De Howard a Puerto Escocés
Es evidente que Estados Unidos ha encontrado una fórmula sencilla para que países como El Salvador, Honduras, Guyana y Ecuador, le brinden facilidades para reemplazar la ex base aérea de Howard, como centro de vigilancia del tráfico de drogas en el subcontinente.
Desconocemos los términos de la fórmula pero, a juzgar por sus resultados, prontos y efectivos, la misma es mucho mejor que la descartada con Panamá luego de cuatro años de infructuosas negociaciones para el establecimiento de un Centro Multilateral Antidrogas.
Encontrada pues una fórmula, no parece haber inconveniente técnico alguno para que nuestro país pueda sumarse, en similares términos, al esfuerzo conjunto de otras naciones para combatir un mal común. Entendemos que, en ese esfuerzo, surgirán particularidades que diferencien el aporte de cada cual; pero el hecho es que se impone un espíritu de cooperación internacional para hacer un frente común contra un delito que trasciende las fronteras.
No vemos por ejemplo inconveniente, prima facie, en que una empresa concesionaria de Howard o Tocumen, alquile a Estados Unidos servicios de aprovisionamiento, cambio de tripulación y uso de hangares, como se hace a diario con decenas de líneas aéreas comerciales en todos los aeropuertos del mundo.
Por otra parte, la actual situación en nuestra zona fronteriza con Colombia, exige el establecimiento de una base naval en Puerto Escocés, en el litoral de Kuna Yala, la cual, por su estratégica posición en la cuenca del Caribe, podría servir para el doble propósito de custodiar la frontera y, al mismo tiempo, para vigilar el tránsito de naves dedicadas al comercio ilícito.
Obviamente, en una relación de mutuo beneficio, no se descarta que Puerto Escocés pueda recibir ayuda técnica y material extranjera, al punto que pueda servir en el futuro como un centro de entrenamiento y polo de desarrollo turístico y comercial de Kuna Yala y Darién, con el mismo beneficioso impacto que, proporciones guardadas, tuvo en su momento San Diego en California, a partir de una simple base naval en su litoral.
Y para todo lo anterior, no es menester ceder un milímetro de soberanía, ni enarbolar banderas extranjeras, ni compartir escalas de mandos, ni permitir bases foráneas, ni sujetarse a términos conminatorios.
Ahí está pues la idea, que solucionaría dos problemas en uno, para que se discuta, se desarrolle o descarte. Lo que sí no podemos, es cruzarnos de brazos ante una situación demasiado complicada para enfrentarla aisladamente.
Desconocemos los términos de la fórmula pero, a juzgar por sus resultados, prontos y efectivos, la misma es mucho mejor que la descartada con Panamá luego de cuatro años de infructuosas negociaciones para el establecimiento de un Centro Multilateral Antidrogas.
Encontrada pues una fórmula, no parece haber inconveniente técnico alguno para que nuestro país pueda sumarse, en similares términos, al esfuerzo conjunto de otras naciones para combatir un mal común. Entendemos que, en ese esfuerzo, surgirán particularidades que diferencien el aporte de cada cual; pero el hecho es que se impone un espíritu de cooperación internacional para hacer un frente común contra un delito que trasciende las fronteras.
No vemos por ejemplo inconveniente, prima facie, en que una empresa concesionaria de Howard o Tocumen, alquile a Estados Unidos servicios de aprovisionamiento, cambio de tripulación y uso de hangares, como se hace a diario con decenas de líneas aéreas comerciales en todos los aeropuertos del mundo.
Por otra parte, la actual situación en nuestra zona fronteriza con Colombia, exige el establecimiento de una base naval en Puerto Escocés, en el litoral de Kuna Yala, la cual, por su estratégica posición en la cuenca del Caribe, podría servir para el doble propósito de custodiar la frontera y, al mismo tiempo, para vigilar el tránsito de naves dedicadas al comercio ilícito.
Obviamente, en una relación de mutuo beneficio, no se descarta que Puerto Escocés pueda recibir ayuda técnica y material extranjera, al punto que pueda servir en el futuro como un centro de entrenamiento y polo de desarrollo turístico y comercial de Kuna Yala y Darién, con el mismo beneficioso impacto que, proporciones guardadas, tuvo en su momento San Diego en California, a partir de una simple base naval en su litoral.
Y para todo lo anterior, no es menester ceder un milímetro de soberanía, ni enarbolar banderas extranjeras, ni compartir escalas de mandos, ni permitir bases foráneas, ni sujetarse a términos conminatorios.
Ahí está pues la idea, que solucionaría dos problemas en uno, para que se discuta, se desarrolle o descarte. Lo que sí no podemos, es cruzarnos de brazos ante una situación demasiado complicada para enfrentarla aisladamente.