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De la autocrítica a la crítica


La conciencia autocrítica nos impulsa a corregir nuestros defectos y los de la sociedad, ya sea en forma individual o colectiva a través de las diferentes organizaciones que combaten la enfermedad, el hambre, la injusticia y la pobreza. Porque buenas instituciones cívicas las hay, pero no todos los que la integran sienten, en el fondo de su ser, la alteridad como debiera ser: la necesidad irrefrenable del acercamiento hacia el otro por solidaridad y no por el Yo culpable, egoísta e hipertrofiado de una conciencia inquieta.
Tener conciencia crítica es asumir la responsabilidad ciudadana de informarse y de ser informada verazmente, de analizar los hechos que nos afectan como sociedad compartiéndolos con el entorno, desmenuzarlos y sacar conclusiones constructivas para luego opinar en pos de un futuro mejor o advertir de los peligros que  amenazan su bienestar espiritual, su tranquilidad social y la prosperidad lograda dentro de un orden social justo. Es admitir que sin amor humano cualquier logro sería absurdo y que por más noble que sea la intención, su ausencia, hace inútil el fin que se persiga.
No creo en los imperios cuando la conciencia crítica de los pueblos carece de vasallos. A lo largo de la historia no hubo déspota que no tuviera un ejército rendido a sus pies, ni dioses que no invocara. Voces se oyen hoy, por todas partes, clamando justicia. Saben de donde viene el caos, pero no hallan la salida.
Mientras las posibilidades de una educación libre, universal e integral sean nulas, la ignorancia seguirá siendo el verdadero “opio del pueblo” e irá anestesiando primero y envenenado después la masa de conciencia crítica que pueda revertir su descomposición.
Todo tiene un costo, falta ver quién está dispuesto a pagar por ello y acepte compartir el inapreciado tesoro de un sueño dedicado a los panameños del futuro y no perpetuemos lo sucedido con nuestros paisanos indígenas: “Alguna vez, al discurrir los siglos  igual que el viento a la liviana tierra,  la mísera memoria de los hombres  se acercarán hasta aquí. Vendrán a verme  y ofenderán mis huesos y mi sombra  las espectrales manos de la Historia. Yo, el Xuxuyoc, ordeno para entonces: Dejadme en paz. Yo he sido un hombre igual a todos, como todos, vano. Buscadme en el ancestro de mi pueblo, en la raíz de un grito de pelea, en los espasmos del placer o el odio, en el temblor final de la mirada de un hombre de mi raza. Allí estoy yo. Este gastado polvo es nadie y nada; en el futuro se erguirá de nuevo, pero no seré yo. Yo ya estoy muerto. Mi eternidad es esta piedra rota”. Jorge Calvetti.

101 años de Panamá América

 
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