicos están llenos de sacrificios, que los municipios tienen tantas necesidades que las asignaciones presupuestarias e impuestos no logran solucionar, que la legislatura tiene tantas responsabilidades que los H.L. tienen que hacer uso de sus propios dineros para ayudar a sus comunidades, que la vida política los priva de distracciones y el amor familiar, entonces debemos pensar que su vocación de sacrificio está próxima al masoquismo. De lo contrario estamos obligados a pensar que los beneficios de los cargos públicos son tales que por ellos no importa hacer el ridículo, perder la autoestima, sacrificar la familia, saltar de una tolda a otra, o tirar al desaguadero todo lo dicho o actuado con tal de alcanzar la dorada presea. En este punto todos, gobiernos y oposición, parecen corear con el filósofo florentino: "El fin justifica los medios".
Las lecciones que brinda la campaña electoral deben servir para mejorar nuestros sistema de enseñanza. Una nueva lectura de "El Critón o el deber del ciudadano" es imperativa a grandes y chicos; un estudio serio de Maquiavelo evitaría las caricaturas que se hacen de sus ideas; insistir en que el estudio de Locke, Rousseau, Tooqueville es una necesidad para inculcar la relación entre moral y política; compartir con Kelsen el principio del orden jerárquico de las leyes basado en la pureza de las misma y no en la voluntad de quien la impone, son temas deben ser revaluados seriamente en nuestras escuelas, para que nuestros jóvenes comprendan que no se puede gobernar bien un país con una farsa de la democracia extraída de las lecturas de Condorito.