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De fiscales, jueces y abogados


Existe una serie de atributos que deben acompañar la personalidad y el actuar de un buen Juez o Fiscal que se precie de ser honesto y humano.
En nuestro hábitat judicial se encuentran muchas especies de juzgadores y fiscales que acuden a las audiencias sin conocer siquiera la causa que se está tratando; jamás citan o consultan una obra de Derecho o ciencia afín; no motivan sus resoluciones judiciales por lo que las partes no saben bajo qué argumentos triunfan o pierden; se duermen en el transcurso del debate o no prestan atención a los razonamientos que se desarrollan; niegan cualquier solicitud de las partes para así encubrir su deficiente formación jurídica; dilatan los trámites procesales bajo mil excusas; han perdido interés en el cargo que desempeñan y tratan a las partes como un objeto, perdiendo la capacidad de asombro de cara al dolor y el infortunio del prójimo; se muestran endiosados y gigantes dentro de la raza humana en razón del cargo que desempeñan; no atienden a las partes invocando normas judiciales en desuso; se desactualizan de los últimos avances de la disciplina que los gobierna; le toman animadversión y envidia a los litigantes pues consideran que el éxito o la fortuna de aquel es inmerecida; se frustran por no haber alcanzado la máxima Magistratura, proyectando un odio y resentimiento visceral que se dibuja en sus actos; dejan que sus subalternos hagan el trabajo pesado que les corresponde a ellos; actúan en función de los favores que otros le han hecho a su esposa e hijos; permiten que sus problemas domésticos influyan sobre su estado de ánimo y por ende sobre las decisiones que han de tomar; se vengan de algunos abogados, a través de sus fallos, por los desafectos que mantienen con estos; no miran a nadie a los ojos mientras hablan; actúan por temor reverencial y administran justicia por plebiscito; se creen infalibles y piensan tener patrimonio absoluto de la verdad; invocan frente a subalternos el nombre del Presidente de la Corte Suprema o del Procurador para favorecer a alguien en particular; filtran información deliberada a los medios de prensa para prejuiciar y aniquilar al procesado, su familia y su hogar; prejuician a otros jueces o fiscales sobre causas que estos llevan; germinan por los poros la maledicencia humana; no tienen criterio propio o son consuetudinariamente usados como marionetas comisionadas para su fin; jamás reconoce virtudes ajenas; no poseen un léxico jurídico; son genios de la teoría pero pragmáticamente un desastre; no son ejemplo ni en sus hogares; son odiados hasta por sus hijos; les incomoda la cuantía que se gana en el pleito el litigante; se mueven en sus actos con espectacularidad propia del cine y otros nacen con alma genuflexa.
Sin embargo, gracias a Dios, la inmensa mayoría de los jueces y magistrados se conducen con probidad, inteligencia y sensibilidad humana. Por ello, Francesco Carnelutti, en su obra "Las miserias del Proceso Penal", dijo sobre los jueces:
"El problema del derecho y el problema del juez son una misma cosa. ¿Cómo puede hacer el juez para ser mejor de lo que es? La única vía que le está abierta a tal fin es la de sentir su miseria: es necesario sentirse pequeños para ser grandes. Es necesario formarse un alma de niño para poder entrar en el reino de los cielos. Es necesario, cada día más, recuperar el don del asombro. Es necesario asistir, cada mañana, con más profunda emoción a la salida del sol, y cada tarde a su ocaso. Es necesario sentirse, cada noche, aniquilados por la infinita belleza del cielo estrellado. Es necesario permanecer atónitos ante el perfume de un jazmín o ante el canto de un ruiseñor. Es necesario caer de rodillas ante cada manifestación de este indecible prodigio que es la vida.

101 años de Panamá América

 
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